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30 dic 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

Hay empresas familiares que pasan de generación en generación por inercia, por obligación, por el peso de la tradición. Y luego están aquellas donde cada generación elige deliberadamente continuar el sueño del anterior, no por deber sino por pasión. Bodegas Marqués de Vizhoja pertenece a esta segunda categoría. Y su historia comienza mucho antes de las etiquetas, los premios y el reconocimiento internacional. Comienza en un ultramarinos de barrio, con un hombre que vendía vino por tazas y soñaba con algo más grande.

La campaña «Guardianes del Tiempo» que ha lanzado la bodega intenta recuperar valores e historias en forma de botellas antiguas guardadas por miles de familias. Botellas que salieron de la bodega hace décadas y que ahora vuelven cargadas de historias, de recuerdos, de vida vivida.

El abuelo de Bouzas y el vino de D. Mariano

En el barrio vigués de Bouzas, en los años cincuenta y sesenta, había un ultramarinos que todo el mundo conocía. No era diferente de tantos otros: un mostrador de madera, estanterías con conservas, un par de mesas donde los parroquianos se sentaban a charlar. Pero en aquel local había algo especial: un vino que la gente pedía por su nombre. «El vino de D. Mariano», le llamaban.

Los abuelos de la familia Peláez regentaban aquel establecimiento donde se vendía de todo, pero donde el vino tenía un protagonismo especial. Mariano Peláez, el hijo, había heredado no solo el negocio sino también una intuición: la de que aquel vino que vendían por tazas, elaborado de forma artesanal, merecía algo más que ser despachado en cuncas.

Mariano: el visionario que profesionalizó un sueño

Mariano Peláez no era enólogo de formación. Era tabernero, comerciante, hombre práctico con olfato para los negocios. Pero tenía algo que muchos profesionales titulados no tienen: pasión absoluta por el vino y la convicción de que su vino podía competir con los grandes blancos del mundo.

En 1968 embotella por primera vez bajo la marca Marqués de Vizhoja. En 1976 da el paso definitivo: compra el Pazo La Moreira, en Arbo, una finca histórica rodeada de viñedos. No era solo comprar tierra, era materializar un sueño. Era pasar de vender vino en un ultramarinos a elaborarlo en un pazo centenario.

Fue pionero en el embotellado, pionero en el marketing, pionero en pensar el vino como un producto de alta gama. Y todo ello sin perder nunca la humildad de sus orígenes, sin olvidar que todo había comenzado en un ultramarinos de Bouzas donde se vendía «el vino de D. Mariano».

La segunda generación: Jorge y Javier, continuadores del legado

Los hijos heredan muchas cosas de sus padres. A veces, un negocio. Otras, una vocación. Jorge y Javier Peláez heredaron ambas cosas, pero sobre todo heredaron algo menos tangible y más valioso: la capacidad de soñar sin perder los pies de la tierra.

Jorge Peláez, como director comercial de la bodega, ha sido quien ha llevado el nombre de Marqués de Vizhoja más allá de Galicia, quien ha tejido las redes que han permitido que el vino de la familia esté presente en toda España. Pero no lo ha hecho traicionando el espíritu del fundador, sino amplificándolo. Ha convertido la bodega en una marca reconocible sin que pierda su esencia familiar.

Javier Peláez, por su parte, lleva más de treinta y cinco años como enólogo de la bodega. Treinta y cinco vendimias observando cómo la uva madura, cómo cada año es diferente, cómo el vino es siempre una conversación entre la naturaleza y el hombre. No es un enólogo que llegó de fuera, es alguien que mamó el vino desde niño, que creció entre barricas y viñedos, que entiende que cada botella que sale de la bodega lleva impreso el apellido familiar.

La relación entre ambos hermanos es el corazón que hace latir la bodega. Jorge en lo comercial, Javier en lo técnico, pero ambos compartiendo una misma filosofía: respetar el legado del padre sin quedarse anclados en el pasado, innovar sin perder la identidad, crecer sin perder la calidez de lo familiar.

