La tienda de Vigo por donde pasaba la diligencia

Begoña Rodríguez Sotelino
begoña r. sotelino VIGO / LA VOZ

VIGO CIUDAD

M.MORALEJO

Jesús Casanova comenzó con 7 años a trabajar en el negocio de sus padres, fundado en 1914, y ahora lo lleva su hijo Ramón. En el local, donde se rodó el anuncio de la lotería el año pasado, tocó un segundo premio en 1930

07 nov 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

En Vigo todavía hay una tienda donde el tiempo se mide por el sonido de la caja y el saludo de los clientes cada vez más espaciado debido a la competencia de impersonales hipermercados que le rodean. Su establecimiento se llama Supermercado Casanova, aunque lo de supermercado es más por costumbre que por tamaño. Nació en 1914 como un colmado de los de entonces, donde además de comida y bebida había un poco de todo, artículos de mercería, ferretería y hasta leña. Con la Guerra Civil atravesando su historia, al acabar la contienda tuvieron que despachar a golpe del peor talonario que existe, la cartilla de racionamiento.

Detrás del mostrador, Ramón Casanova mantiene vivo el negocio que fundaron sus abuelos, el monfortino Manuel Casanova y la viguesa Carmen Cea, cuando la avenida de Madrid no era avenida, ni siquiera calle, sino camino de diligencias y caballos. «La carretera provincial», apunta su padre, Jesús, que suma 98 años. «Mis abuelos empezaron en el bajo de la casa», cuenta. «Vendían vino por cuartillos, legumbres, patatas, huevos, azúcar, leche, de todo pero a granel, y madera para las cocinas que compraban en verano. Mi padre, de joven, iba en bicicleta a buscar vino a las fincas de los cosecheros de la comarca y más lejos. Lo probaba en las bodegas, llenaban el camión y lo traían desde O Condado, el Ribeiro y otros».

La tienda fue también refugio y posada improvisada de los ambulantes . «Aquí, en el ático, dormían los paragüeros, que venían desde Ourense, como los afiladores, a ofrecer sus servicios casa por casa», relata Ramón. «¡Cómo cambió la vida! Antes había mucha hambre. Me acuerdo que cuando me tomaba algún plátano dejaba las mondas en el mostrador porque venían los chavales y las aprovechaban. Ahora no queremos uno que tenga una manchita», reflexiona su padre, que empezó a trabajar con 7 años. «Mi madre ayudaba mucho a la gente que tenía muy poco. Había una pobreza tremenda y ella les daba una taza de caldo y un pedazo de pan de maíz», cuenta el patriarca con añoranza de sus seres queridos, no de los tiempos tan duros que le tocó vivir.

Durante un tiempo, el mostrador del Casanova sirvió también para cobrar la contribución. «Mi abuelo era el encargado de hacerlo para Hacienda o para el Ayuntamiento, no sé exactamente cómo era. Lo que sé es que la gente venía aquí a pagar. Era lo normal, se confiaba en el vecino», explica Ramón.

Y en medio de la rutina, un golpe de suerte extra: «A mis abuelos les tocó el segundo premio de la lotería en 1930. La vendía mi abuelo, así que medio barrio pilló algo. Muchos compraron casa gracias a eso». Décadas después, el azar volvió: una parte del anuncio de la Lotería Nacional se rodó en el propio supermercado. «Cortaron la carretera, llenaron todo de cámaras. Mi padre miraba y decía: ‘Mira lo que se montó en mi tiendiña'. No se lo creía».

El Casanova no solo vendía mercancías varias. También despachaba alegría. Organizaba bailes como los de antes. «Mi padre montó el California aquí mismo, luego La Cruz Blanca y el Bahía, en O Calvario. Venían orquestas y mucha gente del barrio se conoció aquí y se casó gracias a esos bailes», dice Ramón. «Había que trabajar, pero también divertirse», interviene Jesús. «Yo bailaba, claro que sí», ríe.

En el anexo de la tienda tenían baile de verano al aire libre, y el de invierno, a cubierto donde está la tienda. Y hacían también combates de boxeo con conocidos púgiles de la época.

Jesús es el menor de tres hermanos, su hijo Ramón también es el pequeño de tres. Tiene dos hijas y tiene claro que no quiere para ellas este futuro que a él casi le eligió. «Tuve muchas opciones y aunque mi madre me lo desaconsejaba, decidí seguir un poco por ellos, para que no se perdiera. Si cerraba, mataba a mi padre de pena. Esta tienda fue su vida», reconoce el comerciante que es ya de los pocos que resisten ante mastodontes. «Primero cerraron los de Miraflores, luego los de Moledo. Y quedamos nosotros», enumera pensando en otros establecimientos de barrio . Hoy es de los últimos que siguen funcionando en Vigo y probablemente, el más antiguo. «Los jóvenes no quieren esto: muchas horas, poco margen y demasiada tarea. Pero aquí seguimos», relata.

Durante décadas abrieron todos los días del año. Eso se acabó hace once. «Cuando murió mi madre dije basta. Se cierra los domingos. También hay que vivir». El patriarca asiente y suspira por su mujer, Lolita. «Era tan buena... la echo mucho de menos». Fuera, en el escaparate del inmueble blanco y azul, luce la antigua báscula y botellas de gaseosa La Pitusa.

Dónde está

Camiño do Raviso, 14. Sárdoma (Vigo)