La Esteban


Conocí a Belén Esteban en el verano del 2000. Yo trabajaba de redactora en el gabinete de Comunicación de Antena 3 y ella acababa de separarse de Jesulín de Ubrique y comenzaba a despuntar como el fenómeno mediático que es desde hace 15 años. Junto con mi compañera María Rosa, nos fuimos a buscarla en una publicidad del programa Sabor a verano, que presentaban Inés Ballester y Antonio Hidalgo. Esa tarde era la invitada estelar. «Hola Belén, mira es que hay unos compañeros de Europa Press que nos piden si pueden entrar para hacerte unas fotos, serán cinco minutos». La recuerdo perfectamente, con su cigarro en la mano, su flequillo, su vestidito de tiras y su gesto. «¡Uy, yo paso! Hombre es que todo el día igual con lo de las fotos, qué pesados que son, pero si deben tener ya cien mil fotos mías de hoy, es que son muy cansinos, de verdad...». Minutos después Belén posaba para las cámaras de Europa Press sin rechistar demasiado y sin sonreír tampoco mucho. No era tan fiero el león como se pintaba.
No volvimos a trabajar juntas hasta dos veranos más tarde, cuando me incorporé como redactora sustituta en el mismo programa en el que le pedí que se hiciese aquellas fotos. Durante las dos temporadas que coincidimos en Sabor a ti, en los brazos de Ana Rosa Quintana, a Belén le pasó de todo. Vivió la boda del padre de su hija con María José Campanario, recibió la noticia de que su padre estaba enfermo de cáncer y sufrió mal de amores en repetidas ocasiones. Ya por entonces era una máquina de hacer audiencia y dinero. Cada vez que se sentaba en un plató para hablar de Jesús, de María José o de Andrea, el país entero se quedaba pegado al televisor, hipnotizado por su discurso directo y reivindicativo. Belén se acostumbró por entonces a convivir con su personaje, aquel que levantaba pasiones encontradas, aquella madre coraje con la que era difícil no empatizar. Y mientras más crecía su fama, más sustos se llevaba respecto a su delicada salud de hierro. 
Le perdí la pista desde el 2004 al 2009. Nos encontrábamos por los pasillos de Telecinco pero no trabajábamos juntas. Hasta que llegó Sálvame y nos cambió a todos la vida. Pronto, Belén se reinventó, una vez más, junto a Jorge Javier. Se convirtió en copresentadora y dejó de ser tertuliana por un rato para protagonizar cuatro horas de televisión en directo junto al resto del elenco de colaboradores. Y siempre envuelta en la polémica. Sus problemas con los Campanario, con los Janeiro, «ni que fuera yo Bin Laden», «por mi hija ma-to», «¿dónde está el cupón?», ¡me lo llevo!, sus operaciones de estética, las Campanadas, sus rupturas con Fran, sus reconciliaciones con Fran, Mira Quién Baila, sus subidas, sus bajadas... hasta el renacer definitivo que llegó con su muy meritoria desintoxicación, tanto de sus malos hábitos como de su exmarido, quizás su adicción más peligrosa. Belén resucitó de entre sus cenizas y cambió radicalmente de vida. Encontró el buen amor en su «Mígue» y engordó más de 20 kilos, miles de gramos de salud.
El pasado 11 de enero entró a regañadientes en la casa de Gran Hermano VIP. Le costó muchísimo decir que sí. Ella sabía mejor que nadie que esa exposición tan grande podía ser peligrosa. Para algunos lo está siendo. Incluso gente muy cercana a ella tiene verdadero miedo a que el concurso le pase una factura muy alta. Dicen que ha perdido seguidores, que la imagen que está dando la perjudica. Tengo serias dudas acerca de eso. Yo estoy viendo a la Belén que conozco, en toda su esencia. Intensa, chismosa, auténtica, trapalleira, divertida, coplera, inmadura, aniñada, familiar, sensible, protectora, generosa, quejica, caprichosa... Esa es la Esteban. Nunca ha pretendido ser un modelo social a seguir ni un icono del refinamiento. Seguramente sufrirá mucho cuando escuche todo lo que se dice de ella fuera de Guadalix, sobre todo en su propio plató. Posiblemente no admita ni entienda muchas de las críticas que le están lloviendo. Quizás alucine cuando vea la entrevista que el padre de su hija concedía esta misma semana a JJ en Hay una cosa que te quiero decir, en la que se mostraba más pasivo y frío que nunca hacia ella. Pero espero que ese momento llegue más tarde que pronto. No hay prisa por que salga de la casa. Ojalá lleguen juntos a la final ella y Víctor Sandoval. Vaya tándem. Vaya par.

Por Carlota Corredera Directora de «Sálvame Diario»

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