«Dejo el cine, no quiero saber más de ese mundo»

Carmelo Gómez se despide con una película gallega, «La playa de los ahogados», en el papel de Leo Caldas, para dedicarse al teatro.


Más de treinta películas tienen su sello, el actor leonés es una de las caras más características del cine español, merecedor de un buen número de premios, entre ellos dos Goyas por su actuación en Días contados y El método. Pero Carmelo Gómez también se ha llevado grandes decepciones en un sector que le ha dado la espalda, que considera muerto, asesinado por la televisión. Por eso lo deja. Pero antes nos regala un último personaje: el vigués Leo Caldas

-Galicia tiene un papel importante en la película... ¿Qué recuerdos tienes del rodaje?

-Hablar de Galicia es para mí hablar de un espacio muy emocional. La conozco bien porque por fortuna he rodado en varias rías. Y Panxón es otra Galicia. Es muy curioso que haya tantas diferencias, cuando desde aquí [desde Madrid] se habla de una sola Galicia; me encontré con un espacio que añoro y que me gustó mucho vivir. Tuve la suerte además de estar bien ubicado en una casa, con vecinos. Y me trataban extraordinariamente bien; lo recuerdo como un lugar muy inspirador. 

-La película tiene mucho de esa Galicia...

-La película es fundamentalmente Galicia, está escrita por un gallego que adora su tierra y eso tenía que estar claro. Yo interpretaba a un hombre de allá que quiere a los suyos, sobre todo a los vellos, y que cuenta la historia de la Galicia que entronca con la tierra, con el bosque, con lo mágico y con esa fuerza arrolladora que tiene el mar, que en la película es una fuerza que se impone y sobre la que los hombres no son más que títeres. El primer día que llegué a localizar, faltaban días para empezar a rodar, acababan de venir todas las tormentas y había un árbol enorme derrumbado en la playa. Me impresionó mucho y aún tengo esa foto en la bandeja de entrada de mi ordenador. Era muy potente, muy definitoria de lo que era la película y de mi personaje: alguien a quien le gusta su tierra y que se afana con las raíces metiéndose por entre las rocas.

-¿Ya conocías la obra de Domingo Villar?

-Hace muchísimo tiempo que empezamos a hablar de la película. Primero con Uribe (Imanol). Me comentó un día que le había dicho su librero que leyera esa historia porque ahí había una película. Años después, rodando en Lituania con Gerardo (Herrero), le dije: «Si tú pudieras hacer esa película te haría el personaje gratis». Y me respondió: «Tengo los derechos». En realidad yo no quería hacer ese personaje porque me parecía que tenía que hacerlo un actor gallego; tiene esa retranca y también ese romanticismo que yo veo en los gallegos, que tienen una mirada por detrás de los ojos. Son muy impresionantes y tienen mucho que ver con su tierra. Pero no hubo manera, Gerardo enloquece conmigo hasta el extremo de que dijo que si no hacía yo el personaje, no hacía la película. Y así, al cabo de los años llegó y lo hice casi a la fuerza. Y la verdad es que estoy muy contento de haberlo hecho.

-¿Te sientes cómodo con el género policíaco?

-No, con el policíaco no, pero al final los intereses comerciales son como son. El género policíaco no me interesa tanto como ese personaje. Es fantástico porque en la novela tiene un programa de radio, habla con la gente, hace entrevistas... A Leo Caldas le gusta la gente y sin embargo tiene una vida muy solitaria. Y tiene además unas señas identitarias muy fuertes: la pesca, los pescadores, los viejos, las anécdotas, la historia en aquel bar emblemático de Vigo... Él tenía una creencia diaria en ese bar y eso me interesaba más que el género policíaco, pero obviamente la trama gira en torno a la desaparición de un marinero. Y a partir de ahí viene todo lo demás.

-Los medios de comunicación están llenos de sucesos escabrosos que antes eran más propios de un guion de cine que de la realidad. ¿Qué le queda por hacer al cine?

