Darín: «Yo he venido acá a dejarme el cuerpo»

Cruzarse al menos una vez en la vida con los ojos de Darín debería ser obligado. No mienten nunca. Como él, que cuando lo ves en la pantalla parece que no está interpretando. En su última película, «Truman», asegura que le ha puesto todavía más emoción.


Cruzarse al menos una vez en la vida con los ojos de Ricardo Darín debería ser obligado. Se te quedan tan clavados que entras en otra dimensión y entonces te crees cualquier cosa que te diga. ¿Cuál es el secreto de sus ojos? Que no mienten, quizás te engañan, pero no mienten. Darín lo sabe, claro, y no deja de mirarte fijamente cada vez que pronuncia una frase, con esa capacidad argentina de fabular, agigantar lo más absurdo y regodearse con la exposición de la palabra. Cuando te recibe te abre los brazos como una gran bienvenida y enseguida te hace entender que a él le pertenecen de natural la pillería de Nueve Reinas, la resistencia de Kamchatka y la calidez familiar de El hijo de la novia. Pero es el mismo que después de rodar Relatos Salvajes confesó que lo que más temía era su propia violencia. Ricardo Darín (Buenos Aires, 16 de enero de 1957) suelta cuerda, relaja, te hace sentir cómoda, pero en ningún momento dejas de notar que es él quien la tiene agarrada, por eso no hay confusión. A sus 58 años, se afana en su huella de galán con un aspecto sport, de desaliño estudiado de arriba abajo en un azul oscuro ?su color favorito? que lo hace parecer más joven. No es excesivamente alto, y sin estar en forma, se le ve un tipo fino con maneras de vividor: ?¿Te molestá si ensiendo un sigarro??, dice nada más entrar. ¿Negarle yo algo a Darín? «No, no, por favor». Y así comenzamos una conversación con él abriendo la ventana de par en par para que entre el aire (que entre, sí) y hablar de su última película, Truman, que lo vuelve a elevar a la categoría de número uno. Si hubiera una lista Forbes de actores, él la lideraría con su riqueza.

-Javier Cámara, tu compañero en la película, dijo de ti que en este trabajo estabas ?a flor de piel?. ¿Puede Darín ponerse más a flor de piel, dar más emoción?

-Siempre se puede, siempre se puede?  A veces lo estás menos.

-¿Te costó entonces no sobredimensionarte? ¿Ese fue el esfuerzo?

-Sí, esa fue una de las tareas fundamentales para interpretar a Julián, mi papel. Tuve que caminar por una cornisa delicada, no sobrecargar las situaciones pesadas, porque hubiera sido capcioso estar buscando la lágrima del espectador, y tampoco pasarnos de graciosos. 

-Os habéis cansado de repetir que la película, que aborda el tema de la muerte, es en el fondo un canto a la vida. Tú siempre tiendes a desengrasar con humor, ¿recurriste a él en el rodaje?

-Imaginá la cantidad de situaciones cómicas que se producían. Cuando tienes un tema pesado, son todo pies para un gag. El dolor se arranca con humor y Cesc Gay, el director, tuvo esa doble inteligencia de dejar fuera muchas cosas del guion y centrarse en lo preciso. Eso fue un acierto, porque hubiera sobrecargado la balanza con demasiada información y trató de ser equilibrado sabiendo que podía pasarse. 

-¿Entonces cómo conseguiste ponerte más a flor de piel?

-Pues cuando te encontrás con un par, con un colega (Javier Cámara) al que le gusta trabajar las mismas líneas que a ti, de la misma manera, entonces lo que va vuelve con más intensidad y se produce un circuito. Yo no sé dónde podríamos haber acabado los dos, nos retroalimentamos mucho y la energía en ningún momento cayó. Estuvimos todo el tiempo [levanta la mano para indicar] trabajando aquí, a un metro del piso. Pero es que esa era la única manera de encarar esta película. 

-Y tú qué eres tan seguidor del fútbol de Messi, de bromear? ¿También os retroalimentasteis ahí?

-No solo de fútbol, de todo. Mirá, yo si cierro los ojos y pienso en cómo hicimos este trabajo, tengo una imagen de Javi y mía como esos tipos que tienen seis platos chinos dándoles vueltas y cuando llegan al último tienen que volver al primero. Por momentos también los dos fuimos dos italianos (él ahora está rodando allí y está viviendo un enamoramiento de esa idiosincrasia italiana), fuimos -insisto- dos italianos, todo el día a tiro de mano. Nos reímos a carcajadas y lloramos como cocineras pelando cebollas. 

-Hace un tiempo dijiste en una entrevista: «Yo caigo bien a los españoles porque no saben nada de mí». ¿Tanto nos has engañado?

-Sí, sí, es todo un truco. Estoy escondiendo cosas como un prestidigitador [se ríe].

-Yo creo que te hemos desenmascarado y queremos esa emoción. 

