Un cáliz de oro del siglo XVII, el excepcional tesoro de la Colegiata de Vigo

DANIEL BRAVO CORES HISTORIADOR

VIGO CIUDAD

XOAN CARLOS GIL

Juan de Lago, misionero en un pequeño pueblo panameño, legó el grial a la iglesia del Casco Vello hace 350 años

21 may 2024 . Actualizado a las 01:10 h.

Desde hace 350 años, conserva la Colegiata de Vigo una joya extraordinaria, excepcional, insólita en una pequeña villa como la de entonces, que ha llegado hasta nuestros días sobreviviendo milagrosamente a todo tipo de adversidades: saqueo inglés de 1717, invasión francesa de 1809, los diversos avatares revolucionarios del convulso siglo XIX español, etc. Se trata de un valioso cáliz de oro donado en el siglo XVII por el sacerdote de origen vigués Juan de Lago, que ejerció su labor pastoral como párroco de Santo Domingo de Parita, diócesis de Chitré, en la provincia de Herrera al centro-sur del actual Panamá, que pertenecía entonces al Virreinato de Nueva España y más tarde al de Nueva Granada.

El grial forma parte de un conjunto de admirables alhajas compuesto también por «patena, hijuela, salvilla y vinajeras, todo de oro y filigrana», como decía su albacea testamentario Juan de Villarreal y Guerrero. Vigués de nacimiento, hijo de Gonçalo Péres Barela y Dominga de Lago, el licenciado Juan de Lago partió como misionero a Indias hacia 1630 y allí permaneció hasta su fallecimiento el 18 de noviembre de 1672, dejando como legatario a su «capellán y amigo Juan de Villareal y Guerrero, aviéndome comunicado lo más substancial de su voluntad en la distribución de sus vienes».

Carecemos de información directa sobre las concretas ocupaciones económicas de nuestro personaje al margen de su dedicación religiosa en sus treinta años al frente de aquella parroquial. Pero la segunda carta enviada por Juan de Villarreal al cabildo de la Colegiata, el 13 de septiembre de 1675, nos da algunas pistas cuando dice hallarse «en esta ciudad de Puertobelo dónde estoy a solo dar despacho a los negocios de Licenciado Juan de Lago Varela, que Dios aya…». El territorio panameño carecía de metales preciosos y parece evidente que una humilde aldea rural como Parita, con poco más de 500 almas, difícilmente podría ser el origen de fortuna tan considerable. Pero sí podía serlo Portobelo, que por entonces era uno de los puertos más destacados de la Carrera de Indias, usufructuario de una de las ferias más importantes, sino la que más, del espacio Caribe. La ciudad era el punto de llegada de la plata del Perú traída por mar al puerto de Panamá en la costa pacífica, y trasladada finalmente a lomos de mulas cruzando el istmo hasta la costa donde se ubicaba Portobelo. Y era también puerto de salida -con Veracruz y Cartagena de Indias- de las flotas de galeones españoles con destino a la península, lo que justificaba las fortificaciones que la guarecían y aún se conservan (Santiago de la Gloria, San Jerónimo, San Fernando o San Fernandino) y que fuesen constantes las correrías de los más afamados piratas, como Francis Drake, que allí falleció, o Henry Morgan, que lo asaltó en 1668 estando ya Juan de Lago en aquellas tierras. Ese emporio de riqueza que era Portobelo es el único lugar que justifica una fortuna como la de Juan de Lago.

La misma carta menciona otro de sus negocios, los préstamos, cuando dice entregar al capitán Manuel Gutiérrez «3.660 pesos para los herederos de dicho difunto, que en la ocasión no se pudo remitir más, por no haberse cumplido el plaço de la escritura de quien lo debe, que es de mayor cantidad». Se trataba de un «censo redimible al quitar», como se decía entonces, cuyo tenedor aún no había devuelto la totalidad de lo prestado.

XOAN CARLOS GIL

Nuestro personaje debió dedicar no pocos esfuerzos a menesteres tan lucrativos, lo que permitió amasar una considerable fortuna: al incalculable valor de las alhajas, hay que sumar la cuantiosa donación a sus hermanos de 6.000 patacones, moneda de plata de 28 gramos acuñada en tiempos de Felipe IV. Parece evidente que solo con diezmos, oblatas y primicias, pese a ser muy sustanciosas en Indias, pudiese amasar tan enorme fortuna.

En julio de 1673, fallecido ya Juan de Lago, Villarreal trasladó al cabildo de la Colegiata la buena nueva del preciado legado de su antiguo feligrés: «Un cáliz, con patena, hijuela…, de oro que es una presea de mucha estimación y valor, y me ordenó lo remitiese a essa villa para la Yglesia Parroquial de ella, donde se bautizó». Pero el finado impuso también algunas condiciones: oficiar 12 misas cantadas al año por su alma en las nueve festividades de Nuestra Señora y las tres de Nuestro Señor; prohibía terminantemente «en ninguna manera»- que las joyas fuesen enajenadas ni sacadas de la Colegiata, y que si algún obispo -señalando obviamente al de Tui- u otro cualquier prelado lo hiciese, pasasen a poder del «Combento y Religiosos del Santo San Francisco de essa villa» con la misma obligación de misas.

