VIGO / LA VOZ

El último crimen de Vigo, para quienes lo esclarecieron policialmente, se resolvió moralmente, días después, en una cafetería del centro. «La hermana de la víctima nos pidió si podía abrazarnos, era su forma de agradecerlo», confiesan los dos responsables de una investigación que, en la era del 5G, se resolvió a la vieja usanza. Mucha calle, decenas de declaraciones y el callo suficiente para sacar petróleo en las cloacas de la ciudad. Universo de asfalto, prostitución, tráfico de drogas y marginalidad. Ocurrió el 31 de enero, Roberto C.P. apareció muerto violentamente en su casa de Chapela, ya de noche, pasadas las 19.30 horas. El operativo activado entonces recrea el patrón de trabajo habitual siempre que resurge algún asesino u homicida en la ciudad.

Lo siguiente es la inspección de la unidad científica. Los que mejor leen la escena del crimen, con sus maletines cargados de herramientas para encontrar huellas y pelos en escenarios demasiadas veces desagradables. A mayores, fundamental, el libro abierto que supone cada autopsia. «Nosotros apoyamos para decidir qué puede ser relevante mientras los compañeros de científica hacen su inspección. Ver pertenencias, notas, cualquier cosa que oriente en esos primeros momentos. Podemos estar dos; el resto, a otras cosas. Resulta fundamental repartir el trabajo», explicaba este jueves el responsable del grupo 2 de la Unidad de Delincuencia Especializada y Violenta (UDEV) de la Comisaría de Vigo-Redondela, encargada de resolver cada crimen cometido en la ciudad. Él, al igual que los otros siete integrantes, son recelosos de revelar sus identidades.

Uno de los responsables de la UDEV revisando un arma utilizada en un crimen en Vigo.
Uno de los responsables de la UDEV revisando un arma utilizada en un crimen en Vigo.
 

Con lupa

Otros dos agentes, siempre, se encargan de patear los alrededores del macabro hallazgo en busca pistas o indicios. Ya en base, se hacen gestiones para identificar todos los datos posibles del fallecido, familiares, allegados, amistades, enemistades y cualquier aportación relevante. «Aquí entra en juego lo que se llama el olfato, aunque nosotros preferimos decir experiencia. Lo es todo, básico ante cualquier avance o pista que surge. Nuestras investigaciones no están planificadas, no es un operativo manejando información previamente. Al contrario, nos enteramos del fallecimiento y, a partir de ahí, actuamos sin apenas datos». Por eso la toma de declaraciones, en las primeras horas y días, resulta culminante. Otros agentes, siempre los mismos en cada caso, se encargan de hablar con cualquier tipo de allegado.

«Es un método muy asentado, las mismas personas manejan todos los elementos para encontrar fisuras», añade el subinspector del grupo, que insiste en la complejidad de esas primeras 72 horas post mortem. «De forma paralela, muchas veces, hay que hacer oficios, para entregar al juzgado, solicitando autorización para aplicar ciertas técnicas policiales. Son informes que requieren mucha argumentación, pero imprescindibles para poner en marcha la investigación a pleno rendimiento». En el caso de Chapela, la propia naturaleza de la víctima, ligada al trapicheo, supuso un libro abierto, al menos para orientar la agudeza policial.

Prestaron declaración más de 30 personas y resultó positivo. Mucho más que la inspección técnica y científica en la vivienda donde asesinaron a Roberto C.P., «sin muestras visibles» que permitan identificar a nadie. «Hoy, parece, cometen los crímenes enfundados en trajes de neopreno. No dejan rastro, ni llevan nada que pueda ubicarlos. Son los primeros que cuando matan siguen las noticias para constatar si dejaron cabos sueltos», revela el responsable de la unidad, que añade, convencido: «El crimen de Chapela, hace 20 años, se resolvería igual. No hubo nada decisivo fruto de la tecnología. Eran compradores, se habló con todo el mundo, allegados, buenos y malos... Surgen líneas de trabajo, seis, ocho, da igual, se agotan todas a sabiendas de que el 99 % no llegan a nada, es trabajo sin resultado. Pero para dar con ese 1 % hay que escudriñar el resto». El hilo, en este caso, era bueno, trapicheo y deudas, y permitió la detención del presunto asesino, apellidado Matanzas.

Ambos responsables de la UDEV llevan casi 20 años trabajando en lo mismo en Vigo. Empezaron en una era que nada tiene que ver con la actual. Había pinchazos telefónicos, sí, pero con cintas. Ahora, desde hace años, el Ministerio del Interior implantó un moderno sistema de escuchas telefónicas, bautizado Sitel. Pero la experiencia dice que el psicópata se cuida mucho de hablar, al menos recurriendo a la llamada convencional. «Saben de sobra qué supone llevar un móvil encima, lo ven en el cine, en la televisión. En eso sí se ha puesto más difícil, pero no son tantos los casos que se resuelven gracias a esos avances únicamente. Al final es un método, y muchas horas. Al surgir un caso, pueden pasar diez días sin tregua. No puede ser de otra manera».

