Vigo, un refugio después de la violencia

Pedro Rodríguez Villar
PEDRO RODRÍGUEZ VIGO / LA VOZ

VIGO CIUDAD

XOAN CARLOS GIL

La ciudad acoge a personas que buscan un futuro del que los privó la guerra y la pobreza. Estas son las duras historias de Aqila (Afganistán), Mikel (Ecuador), Luidmyla (Ucrania) y Samuel (Nigeria)

15 may 2024 . Actualizado a las 01:00 h.

Hace poco más de cien años, el puerto de Vigo era un lugar de despedidas. Miles de personas depositaron sus ilusiones y esfuerzos en un barco a América. La mayoría con destino a Argentina, Brasil o Uruguay. Hoy, la ciudad, como hizo tantas otras veces en su historia, da la bienvenida a esas personas que necesitan una nueva oportunidad. Vigo es el hogar al que llegan solicitando acogida intencional. Un refugio en el que poder huir de la violencia, pobreza, desigualdad, machismo, homofobia o de la represión política. Hay personas de todo el mundo. «Nadie está a salvo de la violencia y de verse obligado a irse de su país. A todos nos puede tocar», explica la responsable provincial de Aceem en Vigo, Ariadna Navarro. Son una de las asociaciones que, como Provivienda, se encargan de acompañar a las personas migrantes durante el largo proceso de acogida.

Cuando una persona llega a Europa solicitando protección internacional inician un proceso que, en la mayoría de los casos, se hace «muy largo». Van pasando varias etapas, hasta que consiguen los papeles provisionales para poder trabajar. La directora de Provivienda en Galicia, Ana Pardo, incide en que el papeleo es complicado y provoca que el acceso al trabajo se ralentice. «Sería positivo que o proceso burocrático se axilizara para que eles poidan gañarse a vida aquí o antes posible», indica. Ahora, aun queriendo trabajar, muchos dependen de los servicios sociales hasta que le llegan los permisos. Además, Pardo incide en que facilitar estos trámites también demostraría que la población migrante «quere traballar para ter unha vida mellor». Ellos quieren aportar y ser uno más en la ciudad que los ha acogido. «O seu traballo tamén nos vai garantir a prestación e axudar ao relevo xeracional nunha sociedade que cada vez é máis vella. Sería a mellor forma de desarticular os discursos de odio que se emiten dende algúns sectores da sociedade», indica. Aunque lo más difícil de buscar una nueva vida en Vigo, es encontrar una vivienda. «Ya es muy complicado para los de aquí, imagina para ellos», cuenta Navarro.

Cada historia «da para un libro». La mayoría se parece. Duelen, pero se construyen bajo una sonrisa de esperanza como la de Aqila, Mikel, Samuel y Ludmyla.

Pedro Rodríguez

«Hui de Afganistán después de que los talibanes mataran a mi padre»

 Aqila Hashimi, refugiada de Afganistán 

La mejor forma de conocer a Aqila es empezar por su sueño. «Me gustaría abrir una empresa de cosmética para suministrar productos de higiene femenina y maquillaje a las mujeres que viven en Afganistán», cuenta. Hoy, y desde que los talibanes tomaron el país en 2021, «no pueden hacer nada si no van acompañadas de un hombre. Ni ir al supermercado», explica. Aqila, ingeniera de profesión y corazón, quiere devolver algo de la suerte que tuvo por poder estudiar en su país a esas mujeres que no la tienen. «Ahora hasta tienen prohibido hasta ir a la escuela», lamenta. Aunque, en su caso, la suerte es relativa. Toda la vida que había construido se derrumbó en unos pocos días. 15 de agosto de 2021, Estados Unidos y sus aliados se retiran de Kabul. Los talibanes entran a la ciudad con las armas por delante. 

Desapareció mucha gente esos días, también el padre de Aqila. «Lo mataron porque era policía». Duele. «También se llevaron detenido a mi hermano, pero al final conseguimos salir de Kabul». Le cuesta explicarlo. No es fácil mirar atrás ni contarlo con palabras que no son las suyas. Antes de la caída de Kabul, trabajaba dentro de un proyecto americano. Allí se hizo amiga de una canadiense que le ayudó a encontrar un vuelo a Pakistán. Se fue con sus dos hermanas pequeñas, poco después, las siguieron su madre y sus hermanos en coche. Pasaron horas retenidos en la frontera sin saber que iba a pasar, pero «conseguimos salir». Desde allí solicitaron asilo y llegaron a España. Pasaron un día en Madrid, otro en Valencia, otros cinco meses en Madrid y, finalmente, hace casi dos años llegó a Vigo, «una ciudad maravillosa y que nos encanta».