El equilibrio entre tradición e innovación

Hay una tensión creativa que atraviesa todas las empresas familiares exitosas: cómo mantener vivo el espíritu del fundador mientras se adapta la empresa a los tiempos que corren. En Bodegas Marqués de Vizhoja, ese equilibrio se consigue de una forma casi natural.

En las empresas familiares no solo se transmiten acciones, instalaciones o conocimientos técnicos. Se transmite algo más etéreo pero fundamental: una forma de entender el negocio, una filosofía, un compromiso.

Lo que Jorge y Javier aprendieron de su padre no está escrito en ningún manual de enología ni de gestión empresarial. Aprendieron que el vino es paciencia. Que cada añada es única y hay que respetarla. Que el vino se hace primero en el viñedo y solo después en la bodega. Que las prisas son enemigas de la calidad.

Pero también aprendieron algo que va más allá de lo enológico: aprendieron que una empresa familiar es, ante todo, una historia de personas. Que detrás de cada botella hay trabajadores que cuidan de la marca. Que los proveedores son socios, no enemigos. Que los clientes son amigos a los que hay que cuidar.

Esa transmisión de valores es lo que ha permitido que Bodegas Marqués de Vizhoja mantenga su carácter familiar después de más de cincuenta años.

No se han dejado tentar por ofertas de grandes grupos, no han sacrificado la calidad en aras del crecimiento rápido, no han olvidado que todo empezó en un ultramarinos de barrio.

Guardianes de su propia memoria

La campaña «Guardianes del Tiempo» tiene una dimensión especialmente emotiva para la familia Peláez. Porque durante décadas, han sido testigos de cómo sus vinos acompañaban a otras familias en sus momentos importantes. Han visto fotos de bodas donde aparecían sus botellas, han escuchado historias de brindis memorables, han sabido de botellas guardadas durante décadas como pequeños tesoros familiares.

Ahora, con esta campaña, tienen la oportunidad de recuperar parte de esa historia. De ver regresar botellas que llevan el trabajo de su padre y de ellos mismos. De comprobar cómo el vino que elaboraron hace treinta, cuarenta años han sido guardián de la memoria de miles de familias.

Pero en el fondo, la familia Peláez también ha sido guardiana. Guardiana del sueño de Mariano, guardiana de una forma de hacer vino que prioriza la calidad sobre la cantidad, la paciencia sobre la prisa, la tradición sobre la moda.

Bodegas Marqués de Vizhoja no es solo una empresa que pasa de padres a hijos. Es un legado vivo que se reinventa en cada generación sin perder su esencia. Es la prueba de que se puede crecer sin traicionar los orígenes, innovar sin olvidar la tradición, profesionalizarse sin perder la calidez familiar.

Es, en definitiva, la historia de un tabernero que soñó con algo más grande y de unos hijos que decidieron que aquel sueño merecía continuar. De un ultramarinos de barrio que se convirtió en dinastía. De un «vino de D. Mariano» que conquistó España.

Y la historia aún no ha terminado. Porque en alguna vitrina familiar, cubierta de polvo y de tiempo, hay una botella antigua de Marqués de Vizhoja esperando a ser encontrada. Una botella que quizás Mariano embotellara con sus propias manos, que sus hijos ayudaron a elaborar, que guardó durante décadas los recuerdos de otra familia.

Cuando esa botella regrese a la bodega, cerrará un círculo. Y al mismo tiempo, abrirá otro. Porque las empresas familiares que perduran son aquellas que entienden que el tiempo no es lineal: es una espiral donde pasado, presente y futuro se entrelazan, donde cada generación es guardiana de la anterior y semilla de la siguiente.

El vino de D. Mariano sigue ahí. Con otro nombre, otras etiquetas, otras manos que lo cuidan. Pero con el mismo espíritu de aquel tabernero de Bouzas que un día miró sus barricas de vino y soñó con embotellar no solo albariño, sino también tiempo, memoria y legado.