Te sientas a cenar

Cristina Sánchez Andrade ESCRITORA Y PREMIO DE PERIODISMO JULIO CAMBA

VIGO CIUDAD

Sandra Alonso

18 may 2022 . Actualizado a las 12:16 h.

Éramos felices e ignorantes en torno a aquella mesa. Domingo Villar y Paula Cons acababan de presentar mi novela en el Ateneo de Madrid, y gracias a ellos el acto había salido muy bien. Ya relajados, tocaba divertirse y, junto a los músicos, mi marido y la editora, eso hicimos. Mientras comíamos flores de alcachofa confitada y berenjenas con humus, hablamos de literatura, de música y de naufragios. Fue «una noche de naufragios», como dijo Silvia Sesé. Ese mismo día conocí a Domingo y, aparte de generoso, me pareció un tipo simpático, natural, un gamberro camuflado de serio. Ese tipo de persona con la que siempre quieres estar porque te hace sentir bien. Recuerdo que nos habló de un fantasma que, desde hace años, visitaba su casa gallega, que encendía y apagaba las luces y pegaba sustos de muerte. Nos reímos. Me gustó su mirada inteligente, su curiosidad, y me pasmó la capacidad de escucha. Nos preguntó qué perro teníamos, y dijo que su sueño era tener uno, que estaba convencido de que pronto lo tendría.

Poco después le escribí para invitarle a cenar a casa. A él y a su mujer. Me respondió enseguida: irían encantados. No llegó a venir. Me llamó el día anterior para decirme, con voz temblorosa, que lo sentía, que su madre estaba ingresada, que estaba muy malita y que se iba a Vigo a cuidarla. Una semana después le pregunté qué tal estaba. Acabo de buscar su wasap y al leerlo me ha entrado un sudor frío: «Hola, Cristina, hoy vuelvo a Madrid porque mañana hace mi hijo pequeño la primera comunión con su clase. La dejo estable. El lunes volveré a Vigo».

Desde que supe que Domingo sufrió un ictus cerebral, no puedo quitarme de la cabeza una idea: si nos hubieran dicho esa noche que algo tan grave iba a ocurrir a alguno de nosotros en tan solo dos meses y medio, nadie lo hubiera creído. Probablemente, hasta nos hubiéramos reído, como lo hicimos del fantasma. La ignorancia nos salvó. Tampoco puedo dejar de pensar que le conocí demasiado tarde, que me hubiera gustado mucho volver a cenar con él y que, sin embargo, la ausencia es ahora tan precisa como lo fue antes su presencia. La ausencia de Domingo también tiene una mirada generosa, dulce e inteligente.