«En un viaje me escapé por la ventana porque uno quería casarse conmigo»

De niña soñaba con ser como Tintín y con veinte años se marchó a Managua como reportera de guerra. Con su cámara de fotos, la catalana ha recorrido más de cuarenta países. Una pasión que hoy comparte con su hijo y que compagina relatando las vidas de las grandes mujeres de la historia.


Es una de nuestras Indiana Jones más populares. Y aunque lo suyo no es la arqueología, sino captar a través del objetivo de su cámara de fotos las costumbres de las tribus de algún rincón del planeta, ha hecho del viaje su particular forma de vida. Amante de las pequeñas cosas del día a día, Cristina disfruta dando un paseo por la playa con su perro Mac, con una comida entre amigos y buceando. La Morató ya está contando los días para emprender un nuevo periplo. 

-¿Siempre quisiste ser periodista o el periodismo se cruzó en tu vida y te cautivó? 

-Me influyeron mis lecturas infantiles y juveniles. De niña soñaba con ser como Tintín, una intrépida reportera que viajaba por todo el mundo y vivía mil aventuras en lugares exóticos y muy remotos. Después en mi adolescencia llegaron las novelas de aventuras de Julio Verne y de Rudyard Kipling ambientadas en la India, Malasia, Perú, en los desiertos y junglas impenetrables; y claro mi imaginación echó a volar. Ya a los 17 años tuve claro que quería ser reportera y recorrer con mi cámara de fotos todos aquellos escenarios que me resultaban tan atractivos.

-Has viajado a más de 40 países, ¿con cuál de todas tus aventuras por el mundo te quedas?

-El viaje que más me ha marcado fue el que hice en 1985 al antiguo Zaire, hoy la República Democrática del Congo, donde permanecí nueve meses trabajando como intendente de la Cooperación Sanitaria Española en el hospital de la ciudad de Buta. Mi vida allí nada tuvo que ver con la película Memorias África, pues tenía a mi cargo a veinte trabajadores nativos, que al poco de llegar me apodaron Madame Matata que en swahili significa «mujer problema». Me tocó despedir a algunos empleados que nos robaban el material. Me encargaba del almacén de víveres, de organizar los menús de las comidas del personal médico y de comprar los recambios de los jeeps que utilizábamos. Fue una experiencia única, porque descubrí la fuerza y el valor de sus mujeres. Todavía hoy en el África subsahariana, la mujer es el motor de la sociedad.

-¿Y en  alguno de esos viajes tu vida corrió peligro?

-He sido una mujer un tanto intrépida y aventurera, pero nada temeraria. Cuando viajaba a zonas de conflicto siempre intentaba pasar lo más desapercibida posible y lo conseguía a pesar de ser rubia y muy alta. He viajado mucho sola y nunca he tenido problemas en ningún país, pues he intentado adaptarme a su cultura, no le he hecho ascos a un buen guiso de carne de mono y he dormido muchas veces colgada en una simple hamaca. La clave es viajar con respeto, humildad, ganas de aprender y sobre todo con grandes dosis de humor. Lo más peligroso que me ha ocurrido fue en la Patagonia argentina cuando visité una hacienda ganadera en Río Gallegos para hacer un reportaje sobre los gauchos y el dueño se enamoró perdidamente de mí. Tuve que escapar de noche por la ventana de mi habitación, porque estaba empeñado en casarse conmigo. 

-¿Le has contagiado a tu hijo tu pasión?

 -Mi hijo Alex tiene ahora 15, pero comenzó a viajar conmigo con apenas dos años. Ahora cada año, al finalizar el curso, nos escapamos juntos una semana los dos solos. 

-¿Qué no falta en tu maleta?

-Aunque no llevo enormes baúles como mis antecesoras las viajeras victorianas del siglo XIX, siempre me arrepiento de no haber dejado más bártulos en casa. Antes y dependiendo del destino llevaba conmigo un pequeño botiquín, muchos carretes de fotos, bolígrafos, caramelos para regalar a los niños y hasta una mosquitera. Mi único capricho indispensable es mi almohada que ocupa muy poco y me hace sentir cerca de casa.

-¿Por qué escribes siempre sobre mujeres? 

-Ellas son las grandes olvidadas de la historia. Mis primeros libros tanto fueron mi particular homenaje a las grandes viajeras del pasado, a unas mujeres que recorrieron los mapas en blanco con sus enaguas y sus corsés, que protagonizaron grandes hazañas y descubrimientos en una época, la victoriana, donde se creía firmemente que una mujer no estaba preparada para viajar. Fueron pioneras en un mundo de hombres. María Callas, Coco Chanel o Audrey Hepburn a las que dediqué mi libro Divas Rebeldes fueron, gracias a su talento, belleza y personalidad auténticos mitos del siglo XX. Sin embargo, en realidad eran personas solitarias, acomplejadas por su físico y celosas de su intimidad que detestaban ser tratadas como estrellas.

-¿Quiénes son las grandes heroínas de esta época?

-Aquellas que son un ejemplo de lucha, resistencia y compromiso. Mujeres anónimas que luchan contra la violencia de género, contra la ablación de las niñas, la explotación infantil?  Malala también es un buen ejemplo, la joven paquistaní que se enfrentó a los talibanes por querer ir a la escuela y a la que estuvieron a punto de matar.

-Y, cuando estás en casa, ¿qué te gusta hacer? 

-Me gusta el senderismo, la vida al aire libre en contacto con la naturaleza, la lectura, el cine, una buena comida con los amigos, un paseo por la playa con mi perro Mac, las escapadas culturales con mi hijo Alex y el buceo. Soy de las que valoro las pequeñas cosas de la vida.

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