El uso de pincel para distinguir huellas u otros restos sigue resultando fundamental en cada inspección de la policía científica
El uso de pincel para distinguir huellas u otros restos sigue resultando fundamental en cada inspección de la policía científica
 

Trámites

Otra complicación, en el día a día, implica justificar la identificación de huellas anónimas. No ocurre cuando se halla uno de estos ansiados restos y se compara con las bases de datos de ciudadanos con antecedentes. Hasta ahí no hay problema, todo resta en el ámbito policial y es inmediato. El lastre surge al requerir el acceso a las bases de datos de los DNI, que acarrea una argumentación tan detallada, al menos, como la de cualquier pinchazo telefónico o registro en propiedad privada. Un trámite necesario, pero que merma la velocidad de actuación en esos primeros días de pesquisas. Casi 20 años mirando con lupa espacios tan macabros avalan las reflexiones de ambos responsables de la UDEV. Los legitima igualmente para retratar el perfil homicida de la primera ciudad de Galicia: «Ninguno, de los condenados, como César Adrio [verdugo de Ana Enjamio]. La misma actitud impasible que mantuvo en el juicio, pese a lo que allí se fue exponiendo y pasados ya varios años, la repitió durante la detención y en las horas posteriores. Ni sentía ni padecía por ella, pese a la exageración del crimen».

El crimen de Candeán (2004) se recuerda entre los investigadores, al igual que el de Ana Enjamio, por la vehemencia en la ejecución del responsable, Juan Carlos Lago. «Fue un trabajo de película por varios motivos», confiesa el subinspector. Uno, que detalla la obsesión profesional, tiene su origen un papel de aluminio hallado a bastante distancia del cadáver. «Pero cuando digo a mucha distancia, es mucha. Sabíamos que el sospechoso se comiera un bocadillo de embutido, incluso la tienda donde lo compró. Pero ese papel de aluminio tenía una huella. Algunos pensamos que aquel papel, tan lejos de la escena del crimen, no tendría valor. Pero sí, y retrata hasta qué punto buscamos y buscamos, discutimos todo, hasta lo menos relevante».

El parricidio de Sárdoma (2019) responde a otro patrón. Fue un acto violento inesperado, un «calentón» por cuestiones muy concretas. Pero «el acusado que actúa así repentinamente luego, ya en frío, colabora, se da cuenta perfectamente y no pone trabas. Nada que ver con César Adrio».

Últimos 19 años

Inspector y subinspector, tras 18 años de servicio, recuerdan, por ser especialmente dramático, todo lo ocurrido en Vigo entre el 2002 y el 2008. «Fueron muy activos, todos los años había casos nuevos por resolver. La experiencia nos dice también que muchas de esas muertes, además de violentas, generaban escenas de crimen especialmente desagradables, retorcidas, pero tenemos callo, hemos visto de todo ya», aclara el subinspector sin aportar detalles, por prudencia: «Aprendes a olvidar, de hecho me genera más insomnio cualquier caso atascado o sin resolver». Otra vía de trabajo, menos común, se sustenta de casos extraños. Especialmente particular fue el hombre, hallado con una bolsa en la cabeza, que se suicidó, a pesar de las primeras evidencias, que indicaban una muerte violenta. Más raro fue el caso de una señora que se lanzó desde una ventana, tras pegarse un tiro con la pistola de su aún marido, simulando que la había lanzado y disparado para incriminarlo, ya viudo.

Los responsables de la UDEV en Vigo:«Los casos sin resolver nunca se olvidan, escuecen igual cuando ya te jubilaste»

Las espinas clavadas en forma de crímenes sin resolver, en esta UDEV a día de hoy, son dos. La pareja fallecida por unas bombas en Cabral y Redondela, y el asesinato de un empresario en un garaje de la calle Rosalía de Castro. Ninguno de los agentes actuales de la UDEV participó en la investigación de Déborah Fernández, sí compañeros, pero ellos nunca: «A nadie le gusta tener algo así en un cajón, nuestra obligación moral es con la víctima antes que con nadie. Hay que dar respuesta a su sufrimiento, este trabajo se simplifica demasiado a veces y los indicios no bastan para condenar a nadie. Los temas de Cabral y Rosalía de Castro no se han dejado de trabajar nunca, cada vez que surge algo, se busca y rebusca y cada nueva posibilidad nos acompaña día y noche hasta la obsesión, ¿acaso alguien puede decir lo contrario?».

La experiencia de compañeros, ya jubilados, que los precedieron en el mismo tipo de investigaciones en Vigo, Málaga o Levante es idéntica. «Eso nos lo llevamos de por vida, los casos sin resolver siempre acaban regresando, ya sea porque surge en una conversación o se recuerdan en los medios de comunicación. Esa sensación, dicen los compañeros retirados —concluye el jefe de UDEV—, nunca desaparece. Uno, tarde o temprano, recuerda a la víctima, familias, la falta de pruebas necesarias para probar el delito que tanto sufrimiento causó».

Principales Investigaciones resueltas

Chapela, 2021, en dos meses. A Matanzas —primer apellido— lo acusan de cometer el último asesinato en Vigo. Ocurrió el 31 de enero en Chapela y se resolvió el 17 de marzo. Más de 30 declaraciones, muchas asentadas en el consumo, la venta directa a pie de calle y la marginalidad. Esta investigación retrató hasta qué punto la UDEV de Vigo se vuelve hermética para evitar contratiempos que lastren la resolución.

