El pasajero de las 5.000 horas en el tranvía que unía Vigo con Baiona

Monica Torres
Mónica Torres GONDOMAR / LA VOZ

VIGO CIUDAD

Jesús González Besada, con una foto de su padre, Luis, cobrador del Vigo-Baiona durante décadas, y parte de su colección de vitolas.
Jesús González Besada, con una foto de su padre, Luis, cobrador del Vigo-Baiona durante décadas, y parte de su colección de vitolas. Xoán Carlos Gil

Un siglo de la histórica línea que transformó el transporte en O Val Miñor

04 sep 2026 . Actualizado a las 01:38 h.

Jesús González Besada ha hecho sus cuentas: «Tengo unas 5.000 horas de tranvía». Durante años, aquel traqueteo marcó sus días. Con 14 empezó a viajar desde A Ramallosa hasta Vigo para trabajar en Almacenes El Pilar, en la Porta do Sol, y repitió el recorrido a diario, salvo domingos y festivos, hasta que a los 18 o 19 cambió los raíles por una Vespa. Hoy se cumple exactamente un siglo de aquel 3 de septiembre de 1926 en que se inauguró el tranvía entre Vigo y Baiona.

La línea había tardado décadas en hacerse realidad. Cuando comenzó a rodar el tranvía Vigo-Baiona costaba 1,80 pesetas. En su etapa de mayor actividad llegó a haber 17 circulaciones por sentido y el viaje llevaba alrededor de una hora y cuarto. Para los Besada, además, el tranvía entró en la historia familiar. El padre de Jesús, Luis González Palacios, llegó desde Salamanca y se alojó en la Fonda Besada, en A Ramallosa, que regentaba la familia de Julia Besada Rodríguez. Allí se conocieron, se enamoraron y se casaron. Tuvieron siete hijos y Jesús fue el pequeño. Luis era cobrador de Tranvías Eléctricos de Vigo; su tío Rotilio González, conductor.

Jesús se estrenó como pasajero mucho antes de comenzar a trabajar. Tenía unos ocho años cuando un día desapareció de casa, buscó a su padre mientras estaba de servicio y decidió marcharse con él a Vigo. Mientras en A Ramallosa lo buscaban por todas partes, él hizo el viaje. «Cuando llegué, la primera bofetada me la dio mi abuela», recuerda. Ni siquiera sabe explicar aún hoy por qué: «Sé que me marché y dije: bueno, pues me voy a Vigo». A los 14 años ya no había escapada. Había trabajo. El tranvía pasó a ser rutina: A Ramallosa-Vigo por la mañana y regreso al terminar la jornada. De ahí salen sus 5.000 horas y un recorrido que todavía hoy recita casi de memoria. Los hijos de los empleados disponían de un pase para viajar y, después, de una tarjeta con descuento. Los demás compraban el billete en las estaciones o pagaban al cobrador, que recorría el coche comprobándolos y picándolos. Luis se jubiló en 1965. Su hijo lo recuerda «muy, muy, muy atento y muy servicial», siempre arreglado y con corbata. Y fumaba «ocho o diez puros diarios». Jesús conserva una treintena de vitolas y una fotografía de su padre fumando uno.

Dentro del tranvía viajaba casi de todo. «Frutas, verduras, no sé si pollos también», enumera. En A Florida estaba el fielato y sus empleados subían para controlar las mercancías que entraban en Vigo. Algunos pasajeros lo esquivaban escondiendo productos bajo asientos cuyo tablero podía levantarse. Jesús recuerda que su padre echaba alguna mano: «Para que no te lo vean, así no pagas». El confort tenía otros parámetros. Los asientos eran de madera, no había calefacción y el ruido era parte del trayecto. Tampoco recuerda Jesús en los coches de Baiona la campana característica de otros tranvías. «Llevaba un pitido que se oía», explica. Y viajar sentado tampoco garantizaba conservar el sitio. Cuando subía alguna mujer mayor conocida, los jóvenes debían levantarse. Jesús y sus amigos idearon una estrategia: «Llevábamos un periódico, aunque fuese atrasado», y fingían estar enfrascados en su lectura. No siempre funcionaba. Al final, reconoce, «no había más remedio que levantarte».

La lluvia podía complicar bastante más las cosas. En algunas pendientes de Vigo las ruedas patinaban y los trabajadores recurrían a la arena sobre los raíles para recuperar adherencia. También se producían problemas con la alimentación eléctrica y el contacto del trole con la línea aérea. Los descarrilamientos tampoco eran desconocidos. Besada recuerda que ocurrían «bastantes veces», aunque él no sufrió ningún accidente durante sus miles de horas como pasajero. Y estaba el paisaje. Cuando se le pregunta qué conserva especialmente de aquellas miles de horas, Jesús no elige los coches ni las estaciones: «El paisaje, porque el paisaje desde Vigo a Ramallosa era todo por la parte del mar». Era precisamente uno de los argumentos con los que se había promocionado el nuevo ferrocarril eléctrico desde sus primeros años. Durante las obras, Jaime Solá llegó a presentar las vistas que encontraría el viajero en aquel recorrido costero como una «verdadera Costa Azul».

Promoción del tranvía a Baiona poco después de su inauguración, que fué en 1926.
Promoción del tranvía a Baiona poco después de su inauguración, que fué en 1926. .

El mundo nacido en 1926 perdió finalmente la batalla frente al autobús. En los últimos tiempos convivieron con los tranvías los llamados «piratas», pequeñas furgonetas que transportaban pasajeros, y después llegó el nuevo servicio de autobuses. Jesús recuerda que este costaba más —2,50 pesetas frente a dos—, pero era la novedad, parecía más rápido y ofrecía otras posibilidades para desplazarse por Vigo. En 1968 los tranvías desaparecieron. Para el Val Miñor, Besada no duda al calificar aquel final: «Fue una desgracia».

Los raíles se fueron, pero no todas sus huellas. La antigua estación de A Ramallosa sigue en pie un siglo después. Jesús recuerda también las grandes cocheras situadas en sus inmediaciones, donde se guardaban, limpiaban y reparaban los vehículos. La estación permanece precisamente en uno de los puntos que durante generaciones ha funcionado como lugar de paso y encuentro en A Ramallosa. Por allí pasó también la historia de los Besada: un cobrador llegado de Salamanca encontró alojamiento, conoció a Julia y se quedó. Cien años más tarde, Jesús necesita solo tres palabras para explicar lo que aquel tranvía significó: «Era una joya».