Finalizaba Villarreal rogando a los beneficiarios, parientes y clérigos, enviasen persona con poder suficiente a Villa de los Santos, a una legua de Parita, para recoger el dinero y las alhajas a la mayor brevedad «porque somos mortales, y tendré mucho consuelo de ver cumplida la voluntad del padre Juan de Lago Varela..». Al año siguiente se presentaba ante Villarreal el capitán Manuel Gutiérrez de Lemos, emisario apoderado del cabildo colegial y de los herederos, y se hacía cargo de las alhajas y el dinero. Finalmente, el 4 de abril de 1676, un hermano del mencionado capitán, participaba al prior de Vigo que habían llegado a Galicia las alhajas que «me dicen importan 5.000 ducados (en torno a ¡un millón de euros!, a valor actual del oro), y lo que biene es un cáliz de oro de feligrana, con su patena, yjuela, salvilla y binaxeras de lo mismo». Pedía que le enviasen una «persona de toda satisfacción» con poder suficiente para recogerlas. El elegido sería el cisterciense fray Diego de Montamarta, que en junio de 1676 escribía al cabildo desde el monasterio de Melón: «El Cáliz es una pieza de las más preciosas que he visto en mi vida: He estado en la Cathedral de Toledo, y mirado con mucha curiosidad las inestimables riquezas que encierra su Sagrario, y no vi alhaja que tanto me llebasse la atención como esta». Más adelante, añade: «Quedo muy vano de ser el primero que puso las manos en tan preciosos vasos, pues aunque el metal de su fábrica es el más estimado; en mi estimación excede el arte a la materia».

Por voluntad del donante, hasta comienzos del siglo XIX «las alhajas estuvieron siempre en esta Iglesia destinadas al Divino Culto», y al amparo del cabildo colegial sobrevivieron a momentos tan difíciles como los saqueos de objetos litúrgicos de 1702, 1717 y 1809. Cuando el templo colapsó y se vino abajo en 1809, se pensó en llevarlas a la Capilla de la Misericordia, «provisionalmente constituida en Colegiata», pero las deficientes condiciones de seguridad obligaron al cabildo a solicitar que quedasen bajo custodia del depositario de fondos municipales Norberto Velázquez Moreno, que las tomó el 31 de agosto de 1819.

Mediados los años treinta, dada la seguridad que ofrecía el nuevo templo, el prior de la Colegiata José G. Portela reclamó al concejo la devolución del grial. Esto daría lugar a una contienda entre concejo y clero por su custodia, que se enmarca en un contexto anticlerical y de hostilidad entre iglesia y poder civil de aquel tiempo. El ayuntamiento se mostró reticente: «No halla la menor dificultad en que el Cabildo se haga cargo de dicha Alhaja..» siempre que cumpliese con la manda de misas anuales del donante y asegurase la preciada joya con «fianzas competentes». La respuesta colérica del prior Portela no tardó: el cumplimiento de las misas «es propio de otra autoridad», que las fianzas también podía exigirlas el cabildo al ayuntamiento «ya que no estaban en su lugar los obgetos propios del culto» y que no permitir el uso de las alhajas «es impedir el cumplimiento de la manda del donante».

Lo cierto es que las alhajas fueron devueltas en octubre de 1835 siendo alcalde Francisco Moredas, pero un año después las convulsas circunstancias políticas de la época y «el temor de perderlas» llevaron al cabildo a recurrir de nuevo al concejo y poner las joyas en manos del nuevo depositario en noviembre de 1836, fallecido ya Velázquez Moreno. Finalmente, en 1852, «desaparecidos los motivos que antes hacían indispensable la estancia de dicho Cáliz fuera de esta Iglesia», se volvió a pedir al alcalde la devolución definitiva de los objetos sagrados, pues de no ser así «las alhajas podrían ser reclamadas por otros que no fuese la Iglesia..».

La entrega se demoró por un contratiempo: el devenir de los años había hecho mella en el grial que presentaba ahora un agujero en el fondo que hubo que soldar, al igual que la cubierta de una vinajera, y una cuchara que se mandó rehacer de nuevo al maestro platero Jacinto Losada. Con estas intervenciones el cáliz perdió la consagración «y haciéndose inserbible para su uso, lo mandó consagrar de nuebo a Su Excelencia el obispo de Tuy». Semanas después, las alhajas quedaron de nuevo en poder del depositario y felizmente el viejo cáliz de oro figura hoy como la joya más bella de los tesoros de la Colegiata.