Aqila cree que la sociedad europea no es «consciente de la suerte que tienen». Tienen derechos que en otros lugares del mundo son solo ilusiones. Las mujeres aquí «son libres, pero en Afganistán no las quieren dejar salir de casa», cuenta. Las que se han quedado viven entre cuatro paredes y miedo. Aqila no cree que «vaya a poder volver». Con los talibanes sería imposible. Si lo hiciera tiene claro lo que haría: escalar uno de los picos más altos del país. «Me encantaría demostrarle que las mujeres también podemos coronar montañas de más de 8.000 metros», cuenta.

Sueña en grande, pero va paso a paso. Pese a ser ingeniera, a Aqila le está costando mucho encontrar trabajo. Lleva más de un año estudiando el idioma y haciendo cursos para mejorar su formación. «Por ahora nada», cuenta, pero, por lo menos, «tenemos la oportunidad de esforzarnos para conseguirlo. Eso ya es una suerte».

M.MORALEJO

«Denuncié a doce policías por violarme y tuve que venir a Europa para sobrevivir»

  Mikel, refugiado de Ecuador

Hay vidas que, simplemente, duelen. Las personas que se ven obligados a dejar su país las llevan «en carne viva». Mikel, nombre ficticio, está lleno de cicatrices. La mayoría no se ven, las lleva dentro, pero «esas son las peores». Se quedó huérfano a los 9 años. «Mi madre murió en mis brazos y mi padre se fue mucho antes», explica. Tuvo que dejar su casa y mantenerse en la calle como podía Se unió a otros niños sin hogar y maduró «tan deprisa». Recuerda que nosotros no «sabíamos que era la pedofilia», pero la vida rápidamente se lo enseñó. «Al final, para poder sobrevivir solo teníamos dos opciones: entrar en una banda criminal o prostituirnos», cuenta Mikel. Sobrevivió con la segunda. Creció en el dolor de la calle, pero, como cualquier adolescente, se fue descubriendo a sí mismo. Es homosexual. Hoy, reconocerlo no es peligroso, pero en Ecuador hace más de treinta años «sí lo era». 

La calle «es muy dura», pero también le regala en el camino a buenas amigas. Aquellos años se hizo compañero de muchas mujeres del colectivo, una de ellas lo acogió en su casa cuando tenía 15 años. Mikel calla. «No tuvo suerte». A su amiga la mataron en una redada policial. De nuevo a la calle. Comenzó a trabajar en prostíbulos y, en uno de ellos, discutió con una compañera de trabajo. «Ella era amiga de un grupo de policías y me detuvieron sin acusación Quince días en una cárcel de adultos siendo menor. Sus cicatrices se abren mientras habla, recuerda que se tuvo que pintar el cuerpo con sus propias heces para evitar que lo violaran. «Solo una memoria más de tantas». Sobrevivió a la cárcel y cuando salió formó con unas amigas una asociación para la defensa del colectivo LGBTI en Ecuador. «Debemos utilizar nuestro dolor para evitar que lo sufran otros», cuenta. Aún hoy milita.

Mirar atrás es difícil, pero hay una herida que Mikel no olvida. Es la peor que le han hecho. Varios policías lo violaron en dos ocasiones. «Fue el 31 de mayo y el 02 de junio de 2001». Los denunció, pero no le realizaron ni un examen médico. «Los policías no van contra los monstruos que esconde la institución», indica. Su denuncia se enfangó entre los trámites y no se volvió a abrir hasta que en 2014 la Comisión de la Verdad de Ecuador, que se creó para investigar hechos violatorios a los derechos humanos ocurridos durante el período 1984-2008, reabrió su caso, que aún no se ha resuelto. Poco después, entró en el servicio de protección de testigos, pero sus agresores sabían donde estaba. Para sobrevivir solo le quedaba Europa, mientras espera «que se haga justicia».

