Amancio Prada: «Dar un concierto en Vigo dedicado solo a Rosalía es un acto de justicia poética»
VIGO CIUDAD
El músico berciano ofrecerá este sábado un recital marcado también por su amistad con Alonso Montero
04 mar 2026 . Actualizado a las 01:15 h.Medio siglo después de haber convertido en canción los versos de Rosalía de Castro, Amancio Prada regresa a Vigo con un recital íntegramente dedicado a la autora de Cantares gallegos. La cita será el sábado, 7 de marzo, en el Teatro Afundación, pero antes de subir al escenario, el músico habla sin prisas, evocando amigos y maestros como Xesús Alonso Montero y paisajes que siguen en el recuerdo. Habla y, a ratos, canta, recita de memoria, se detiene en una imagen de una lluvia lejana en una ermita, la de San Simón, y la charla se convierte a ratos en un pequeño concierto íntimo de lunes por la mañana. Un lujo.
—En el 2006 estuvo en Vigo con un disco dedicado a Sánchez Ferlosio. Ahora vuelve con Rosalía. ¿Qué significa este regreso?
—Chicho fue un cantor que enriqueció mucho mi vida, con su testimonio y su forma de componer. Hicimos algunos conciertos juntos y compartíamos un amigo común, Agustín García Calvo, que alimentó mucho nuestro canto. Pero con Rosalía no es que uno esté y luego deje de estar. Con Rosalía se va y se vuelve. Siempre está ahí. Rosalía va conmigo y yo con ella. Los primeros amores son muy difíciles de olvidar… y aquellas canciones también.
—En esta ocasión hay también un componente sentimental añadido por su relación con el fallecido profesor Alonso Montero.
—Nos conocíamos hacía muchos años. En 1982 organizó una excursión a la isla de San Simón para rendir homenaje a Mendinho, aquel trovador misterioso del que solo se conserva una cantiga. Yo había dedicado un disco a los primeros trovadores galaicoportugueses, Lelia Doura, y me uní encantado a aquella excursión con sus alumnos del entonces Colegio Universitario de Vigo. Canté en la ermita, que estaba casi en ruinas, parecía que se nos iba a caer encima. Luego empezó a llover y nos refugiamos en una torre con grandes ventanales, algunos cristales rotos. Solo faltaban las olas, que también estaban imponentes. Empecé a cantar Adiós ríos, adiós fontes y toda aquella muchachada comenzó a cantar conmigo. Fue una emoción tremenda.
—Hay un claro paralelismo entre ustedes en la devoción por Rosalía y también por Lorca.
—Sí, siempre hemos estado en contacto, y hemos comentado muchas cosas sobre los poemas gallegos de Lorca. En uno de sus libros descubrí la Salutación elegíaca que Federico dedicó a Rosalía con apenas 18 años. Lorca la llamaba «mi hermana en tristeza», el ángel mojado de Galicia. También compartimos admiración por Celso Emilio Ferreiro. Yo lo descubrí siendo muy joven, en Valladolid, con Longa noite de pedra. Recuerdo que con un villancico suyo, Belén, ano cero, gané un premio en Pamplona en 1976. A la vuelta fui a llevarle una de las estrellas del premio a su casa de Madrid. Luego vino a verme a Segovia y me enseñó una pandeirada que solía cantar cuando la morriña lo apretaba en Venezuela. Me decía que llevaba siempre un pandeiro para espantar la pena. Yo, a falta de pandeiro, me daba golpes de pecho.
—Vive ahora entre Madrid y Urueña. ¿Sigue sintiendo morriña?
—La sentí intensamente cuando me fui de casa siendo joven. Cuando llegué a Galicia por primera vez, atravesándola en tren, sentí que era como una prolongación del Bierzo, mi tierra. Pero cuando me marché a estudiar a Valladolid, ahí sí apareció el desarraigo. A veces me sentía como Rosalía en Simancas, acompañando a Murguía: «¡Quérom'ire, quérom'ire!» (recita). Yo recuerdo que cuando era niño mis padres decían: «Este chaval se va con cualquiera». Es el placer de alejarse. Y al mismo tiempo me he quedado con la pena de ausentarse. Ese paisaje de la infancia que para mí se condensa o se centra en el río Sil, que pasa por mi pueblo, en las montañas, en los montes de Ferradillo, en la cumbre de la Aquiana, y también en los prados, ríos, arboledas y regatos pequeños. Esas imágenes, como diría San Juan de la Cruz, están en mis entrañas dibujadas.
—O sea, se podía decir que no hay morriña cuando eso lo llevas contigo tan intensamente
—Cuando lo llevas dentro, la morriña también tiene consuelo. Y da gusto emocionarse. Incluso llorar. Después de un concierto reciente en el Centro Niemeyer, varias personas me dijeron que habían llorado todo el recital. Y yo siempre digo: ¿A que da gusto llorar cuando es por emoción? Te sientes más vivo.
—¿El concierto de Vigo estará dedicado únicamente a Rosalía?
—Solo Rosalía. Cantaré las canciones de aquel disco que hice y alguna más que nació después. Será la primera vez que ofrezca un recital monográfico dedicado enteramente a ella. Y hacerlo en la ciudad donde se editaron casi la mitad de sus libros es un acto de justicia poética.
— ¿Cree que está suficientemente presente hoy?
—Corre el peligro de convertirse en una figura icónica, en una estatua. Y la mejor estatua para un poeta es leerlo, cantarlo. A Rosalía le sobra fama y le falta conocimiento.
—¿Tiene una canción favorita?
—No puedo elegir una. Yo canto lo que vivo y vivo lo que canto. Cada vez que canto una canción es como si la cantara por primera vez. Cambia el matiz, la respiración, el ánimo, el público.
—Después de haber musicado a tantos poetas, ¿piensa en nuevas voces?
—Algo hay… pero hay que acercarse despacio. No pienso en la edad del público. Nadie puede amar lo que no conoce. Pero cuando veo jóvenes emocionarse, con asombro en el rostro, su entusiasmo agranda el mío.