El Oitavén transcurre por varios municipios alejados de la ciudad antes de embalsarse en Eiras
30 ago 2026 . Actualizado a las 05:00 h.Mucho se está hablando estos días del «agua de Vigo» y quizás sería pertinente hacer alguna puntualización respecto a esa visión patrimonial de este recurso natural común. El agua no se fabrica en una tubería municipal. Procede de un río, una cuenca y unos territorios que también tienen derecho a ser reconocidos. Concretamente, el agua que bebemos procede fundamentalmente del Oitavén, un río que nace, discurre y se regula fuera de la ciudad olívica. Para los alcaldes de los concellos que han tenido que soportar el impacto ambiental y social de la presa de Eiras ?en la que se embalsa el agua que consumimos?, incluyendo el desplazamiento de sus habitantes y la pérdida cultural del territorio inundado (el nombre de Eiras corresponde precisamente a la aldea que quedó hundida bajo las aguas), tiene que ser indignante escuchar cómo el alcalde de Vigo se arroga la posesión de un agua que, en rigor, geográficamente no es viguesa.
Siendo rigurosos en la descripción, cuando el alcalde el pasado lunes afirmaba que «Vigo dará agua a Baiona» también podría recordar que, siguiendo el mismo hilo argumental, serían Ponte Caldelas, Fornelos y A Lama quienes «dan» el agua a Vigo. Incluso, si afinásemos un poco más tendríamos que añadir a Pablo Castillo, alcalde de Covelo, como otro de los que conceden el agua, pues es en la Serra do Suído donde nacen el río Oitavén y sus primeros afluentes, que a continuación suministra agua a la ciudad y a otros muchos concellos, pero reiteramos que a lo largo de sus 34 kilómetros no toca ni de lejos el término municipal vigués.
Vigo puede tener el grifo, pero no tiene el río, por lo que decir «el agua de Vigo» es borrar de un plumazo el territorio que la genera, la conserva y la embalsa, además de ser una cierta soberbia centralista. Apropiarse del nombre del agua y bautizarla con el nombre del consumidor es una forma bastante peculiar de entender el territorio; es como llamar «mar de Vigo» al océano Atlántico.
Suele considerarse al Lagares y sus respectivos afluentes (que siguen careciendo de protección como espacios naturales de interés local) como el único río que realmente podríamos considerar de Vigo, pero en realidad tampoco sería exclusivamente vigués si tenemos en cuenta un detalle fundamental: aunque se dice que nace en la Lagoa Mol, próxima al aeropuerto, existe un pequeño manantial que alimenta dicha laguna y que, por apenas unas decenas de metros, se encuentra en… Redondela.
Solamente sería el casi siempre olvidado río Zamáns, que abastece al embalse homónimo, el único río totalmente vigués aunque comparta parte de su cauce con
Gondomar. Pero la que en rigor podría considerarse como la auténtica «agua de Vigo» sería la de nuestras fuentes y manantiales. Existen 367 fuentes catalogadas oficialmente en la ciudad, aunque curiosamente la que está considerada como más antigua de la ciudad, A Barroca, en el extinto Barrio do Cura, no figura en el catálogo oficial del Concello.
Dichas fuentes carecen de un control de potabilidad permanente, en tiempo real, algo técnicamente posible y que, teniendo en cuenta que según la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU) pagamos el agua más cara de Galicia, bien podríamos plantearnos implementar de una vez, por lo que en su mayor parte se consideran «sin garantías sanitarias» En definitiva, necesitamos desarrollar una nueva cultura del agua que podría empezar por evitar la geografía de conveniencia y dejar de llamar «agua de Vigo» a la que fluye por el río Oitavén es simple geografía de conveniencia. Mientras el mapa político dice una cosa, el mapa de la naturaleza dice la verdad. Y por cierto, el agua tampoco es de la Xunta.