M.MORALEJO

«No cometáis nuestros errores. Nunca pensamos que viviríamos una guerra»

 Luidmyla, refugiada de Ucrania 

Luidmyla trabajaba en un banco en el 2022. «Estaba bien, era tranquilo». Vivía con su madre de 80 años y una gatita en un bloque de viviendas del centro de Mariúpol. Recuerda que hasta el 28 de febrero todo era normal. La gente opinaba sobre los discursos de Putin, pero nadie «pensaba que nos fuesen a invadir». Ese día todo cambió. Se les derrumbó la vida a ella y a todo un país. La primera gran bomba en su ciudad cayó a las cinco de la mañana. Su gatita fue la primera en darse cuenta. El ataque ruso en Mariúpol comenzó horas antes en el extrarradio de la ciudad, pero «no nos habíamos dado cuenta». Sobre las dos de la mañana, su gato saltó sobre ella. No dejaba de maullar y saltar. Le echó la bronca, pero luego cayó la bomba, la primera de muchas. En todas el gato reaccionaba antes que ellos. Sabían que cuando se ponía así debían ir corriendo al sótano a refugiarse. Así aguantaron durante la primera semana del asedio. Vivieron corriendo entre su piso y el sótano hasta que vieron una bomba caer demasiado cerca. Llevaron sus cosas al sótano y se quedaron allí con todos sus vecinos. Resistieron 37 días.

 El sótano «no era un lugar para vivir». Era un sitio bajo, llenó de tuberías y sin ventilación. Luidmyla recuerda como buscó un lugar para que su madre pudiera encontrar una zona protegida del frío, fuera estaban a 13 grados bajo cero. Detrás de un tubo de gas había una tabla cubierta de barro y polvo, «era San Nicolás», explica. «En ese momento supe que iba a sobrevivir», cuenta. Allí abajo solo «nos podían salvar la fe, la suerte y la esperanza». Oían caer las bombas continuamente. Solo salían fuera para hacer sus necesidades y para cocinar, siempre de día, para que no destacaran sobre la noche.

Hablar de sus días en el sótano desbloquea una corriente de recuerdos que «duelen mucho», pero que se obliga a contar. «Tienen que saber que si Ucrania cae, puede que Europa sea la siguiente», avisa. «Nosotros nunca pensamos que viviríamos una guerra. Si no se combate a Putin seguirá creciendo el monstruo». Recuerda que el presidente ruso prometía que la invasión de Ucrania era un ataque especializado y que los «civiles podían estar tranquilos». Myla perdió a tantos conocidos que nunca habían sostenido un arma. En el bloque de lado cayó una bomba, salieron a ayudar, pero era tarde. La mayoría habían muerto. En la que fue la puerta habías tres cuerpos calcinados, Luidmyla reconoció a una vecina y a su hija de 14 años. ¿Ellas también eran peligrosas?

La quinta semana sobreviviendo bajo tierra, ella y su madre decidieron salir. No aguantaban más. «Teníamos problemas en los pulmones de respirar ese aire. Mi madre tosía sangre», recuerda. Fuera, al lado de su casa, había bombas y minas sin explotar. «Me quedé sin voz de tanto gritar para avisar a mi madre que no las pisara». Ella estaba rota. La ciudad en la que habían vivido toda su vida «eran ruinas calcinadas». Caminaron por días hasta que llegaron a un puesto ruso, era imposible «salir de la ciudad por el lado ucraniano. Estábamos rodeados». Las cachearon, les tomaron todos sus datos, sacaron fotos y las llevaron a una escuela. Allí, cada poco se llevaban a grupos que nunca volvían a ver. «Se rumoreaba que iban a hacer trabajos forzados», cuenta. Ella pudo escapar porque se hizo pasar por la hermana de un hombre que las ayudó. Salieron de Ucrania cara Rusia y con el apoyo de amigos de su hija, había estudiado en San Petersburgo, lograron cruzar a Estonia. De allí, a España. Lleva casi dos años en Vigo, «una ciudad muy parecida a Mariúpol. También tenemos mar y muchas cuestas». Es feliz aquí. Desearía volver a su país, pero no aguantaría verlo bajo la bandera rusa. Se quedaron tantas cosas por contar. «Ucrania debe aguantar por el bien de toda Europa», avisa. «Por favor, no nos olviden. La guerra es lo peor que se pueden imaginar».

