Manuela, la quiosquera del Xeral

Begoña Rodríguez Sotelino
begoña r. sotelino VIGO / LA VOZ

VIGO CIUDAD

El quiosco de Manuela, en la esquina de Pizarro con Padre Feijoo, es de los pocos que quedan en Vigo a pie de calle.
El quiosco de Manuela, en la esquina de Pizarro con Padre Feijoo, es de los pocos que quedan en Vigo a pie de calle. XOÁN CARLOS GIL

El pequeño puesto de prensa y revistas abierto frente al antiguo hospital de Vigo, hoy Cidade da Xustiza, resiste desde 1966 entre cambios. Lleva más de tres décadas trabajando en apenas dos metros cuadrados

23 may 2026 . Actualizado a las 02:43 h.

El quiosco de Manuela tiene adherido el paso del tiempo en sus paredes. No hay más que ver la pegatina de El Sol en un lateral y la del Diario 16 de Galicia en otro para darse cuenta de que hay periódicos que dejan huellas imborrables. No solo ellos: las cabeceras desaparecidas conviven con dignidad al lado de firmas de grafiteros de cuya madre se acuerda la quiosquera cada vez que le toca borrarlas. Manuela lleva allí sentada desde 1994, encajonada en un caseto de apenas dos por dos que hoy cualquier portal inmobiliario sería capaz de anunciar como «espacio acogedor y luminoso» por una burrada al mes.

Su quiosco resiste frente a lo que antes fue el Hospital Xeral de Vigo, la antigua residencia sanitaria Almirante Vierna cuando su padre lo abrió, en 1966. Entonces, por esa esquina de Padre Feijoo no había casi nada. No existía la Cidade da Xustiza, ni la mitad de los edificios que hoy rodean la zona. Detrás del quiosco había terreno sin urbanizar, árboles y un descampado. El hospital absorbía la vida de medio Vigo y, pegado a la acera, aquel pequeño puesto de prensa donde la gente compraba el periódico, un paquete de pipas o una piruleta mientras esperaba noticias de un familiar. Su padre, Juan Antonio Campos, portugués de origen, levantó aquel negocio cuando los quioscos todavía eran una pieza natural del paisaje urbano. Trabajaba jornadas interminables y apenas tenía relevo más allá de la ayuda puntual de su mujer, Deolinda, de A Cañiza, que acudía para cubrir la hora de la comida. «Esto es muy esclavo», resume Manuela. Aunque ya hace años que tomó una decisión que le permitió respirar un poco más: cerrar los domingos para tener una vida más allá del trabajo.

Ella heredó el puesto cuando su padre se jubiló. Lleva desde 1994, más de tres décadas ya, dentro del cubículo de aluminio y cristal, sobreviviendo a inviernos húmedos y veranos bajo un techo de uralita verde que multiplica el calor y una transformación urbana que casi se lleva por delante al barrio. Porque cuando el Xeral dejó de funcionar para trasladar la actividad al Álvaro Cunqueiro, la zona se apagó de golpe. Cerraron negocios, desapareció el trasiego constante y muchos pensaron que el quiosco tampoco aguantaría demasiado. Pero aguantó. «Esto empezó a tener algo de vida otra vez cuando empezaron las obras de la Cidade da Xustiza, claro, porque viene gente y hay más movimiento. Pero no te creas que volvió a ser lo de antes», asegura. Lo de antes era vender decenas y decenas de periódicos y revistas. «Despachaba 70 u 80 ejemplares del Hola tranquilamente», recuerda. Ahora vender quince ya le parece mucho. Internet hizo el resto. La prensa cayó, las suscripciones digitales cambiaron los hábitos y los quioscos tuvieron que reconvertirse como pudieron. El de Manuela vende también golosinas, aperitivos o cromos, aunque el espacio apenas deja margen para ampliar nada.

Cuando se le pregunta cómo hace para aguantar tantas horas sin salir para ir al baño, responde con naturalidad: «Me aguanto, estoy acostumbrada», afirma para a continuación, explicar que cerrar el puesto supone bajar plásticos, asegurar ventanas y dejar el negocio completamente blindado. Demasiado lío para una escapada rápida. «Si tuviera una urgencia, claro que iría a una cafetería. Pero no puedes dejar esto abierto y marcharte», justifica la quiosquera, que abre el negocio sobre las siete de la mañana y suele cerrar cerca de las ocho de la tarde. Del tirón. Su hijo Óscar le echa una mano algunas horas para que pueda hacer recados o ir a comprar.

A pesar de los inconvenientes, la viguesa cuenta que le gusta su trabajo, que sigue disfrutando del contacto con el público. «Antes hacía más cosas, hasta calcetaba aquí», confiesa. Pero hace tiempo que lo ha dejado. Lo que sí conserva intacta es la memoria de la clientela. Personas que iban de niños al hospital y ahora regresan jubiladas. Hijos que después trajeron a sus hijos. «Anteayer vino un señor que me dijo que de pequeño compraba aquí piruletas cuando acompañaba a su madre al hospital», relata la mujer. «62 años cumplo la semana que viene», confiesa, pensando ya en la jubilación, que asoma cerca. Y con ella, «probablemente, el final del quiosco». La frase queda suspendida entre revistas y paquetes de gusanitos, como si el cierre del negocio fuese también el cierre de una manera de entender las ciudades. Vigo ya casi no conserva quioscos así.