Los furancheiros decanos, de cuncas en Mos: «¿De verdad tú tienes 100 años?»

VIGO CIUDAD

Mónica Torres

José y Juaniña, de 104 y 99 primaveras, se conocen tomando unos vinos

12 abr 2025 . Actualizado a las 01:18 h.

En un rincón de Mos, entre platos de raxo y vino de barrica, tuvo lugar este sábado un encuentro insólito y espontáneo. José Iglesias González, de 104 años, y Juana de la Cruz Domínguez, conocida como Juaniña, de 99 años y diez meses, coincidieron por primera vez en un furancho. Lo primero que se dijeron fue tan directo como entrañable: «¿De verdad que tienes 100 años? Pues no lo parece, estás fantástico».

El lugar no podía ser más simbólico: O Furancho dos Cabalos, uno de los veteranos del área de Vigo, en manos de la familia de Mónica Fernández. Allí, entre clientes de toda la vida, José ya estaba sentado a las ocho de la tarde, puntual como cada sábado, acompañado por su hija Chelo, que justo esta semana cumplió 77, y por un amigo. Media hora después, llegaba Juaniña con su hija Ivón. Era la primera vez que sus caminos se cruzaban.

José, vecino del barrio vigués de Cabral, lleva unos ocho años visitando el furancho cada sábado con su hija por primavera. Ella, de O Porriño, también lo hace con la suya, pero nunca habían coincidido. Ambos mantienen una salud envidiable, cosechada a base de buen humor, mucho trabajo y una vida de resiliencia y amor en familia.

De espíritu, ánimo y lucidez, José va sobrado a sus 104 años. A los 8 ya ayudaba a su familia vendiendo piñas casa por casa. «Bamboleaba los pinos para que cayeran las piñas y luego iba andando desde Chapela hasta Vigo para venderlas», recuerda. Trabajó durante décadas en Barreras, soldando en las calderas y mástiles. Se jubiló a los 65, hace casi cuatro décadas, y desde entonces ha seguido vinculado a la tierra, ayudando con las labores del campo e incluso subiéndose a los árboles, «aunque solo frutales, hasta casi los 100», confirma su hija.

Oscar Vázquez

Uno de los recuerdos más especiales para José es el tiempo que pasó en Tánger durante su servicio militar, un período que considera el mejor momento de su vida. «La mili fue lo mejor que me pasó. Estuve de cocinero para los oficiales y, cada principio de mes, me daban dinero para administrar. Como ahorraba mucho, siempre tenía dinero, y disfruté muchísimo de la experiencia», relata con una sonrisa que refleja el brillo en sus ojos al recordar aquellos días.

Si hay algo que define a José es su pasión por la vida.

«Tengo 104 años, pero me voy de marcha, me gusta la música y no falto a mis citas de furanchos», dice con un humor brillante, mientras levanta la cunca y brinda.

Su receta vital es sencilla:

«Creo que estoy tan bien porque tengo la conciencia tranquila. Nunca le hice daño a nadie».

Lee la prensa a diario, escucha música en Kiss FM y camina por Redondela, Cesantes o el puerto. No toma más medicación que la insulina para su diabetes y mantiene el sentido del humor intacto. «Con 104 ya tengo edad para hacer lo que quiera, ¿no?», bromea.

Su rutina es firme. A las ocho está en casa para ver Pasapalabra con Chelo, que cuida de él con el mismo mimo con que lo hacía su mujer Carmen, fallecida hace unos cuando años. «Fue el gran amor de mi vida», dice con emoción.

Juaniña es una institución en O Porriño. Fue madrina del Louro Valley Festival, donde presentó al mismísimo Juan Magán, y un año más tarde, pregonera de las fiestas patronales. A pesar de estar a punto de cumplir cien años, mantiene una vida activa, sociable y alegre, y nunca renuncia a sus sábados de furancho.

El de la semana pasada modificó su ruta habitual. Lo que no cambió fue su estilo: llegó sonriente, marcando estilo con su look y con su hija Ivón. La coincidencia con José fue tan inesperada como celebrada. Ni él ni ella siguen dietas especiales ni ocultan enfermedades más allá de alguna gripe ocasional. Ambos comparten una visión serena de la vida y un contacto constante con sus familias. En su longevidad no hay trucos milagrosos, pero sí una actitud positiva y constante hacia lo cotidiano.

El encuentro fue breve, pero dejó huella. En los furanchos del área de Vigo, donde generaciones se cruzan entre tazas de vino y platos caseros, también hay espacio para estas historias que parecen de otra época, aunque siguen ocurriendo cada fin de semana.

No se hicieron amigos —ni hacía falta—, fue simplemente un momento especial, compartido entre dos vidas largas que se cruzaron. José y Juaniña brindaron y siguieron su camino.