XOAN CARLOS GIL

«Prefería ahogarme en el mar antes de que me llevaran de vuelta a Libia»

 Samuel, refugiado de Nigeria 

Hay decisiones que se toman con el riesgo de que no haya vuelta atrás. Samuel lo sabe bien. Él quería ser abogado, pero en Nigeria «era difícil poder estudiar». Soñaba con tantas cosas, «pero faltaban otras tantas». Escuchó que había unas personas que «ayudaban a llegar Europa». Confío en ellos, «yo solo quería una vida mejor», y les pagó lo que le exigían: 3.000 euros, el primer pago de muchos. «Yo pensaba que iba a ser un viaje rápido de dos o tres días», pero no. «Fue horrible», resume Samuel. En Nigeria se subió a un bus con otros tantos que, como él, se marchaban con la ilusión de una promesa. La realidad les golpeó pronto. Al poco de salir, ya en Malí, el conductor los obligó a bajar en pleno desierto del Sáhara. ¿Por qué? «Creo que nos quería dejar morir allí». Se fue y nos dejó allí solos sin agua y sin comida. El sol ardía y no tenían donde refugiarse. La gente colapsaba y ninguno sabía qué podían hacer. 

No sabe cuanto tiempo aguantaron hasta que vieron los primeros jeeps. Eran varios. Los rodearon y les apuntaron con sus armas. «Hablaban francés, pero nosotros no los entendíamos. Les estaban pidiendo que soltaran las armas porque pensaban que eran terroristas», cuenta. Eran militares de la misión de las Naciones Unidas allí. Les dieron comida y agua. «Tuvimos suerte de encontrarlos», dice Samuel, pero las mafias de tráfico de personas extienden sus tentáculos en cualquier institución. «Nos dieron dos opciones: volver a Nigeria o pagar y que nos llevaran a Libia», cuenta. Él ya no tenía dinero, pero los soldados «me dijeron que no había problema y que todo se arreglaría. Fui. No podía volver a Nigeria».

Libia «fue un infierno». Le pone nervioso recordarlo. Los militares de la misión de Naciones Unidas los dejaron en la frontera. Allí los esperaban policías libios. Les pidieron más dinero y los militares le señalaron. «Este y los otros no tiene dinero dijeron», recuerda. «Nos rodearon y nos empezaron a pegar. Dadnos el dinero repetían, pero no teníamos». Pensó que iban a morir allí, pero sobrevivió. Como lo haría tantas otras veces.

Luego los recogieron las mafias. «Nos llevaron a una especie de prisión», recuerda que al llegar allí vio a mucha gente llorando. «Lo que nos espera aquí», pensé. Allí conocieron por primera vez a uno de los líderes de los traficantes de personas. «Cogieron nuestros móviles uno a uno y nos obligaron a llamar a nuestra familia para que le ingresaran de inmediato 300 euros». ¿O qué? «O nos mataban». Samuel les dijo que prefería trabajar para conseguir el dinero. Le dejaron ir y se fue con un amigo a trabajar en la construcción. No ganaban nada. Eran prácticamente esclavos, pero consiguió pagar. De allí, los llevaron a la costa. Los dejaron en un sitio sin agua ni comida para que esperaran a que llegaran las pateras. «Había gente allí que llevaba semanas esperando. Los veías morir de hambre y sed. Era un lugar horrible», recuerda. Al poco de llegar él, volvieron las mafias. Les pidieron más dinero. Poco después, llegaron los militares de Naciones Unidas. Dispararon. La mafia respondió. «Y nos quedamos atrapados en medio de una guerra». Vio a muchos amigos morir ese día. Tampoco pudo hacer nada cuando se llevaron a una mujer «para venderla. Eso pasaba mucho», cuenta. Escapó y con un compañero de Ghana consiguieron espacio en una patera.

Salieron al mar sin tener ni idea de cuánto duraría el viaje. A los tres días se quedaron sin combustible en medio de la nada. La gente moría de hambre, de sed, secos por el sol. En el horizonte apareció el Aquarius, su salvación, pero Samuel «pensó que eran las mafias de nuevo. Prefería ahogarme antes que volver a Libia», recuerda. Tuvo suerte, España lo acogió y hoy ya tiene sus papeles. Trabaja en la construcción y sueña con poder «contar a su hijo su camino por una vida mejor».