La pasión inmortal de Burton y Taylor

VUELVE EL MITO Han pasado más de cuarenta años desde su segundo divorcio, aunque la suya sigue siendo la historia de amor más legendaria y turbulenta de la historia del cine. ¿Pero cómo fue el largo epílogo de aquella pasión? Una nueva película nos lo cuenta


Un adicto sabe de lo que habla cuando habla de drogas. No importa de qué tipo sean, la vía por la que se administren o los efectos que provoque. Hay drogas físicas, tangibles, medibles. Hay otras imposibles de ver o de pesar, o de echar en un vaso. Y de vasos sabía mucho Richard Burton. Él, que se había bebido hasta el agua de los floreros, le espeta a Elizabeth Taylor que eso es su relación: una droga. La conversación no es real, pero podría serlo. Forma parte de los diálogos ácidos y duros, a veces (pocas) tiernos, de Burton y Taylor, una miniserie de la BBC que acaba de aterrizar en España, vía Filmin, tres años después de su estreno en Gran Bretaña. Las conversaciones son ficción, sí, pero lo real es la última ocasión en la que los dos actores trabajaron juntos. El escenario, Broadway. La obra, Vidas privadas de Noël Coward. Lo que ellos nunca habían tenido, salpicados por aquello que Burton llamaba le scandale, las críticas del Vaticano, los matrimonios rotos, las broncas, el alcohol, los diamantes del tamaño de pelotas de pimpón, y esa belleza salvaje de los dos, vista a través del filtro implacable del tiempo y de lo que ya no tiene remedio. Dos enormes figuras en el ocaso de su carrera, él unos meses antes de su muerte, ella recién cumplido el medio siglo y enganchada a una botella y a las pastillas. Helena Bonham Carter se mete de lleno en la piel de una mujer escondida tras su doble fila de pestañas, su adicción, el paso del tiempo y la incapacidad para abandonar a su ya dos veces exmarido. Frágil, aparentemente frívola, irritante. Él es Dominic West, a medio camino entre las ganas de caer de nuevo en todas sus drogas, y las de huir de todo lo pasado para refugiarse en su última mujer y en los brazos de Shakespeare. Para escépticos sobre Bonham Carter reconvertida en Liz Taylor, las cinco nominaciones a mejor actriz (de los Globos de Oro a los Emmy, pasando por los Bafta, los Satellite y los Screen Actors Guild Awards), y sobre todo la enorme capacidad de meter en un cuerpo tan pequeño, al mismo tiempo, la fuerza arrolladora de Taylor y su inmensa fragilidad. Capaz de montar las mejores escenas en público y en privado, y de mostrarse a punto del derribo sola en su camerino, sin peluca ni diamantes. Esa Taylor desconocida, sola. Y esa otra Taylor que sospechamos divertidísima. Frente a ella, o tratando de escapar de esa especie de atracción fatal, Dominic West construye un Richard Burton incapaz de volver a subirse al circo que fue su vida con ella, obsesionado con un Rey Lear que nunca llegó a poner en escena, luchando contra todos sus fantasmas. Burton no sabe qué hace allí, pero allí está. Riéndose del mito de su propia voz, «el equivalente teatral a un pene grande. Pero eso no quiere decir que seas un buen amante», ironiza. En medio de aquella gira por Estados Unidos, él se casó en Las Vegas con quien sería su última mujer, Sally. La misma que recordaría después que Taylor y Burton estuvieron enamorados, sí, pero se divorciaron dos veces. Aunque nada ha conseguido desmitificar aquella historia de amor que tantos ríos de tinta hizo correr, de esos que tanto gustan en Hollywood: escandaloso, sexual, violento, adictivo. Hermoso y salvaje, como sus protagonistas.

 

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