Reconstrucción del crimen de la estación de Vigo: «Oí gritar "¡Me están matando!" y creí que era broma»
VIGO CIUDAD
Había un tercer ocupante en la chabola donde murió apuñalado Roberto Carrera el jueves por la tarde, supuestamente, a manos de su pareja, Silvia G. Familiares y la oenegé Os Ninguéns depositan flores en memoria de esta persona sin hogar
06 dic 2025 . Actualizado a las 20:29 h.Testigos del crimen de la vieja Estación de Autobuses de Vigo, en el barrio de A Doblada, han vuelto esta mañana al escenario del suceso que conmocionó a los sintecho que pernoctan en el porche de estas instalaciones. Sus testimonios fueron valiosos para dar pistas a la Policía Nacional para reconstruir las últimas horas y el apuñalamiento de Roberto Carrera, de 56 años. Supuestamente, su reciente pareja, Silvia G., de 36 años, le asestó, al menos, dos puñaladas en la tarde del jueves mientras estaban acomodados en el colchón de su chabola. Los testimonios han podido determinar que con la pareja había un tercer ocupante, un hombre de 50 años que era amigo del fallecido, y al que este había acogido unos días antes. Le cedió una de las dos camas-colchón de su chabola para dormir.
Silvia G. había estado viviendo en Semana Santa en el asentamiento situado en el otro ala de la estación, la fachada que da a la avenida de Madrid. En una entrevista a Praza.gal, Silvia G. explicaba su situación, que calificó de «triste». Tiempo atrás, había salido de la calle y vivía en un piso pero, en la primavera del 2025, tuvo que volver a la intemperie y a tumbarse sobre unos cartones. Admitió que había hecho algunas cosas «mal» en el pasado. Desde hacía una semana, estaba durmiendo en la antigua estación de autobuses de Vigo y lo aceptaba con resignación. Se congratulaba de que no hubiese peleas en dicho asentamiento. Desde el verano, se había mudado al porche de la puerta principal de la estación de buses y compartía chabola con Roberto Carrera. Desde octubre, ambos andaban siempre juntos por la calle, por lo que todo el mundo los consideraba como una pareja.
Los testigos no presenciaron ninguna riña en la jornada previa entre la pareja que hiciese presagiar el fatal desenlace. Alguno comenta que Roberto llevaba un par de días enfadado por temas de su relación. Silvia G. dormía con Roberto, aunque no todos los días. Según cuentan, ella pasaba allí tres o cuatro días, se marchaba y volvía. Allí se cobijaban de la intemperie junto a otras 13 personas sintecho, cada una con su caseta o chabola. La describen como una joven «muy guapa», de tez muy blanca y cara aniñada, con pelo corto al estilo garçon y que vestía bien. Los compañeros daban por hecho que tomaba medicación.
Desde unos días antes del crimen, a ambos les acompañaba una tercera persona, un hombre de 50 años amigo del fallecido, al que habían acogido en la chabola de cartones que Roberto había montado en el porche principal de la estación.
Según los testigos consultados, Roberto y Silvia habían empezado a salir juntos hace un mes y llevaban como pareja apenas diez días. Dormían en una chabola con dos camas con colchón y somier en la zona lateral de la estación, en el último puesto. Eran los más alejados del campamento de chabolas y casetas dispuestas en hilera.
La mañana del día del crimen, un compañero les invitó a almorzar al mediodía a los tres ocupantes, a Roberto, a Silvia y al amigo recién llegado. «Compartí con ellos jamón serrano, queso, cervezas y licor café», cuenta. No observó nada raro. Otro vecino también los vio a los tres y presintió que Roberto estaba algo molesto.
Por la tarde, los tres volvieron a su chabola a cobijarse y pasar la noche. Silvia y Roberto, dicen los testigos, compartían cama y el amigo, el segundo colchón. A las seis y media de la tarde, el colega salió a orinar. En ese intervalo de tiempo, el vecino que ocupaba la caseta contigua escuchó unos gritos, como si pidiesen auxilio. «Oí gritar "me están matando", pero pensé que era una broma». Pasado un tiempo, el amigo de Roberto volvió a la chabola y se encontró al hombre ensangretado y su pareja con un cuchillo. La desarmó y tiró el arma al suelo. Fue corriendo a pedir ayuda: «¿Tienes un teléfono? Han matado a Roberto, está lleno de sangre, llama a la policía».
El vecino que había oído antes el grito de socorro entró en la caseta y vio a Silvia de rodillas y encima del cuerpo de Roberto, ensangrentado. Tenía, al menos, dos puñaladas. Preguntó al herido si estaba bien, pero no contestó y ella, desvela el testigo, se giró hacia él y le respondió: «Lárgate, ¿Y a ti qué te importa?». Alguien consiguió llamar al 112 y al 092. Cuatro minutos después, llegaba la policía. La detuvieron y no prestó resistencia. Estuvo siempre callada. La sospechosa y el amigo que compartía chabola fueron trasladados en coches policiales diferentes a la comisaría de Vigo para ser interrogados. Solo hay una persona arrestada, la mujer.
La detenida pasará este sábado, día 8, a disposición del Juzgado de Instrucción número 5 de Vigo, en funciones de guardia. La jueza deberá determinar si es necesario que los forenses le realicen una evaluación psiquiátrica, ya que ella, según los testimonios, necesitaba medicarse. Los especialistas tendrán que informar si la detenida está en condiciones de prestar declaración ante la jueza.
Flores de familiares y la asociación Os Ninguéns
A lo largo de la mañana este viernes, se acercaron a la chabola el sobrino que identificó el cadáver y la cuñada del fallecido. Cuentan que lo había visto varias veces con su pareja y lo notaban contento. En el pasado, lo acogieron en su casa o a veces lo invitaban a comer, pero él prefería hacer su vida en el barrio que lo acogió. Su familia procede de O Gorxal pero, tras tener que abandonar ese emplazamiento, se mudaron al denominado Edificio Azul, en A Doblada. En los últimos tiempos, Roberto había trabajado como aparcacoches.
Roberto se casó, tuvo un hijo y tres hijas, se separó, y, según cuentan sus allegados, llevaba años viviendo en casas okupas o en la Estación de Autobuses, sin alejarse de su barrio y de su familia, con la que aún mantenía contacto. Una de sus hijas le había presentado a su nieta recientemente. Sus allegados sabían que estaba con una pareja porque los veían juntos por la calle, pero nadie podía sospechar el desenlace fatal, porque los identificaban como personas tranquilas y buenas. «Roberto no se merecía ese final, era buena persona. En un mes conoció a esa mujer y se llevó el verdugo para casa, pobriño», lamenta una familiar.
El crimen conmocionó a la oenegé Os Ninguéns, que ayuda a la integración social de las personas sin hogar. Su portavoz Antón Bouzas y unos compañeros depositaron al mediodía un ramo de flores dedicado a Roberto en la chabola de cartón en la que murió. Bouzas recordó que muchas personas que viven en la calle no tienen plaza en los albergues, lo que los aboca a la precariedad. Bouzas propone a las autoridades la construcción de una residencia para ofrecerles alojamiento indefinido, un lugar donde puedan cobijarse y tener su vida hasta que puedan recuperarse.