-No sé, se trata de un debate muy profundo y no sé muy bien cuál es el papel del cine. Lo que sí sé es que el cine ahora está mucho más pendiente de qué producto hacer para entrar en una estructura comercial y para tener un público. Tengo la sensación de que el cine siempre ha hablado de cosas que estaban pasando, pero entonces los medios de comunicación no se hacían eco. Cualquier acontecimiento fuera de lo anecdótico daba para una historia. Ahora sin embargo, lo anecdótico es la historia y todo lo demás se erradica. Creo que ese es el momento en el que el cine se ha disociado de la realidad, sobre todo por culpa de la televisión. Estamos haciendo un producto para la televisión porque es la que termina pagando al cine. El cine se ha muerto; era evidente que iba a pasar, porque ya no tiene la capacidad artística de identificarse con la realidad que tiene en su entorno, tiene que estar supeditado a las normas que las televisiones le exigen. Y en ese sentido, hay una pequeña disociación con la realidad. 

-¿Qué es lo que más te gusta de Gerardo Herrero, el director?

-Yo quiero a quien me quiere y él me quiere muchísimo. Tiene una fe total en mí, lo cual me llena de responsabilidad porque muchas veces pone en mis hombros temas que no tienen que ver conmigo; como por ejemplo, el tema del idioma: llega un día y me dice: «Carmelo, tienes que hablar en gallego. Voy a hacer dos versiones, una en castellano y otra en gallego». Al principio me negué, pero confía tanto en mí que sabe que si me lo pide, me pongo a estudiar gallego. Pero es imposible; puedo decir las palabras pero el acento es muy identitario, constituye y forja una personalidad... El lenguaje nos conforma y la entonación crea caracteres que conforman la riqueza de un país... En fin, Gerardo Herrero está convencido de que yo lo puedo hacer todo. Y al final lo hicimos, pero me costó y no sé cómo habrá quedado la versión gallega, creo que me deberían doblar.

-Después de toda esta experiencia, ¿volverás a encarnar a Leo Caldas?

-No. Yo dejo el cine, eso lo tengo clarísimo. Por lo menos para los próximos diez o quince años, si llego a vivir tanto tiempo. Porque esto no tiene pinta de cambiar y yo así no quiero seguir. Me he sentido despreciado y no quiero mezclarme más con este mundo. 

-¿Y entonces?

-Me voy a dedicar al mundo del teatro los años que me quedan. Lo siento por Leo Caldas porque es una trilogía y es un personaje muy bonito. Pero ya no lo podría hacer yo. Hace poco me llamó Gonzalo Suárez y me insistía, pero le he dicho que no quiero seguir trabajando así y no lo voy a hacer, con todo el dolor de mi corazón.

-Hablemos entonces del teatro.

-El teatro tiene la ventaja de que siempre hay textos que están ahí. Igual ahora no hay nuevos escritores dramaturgos que brillen o que estén contando las historias de una manera más comprometida, que no sean tan poetas o filósofos como Calderón, Cervantes... Pero a estos les tenemos ahí y cualquiera de sus textos son de una rabiosa actualidad porque son temas universales y no anécdotas de una época. No es el caso de Lope de Vega, porque el gran problema del Siglo de Oro es el mismo que tenemos ahora, que picoteamos de flor en flor para no tener que hablar de lo que es el néctar. En el teatro lo que realmente importa es que te metes en la flor y cuando sales lo haces como la abeja, invadida de néctar y vas a la siguiente y la fertilizas. Esto es una metáfora absurda para decirte que el artista debe de estar comprometido y el teatro tiene eso, unos textos con mucha profundidad. Solo el hecho de decir cinco o seis frases delante de un público ya hace que el teatro esté cien por cien vivo. El cine necesita un plus para convertir esa realidad. 

-¿Prefieres los clásicos?

-No, los nombro para explicarte que siempre están ahí y son incuestionables, que siempre se puede tirar de ellos. Yo ahora voy a hacer precisamente un clásico (El alcalde de Zalamea, de Calderón de la Barca). Todos los días profundizamos sobre cosas que son pura filosofía de alto nivel y es brutal, te metes ahí y alienta mucho, te dan ganas de ir todos los día a ensayar.