Sárdoma, 2019, en 48 horas. Manuel Alonso (condenado a 5 años y 10 meses) no soportó el peso de la muerte de su padre. Lo mató y abandonó en un solar con sendero, cerca de la casa familiar. Al hallarse el cadáver, con signos de violencia, él mismo apuntaba a la generosidad de su padre con el dinero, y lanzaba al aire la duda de que el culpable podía ser cualquiera. La presión policial acabó desmoronando su coartada y resistencia. 

Ana Enjamio, 2016, tres días. César Adrio (29 años de prisión) no soportó que Ana Enjamio estuviese con otro. Ahí nació un delirio que acabó en tragedia. Hubo que buscar las pruebas e hilarlas, Adrio lo negó desde el día de su arresto, 72 horas después del crimen, y lo sigue negando ahora, condenado en firme. Es el asesino más frío que se ha visto en Vigo en las dos últimas décadas, detallan en la UDEV.

Fragoso, 2015, el autor se suicidóPedro Antonio Rodrigues, primero, abofeteó en un bar de Fragoso a su pareja Silvina de Oliveira y, luego, la mató a golpes la noche del 1 al 2 de octubre en el piso que compartían. Metió el cadáver en un armario y se suicidó. No fue necesario buscar al culpable, pero sí se recuerda aquella escena del crimen por el contenido del armario, especialmente repulsivo incluso para los profesionales.

López de Neira, 2015, se entregó. Diego Pedrido (20 años de pena) mató a golpes y estranguló a su pareja en la misma casa que compartían en la calle López de Neira. Él se entregó, en la misma noche, a la Policía Nacional, y se sentó en el banquillo de los acusados con la vitola de autor confeso. Dio igual, la crudeza de la autopsia dejó por escrito los actos cometidos sobre la víctima. De ahí las dos décadas entre rejas.

Calle Oporto, 2006, en 11 horas. Jacobo Piñeiro (58 años de condena) mató a dos hombres, que eran pareja, en el número 12 de la calle Oporto. Tuvo tiempo para asestar 58 puñaladas a sangre fría a ambas víctimas, que la sentencia interpreta procesalmente: «Insistencia y reiteración, lejos de dar aviso a los servicios médicos, se desentendió». Aquella escena del crimen tampoco resulta fácil de olvidar 15 años después.

Candeán, 2004, en seis jornadas. Juan Carlos Lago Encina (pena de 32 años) asesinó, agredió sexualmente y robó con violencia a María del Carmen Casal. De haber cometido los dos primeros delitos, tras la reforma del Código Penal en el 2015, estaría cumpliendo una sentencia condenatoria de prisión permanente revisable. Los responsables del caso aseguran que la víctima no fue elegida la azar, pudo ocurrirle a cualquiera que se cruzara con Juan Carlos Lago en aquellos días.

Sara Alonso, 2004, en 25 días. Marcos Antonio da Silva (13 años de cárcel) asesinó a Sara Alonso y ocultó su cuerpo en la misma casa que compartía con su esposa. Intentó borrar huellas y cualquier rastro, luego la llevó en coche a cabo Estai para abandonarla. Parte de la clave de la resolución fue identificar el turismo en el que desplazó el cadáver. Lo pidió prestado, de ahí la complejidad hasta dar con el allegado y lograr que contara la verdad. Principalmente porque él desconocía la finalidad.

Casos pendientes de esclarecer

Tiroteo en el 2004 en Rosalía de Castro. El empresario —copropietario del Colegio Lar, en Mos— Manuel Salgado era demasiado conocido en la ciudad para que su asesinato, a sangre fría en un garaje de Rosalía de Castro, caiga en el olvido. Ocurrió en el 2004, recibió un tiro en la cabeza y murió en el acto. Lo hallaron tirado en el suelo y los únicos sospechosos de la sonada muerte salieron impunes. Este caso prescribirá, salvo que surjan nuevas líneas de investigación, en tres años.

Cabral, 2002, a un año de prescribir. El caso está al borde del carpetazo final. Un atentado con bombas-trampa contra los dueños de dos casas unifamiliares, una en Redondela y otra en Cabral, en el 2002, que se saldó con un matrimonio asesinado y dos vecinos heridos. Los sospechosos acabaron absueltos por falta de pruebas para demostrar judicialmente la autoría en sentencia. Ya policialmente, la tesis defendida entonces permanece inalterable. 

17 años esperando la reapertura. El Juzgado número 2 de Tui reabrió el caso en el 2019 tras 17 años cerrado y de presión, por parte de la familia de Déborah Fernández, para aclarar los cabos sueltos y tomar declaraciones a más testigos. El procedimiento, en estos dos años, ha seguido sus avances, algunos positivos y prometedores, como la autorización para analizar el ordenador de la joven. Otros menos, como los fallos de memoria que alegaron los últimos cuatro testigos citados para declarar en sede judicial.

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Los crímenes de Vigo pasan por sus manos