Las cofradías eran manifestaciones de la devoción popular en Vigo

j. miguel gonzález fernández VIGO

VIGO CIUDAD

Las del Sacramento y Ánimas fueron las más extendidas

14 ene 2024 . Actualizado a las 05:00 h.

El Código de Derecho Canónico define a las cofradías como «una asociación de fieles, dotada de una organización jerárquica y que pretende el crecimiento del culto público». Las devocionales, además del fomento del culto a su advocación, se ocupaban en acompañar al moribundo y de sus funerales. También participaban en los actos oficiales, con sus danzas y trajes típicos, caso de la proclamación de Carlos IV (1788). No faltaban en las procesiones del Corpus y Semana Santa. Su labor asistencial queda patente con la inclusión de las viudas en las listas de cofrades gremiales de 1767. Se aprovechaba la festividad para solazarse con pitanzas, perseguidas por las autoridades.

En Vigo, el vecindario se encuadraba en sus correspondientes cofradías gremiales, en el «Estado de la tierra»: el heterogéneo Cuerpo de la Villa (Santiago y san Juan), zapateros (Madre de Dios), sastres (santa Catalina), carpinteros (san Sebastián) y labradores y hortelanos (santa Lucía). En realidad, debido al escaso número de miembros de algunos oficios, agrupaban a varios tipos de artesanos. Era imprescindible pertenecer a ellas para ejercer el oficio. Desaparecieron en 1834-36.

Entre las devocionales, destaca la dedicada al santísimo Sacramento, de hecho obligatoria, a partir de 1559 en el Arzobispado de Santiago, lo que pronto se extendió a las demás diócesis gallegas. Las de Ánimas, también muy populares, ofrecían misas a los justos del Purgatorio que esperaban subir al Cielo. Se representan en los con una base de llamas con torsos humanos (un obispo en el Peto de Caeiro, Cabral) y encima un/a intercesor/a en actitud de rescatarlas, en el inferior un cajón con rendija para depositar las limosnas. Las Marianas fueron extendiéndose rápido, destacando la del Rosario y El Carmen, esta, gracias a su escapulario milagroso y salvador de almas. Entre las de santos/as predomina la variedad, destacando los patronos/as de las parroquias (san Martiño de Coia, santa Mariña de Cabral). El santo Ángel de la Guardia (Navia) se invocaba en los testamentos como celestial intercesor. En ocasiones, iban asociados a altares, como las Ánimas de Bouzas o el Rosario en Sárdoma.

La primera cita de una cofradía viguesa data de 1575 dedicada a Nuestra Señora del Rosario en la colegiata, pero en los libros parroquiales (parte se han perdido) la más antigua es la de Ánimas de Coia (1611). La época dorada para su creación será el siglo XVII y primera mitad del siguiente. Aunque algunas prologaron su vida hasta al rededor de 1850, el cambio de mentalidad, mucho más laica, y la desamortización de bienes píos del liberal Mendizábal, causaron su extinción, pasando las que resistieron a llamarse hermandad. La que desapareció más tardíamente fue la de Ánimas de Valladares, cuya actividad no cesa hasta 1970. No obstante, algunas siguen en activo, como la de Devotos del Cristo de la Victoria (Vigo) o de san Roque (Sárdoma).

En una sociedad tan jerarquizada, encaja muy bien que hubiese cofradías especialmente para los privilegiados; es el caso en Vigo de la del Rosario, en la que encuentran linajes tan poderosos como los Acevedo, Colwell, Méndez Quirós, Arrojo, Barros, etc, la cual desde 1695 sostuvo un largo y enconado pleito con el Concejo de Vigo, por el derecho a instalar un banco en la capilla mayor de la colegiata, lugar reservado a las autoridades; también la de Los Remedios en Bouzas, que en 1800 rechaza a un plebeyo, pero con caudal aunque mande lo acepte el Provisor (juez) Eclesiástico de Tui, habiendo de conformarse con erigir un cruceiro en 1804.

Se sustentaban con limosnas (en 1686 Jacinta González Chávarri deja 2 ferrados de pan a las de

Ánimas de Bouzas, ídem a las de Santiago, san Antonio, santa Lucia y Ánimas de en la colegiata de Vigo), y con la entrada y cuotas anuales que pagaban los socios, las cuales oscilaban entre uno y dos reales los casados y la mitad las viudas, cantidad casi simbólica que explica en parte su larga duración.

De la gestión de los caudales se encargaba el mayordomo fiscalizado por el párroco, cabeza de la institución que iba cambiando cada año, quien debía que sufragar en caso de déficit.

El autor es historiador y miembro fundador del Instituto de Estudios Vigueses