-Y el espectador de teatro ¿es diferente al del cine?

-El espectador está infectado como todo lo demás. El público que va al teatro busca que le conmuevan, el del cine busca evasión. Son productos muy distintos y requieren de unos elementos muy diferentes; ahora bien, la televisión ha infectado mucho al público y le ha hecho creer una realidad superflua y fuera de contenido, donde tiene que haber un chiste cada poco. Y esto hace que enseguida haya un problema grave de concentración. Y se ve en las salas, si no aparece ese momento que engancha, ese factor sorpresa, ese ruido, esa pantalla que se ilumina al fondo del escenario... La obra se pone densa y alguien tose, se empiezan a mover... El público ha cambiado, antes no se oía ni un alma en el patio de butacas y el espectáculo y el espectador eran una sola pieza. Ahora hay mucha desconcentración. Pero son tiempos distintos y tendremos que adaptarnos a ellos.

-¿Qué ves en las generaciones nuevas?

-No veo mucho, la verdad. La tele la tengo rota y al cine voy a ver cosas muy concretas. Sé que ahora se lleva mucho lo de los castings, todo es muy estándar, se ha convertido en un circo donde se coge a gente sin preparación solo porque da delante de la cámara... Yo he hecho muchas pruebas y no las he pasado. No son tiempos para actores que se han formado, son tiempos para gente más fresca que tienen otra contextura de la que tenemos nosotros.

-Tu hija se dedica a la interpretación, ¿qué lección le puedes dar?

-Que lo deje lo antes posible. Pero ya sabes que los hijos siempre hacen lo que quieren y hará al contrario de lo que le diga yo. No me hace mucho caso, ella está metida en danza, teatro, canto... A mí me da mucha pena que se dedique a esto porque he visto a mucha gente hacer fracasar por la ilusión con la que defienden algo que les gusta. Y bueno, tiene mi caso concreto: hace diez años me comía el mundo y ahora no hago nada, tienes que hacer un montón de castings y te dicen que ya no vales. Y eso no le pasa eso a un fontanero ni a un banquero. Es contradictorio pero muy real. 

-Noto a alguien muy desilusionado con la profesión y con el momento en el que se encuentra, pero, ¿qué queda del Carmelo que salió hace años de Sahagún con otra percepción de la profesión?

-Queda una ingenuidad muy grande, una enorme ingenuidad. Es más, creo que eso estaba siempre ahí, aunque yo no sabía que existía. Yo era alguien que tocaba con la punta de los dedos las cosas, intentaba agarrar el aire y me arrancaba las uñas. El de ahora es un Carmelo que tiene más delicadeza. Creo que ahora manejo mejor el amor que antes, en general, no como idea de pareja, sino el amor para confraternizar con lo que tienes alrededor, con las pequeñas cosas, con Galicia, con una ola o con este rayo de luz que aún entra por la ventana. Ese tipo de cosas las tiene el Carmelo de ahora y las tenía el de antes; yo he sido actor por la mirada que tenía sobre las cosas. Eso sigue quedando y creo que he forjado toda mi vida para que pase esto. Y estoy contento. 

-Pero antes de despedirte del cine, queda una película por estrenar...

-Sí, La punta del Iceberg, también producida por Gerardo Herrero y basada en una obra de teatro. Está basada en algo que ocurrió en Francia, una empresa de telefonía empezó a apretar tanto a sus empleados que se dieron varios suicidios. Fue un caso grave porque llegó hasta al presidente Sarkozy, que tuvo que tapar aquello como pudo. La película va sobre esa relación laboral y humana de cómo la gente trata de conciliar. Hemos convertido la vida en una tortura porque el trabajo ocupa gran parte de la vida... Lo que aún no sé es cuando la estrenarán, están buscando el mejor momento.

-¿Vendrás a los escenarios gallegos?

-Sí, creo que sí. Me imagino que haremos gira con la función. Y espero recibir el aliento de ese público.

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