-¿Sabés lo que pasa? Yo dije eso porque tuve la suerte de que la primera parte de mi carrera, «por llamarla de alguna forma» no tuvo la misma envergadura que la segunda. Yo me di a conocer acá en España a partir de lo mejor, de Nueve Reinas y El hijo de la novia. En Argentina hay 35 o 40 trabajos anteriores, con más o menos suerte, que forman parte de la vida.

-¿Te arrepientes?

-No, no. Hay zonas de tu carrera en que no podés elegir, hay que estar agradecido. 

-¿Y tú por qué crees que nos gustas tanto?

-Yo tengo mi teoría, digamos. La primera es más una cuestión química: si las cosas funcionan, funcionan. Como cuando te encontrás con alguien, te cae bien o te cae mal. No hay más. La segunda es que yo he venido acá a poner el cuerpo. Y eso es distinto. 

-Explícame eso del «cuerpo» [risas].

-Yo noté que había como una especie de grieta con los actores de cine y de teatro, o hacían una cosa o la otra. Yo no quería renunciar al cine, y como amo el teatro, dije ¿por qué no voy a a España a hacer teatro? Acá la gente me besa por la calle, me abraza, me trata como si fuera un primo suyo. Yo quería venir, estar, y entonces decidimos hacer la obra Arte. Que aquí ya habían hecho Flotats y Pou, gente importante. Por supuesto, cuando lo propuse me miraron como si estuviera loco, pero veníamos a hacer nuestro camino. Porque a mí lo que me más me gusta, lo que me hace feliz, es el teatro.

-Que a un argentino le den la «Concha» de Plata compartida? ¿Da más satisfacción?

-[Risas]. Es lo justo, es lo justo. Mucha más satisfacción, lo contrario hubiera sido injusto, ha sido una maravilla, porque hicimos el trabajo juntos [se ríe]. 

-Tú que has dicho tantos «noes» a Hollywood, al star system, ¿qué es lo que definitivamente te mueve de lo que haces?

-Para mí es fundamental la gente, entender que lo que hago es para la gente, que le guste a los espectadores. Cuando genera debate tu trabajo, cuando salen del teatro o de una peli dándole vueltas a un tema, cuando genera movilidad tenés la sensación de que has hecho un mínimo aporte, que se hable. Es lo que deberíamos hacer, hablar, hablar, y poner los temas sobre la mesa. 

-Hablemos. ¿Tiene Darín algún secreto que escondan sus ojos?

-Es difícil que alguien no tenga un secreto incompartible. 

-Tú que protagonizas en el teatro: «Escenas de la vida conyugal». ¿Puede haber secretos en una relación?

-No, me parece. A ver, es difícil arriesgar opiniones porque cada reunión entre dos es un mundo aparte, no se puede regir por reglas generales, todos somos distintos. Pero cuantos más años acumulo, creo estar más cerca del convencimiento de que el camino más corto siempre es la verdad. 

-¿No me engañas?

-[Risas]. No, creo que puede ser el más duro, puede ser complicado, pero es la única opción. Porque el otro me parece que no es constructivo. Creo que el esfuerzo de tratar de ser sinceros, honestos, frontales y transparentes con aquella persona a la que decidimos amar, esa voluntad se nota en la relación. Probablemente tengas algo que no hayas confesado, algo grande o chico, pero me parece que lo importante es la dinámica de la relación. Uno al final adivina cuando el otro se está manejando en la transparencia o es un escondedor.

-«Truman» lo que nos transmite es que perdemos el tiempo, ¿tú también lo sientes así?

-Claro. En la película la muerte es una excusa para hablarnos de la vida, de cómo tratamos a la gente que amamos, las cosas que decimos, las que no decimos, de cuando nos callamos. Perdemos mucho tiempo intentando ser políticamente correctos, perdemos tiempo en estupideces, en vez de decir ?No, pienso esto y esto?. Yo procuro no hacerlo, pero es verdad que ponemos nuestras cargas y nuestras potencias de la vida en los lugares que no debemos. 

-Pero al final nos puede el cinismo. 

-Sí, deberíamos no ser tan críticos con los demás, cómo va vestido, cómo lleva el pelo, si va maquillada o no, si tiene tal coche. Estamos perdiendo el tiempo en estupideces, esa es la realidad. Y creo que somos muy niños, solo reaccionamos ante imágenes contundentes, cuando le pasa algo a un hijo o con una madre. En la letra chiquita necesitamos que alguien nos oriente, nos reenfoque. 

-Si en lugar de dos hombres las protagonistas fueran mujeres no se hubiera contado igual, ¿no?

-No hubiera funcionado. Tendría otra reinterpretación y otro significado. Te pongo un ejemplo, cuando los dos están en el hotel y se cogen de la mano, en ellos esa escena solo puede tener un significado: amor, afecto. En nosotros el silencio, la falta de contacto es todavía más desesperante. 

Solo se ha fumado un pitillo y para cuando se despide queda el rastro de esos seductores que él tan bien interpreta y que tantas veces ha definido: «Me gustan los seductores que no se les nota que quieren seducir, que me atrapan por su honestidad». Como él, que es un actor que siempre que lo ves en pantalla piensas que no está interpretando. 

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