La muerte de la ostrera Mari Carmen Rodríguez diluye una parte de la esencia de Vigo

La Voz VIGO / LA VOZ

VIGO CIUDAD

Tenía 91 años e integraba el grupo de profesionales que dieron nombre a la calle del Casco Vello, reconocidas con la Medalla al Mérito en el Trabajo

22 jun 2021 . Actualizado a las 00:37 h.

Un pedazo de la esencia marina y salada de Vigo se va con María del Carmen Rodríguez Gil. Su fallecimiento a los 91 años simboliza el fin de una era. Ella formaba parte de ese pequeño ejército de mujeres armadas con cuchillos para luchar contra la fuerza natural de las ostras y ofrecer al público su frescura una vez ganada la batalla al bivalvo.

Hacía ya casi una década que había dejado su puesto en la calle de las ostras (la calle Pescadería), donde trabajó durante cerca de 60 años junto a sus compañeras. Esa estampa tan viguesa, que en el 2013 logró el reconocimiento nacional en forma de Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo a las vendedoras de ostras de A Pedra, se ha ido diluyendo con los años hasta acabar siendo casi un mero símbolo.

Mari Carmen lo llevaba en la sangre, ya que creció entre el puerto pesquero de O Berbés y A Pedra, y entre idas y venidas a Arcade para recoger la mercancía. Su madre también era ostrera y ella cogió el testigo cuando era apenas una adolescente. Su sobrino Fernando Martínez fue el encargado de relevarla y convertirse así en el representante de la tercera generación del oficio y uno de los pocos hombres dedicados a esa labor en la turística vía del Casco Vello, aunque no el primero, ya que José Carlos Cerqueiro fue el pionero y luego llegaron más.

«Hace años, venían los vecinos de la zona y compraban docenas. Ahora, los vigueses ya no compran ostras porque son un lujo, un capricho, y la vida está muy cara», se lamentaba en el 2008 en una entrevista que le hizo La Voz. Le faltaba poco para dejarlo por los achaques que sufría. Y también por lo duro que habían sido seis décadas al pie del cañón, a la intemperie, por más frío o lluvia que hiciese. Sobre todo cuando soplaba del norte. «Trabajar aquí es muy esclavo, no tenemos horarios y estamos todo el día, de lunes a domingo», contaba.

Lo que más le gustaba a Mari Carmen era la fama que tenía su oficio. Y lo explicaba a su manera: «Estamos en todo el mundo sin movernos de aquí. He vendido ostras a japoneses, alemanes, americanos... En muchas guías turísticas salen fotos nuestras y los turistas vienen y te dicen: ‘¿Es usted esta?'». Orgullosa y trabajadora. Como el Vigo que la ha visto partir.