Los últimos artesanos del esmalte en Vigo

Eloy Hernández Rollán es el sucesor de una fructífera saga de artistas de la orfebrería que han tallado magníficas piezas. Hoy trabaja él solo en el taller familiar donde su padre se encarga de recibir al público


vigo / la voz

Entrar en la tienda taller de los Hernández en Vigo es adentrarse en un espacio lleno de historia y de tesoros artísticos que no saben de prisas. La combinación de destreza, gusto, sabiduría, tiempo y paciencia convierten cada obra que lleva el sello de esta familia de orfebres en un objeto único e irrepetible. Justo lo que no tiene Amazon. Justo lo contrario a lo que todo el mundo quiere ahora.

Quizás por eso, los tiempos dorados de esta saga ya no son los mismos. Eloy Hernández Santo Domingo y su hijo Eloy Hernández Rollán, vacunados y con mascarilla, abren la puerta de su establecimiento en el primer piso de un edificio en la Gran Vía viguesa, al que se mudaron hace 14 años tras superar ocho décadas en la calle del Príncipe.

Son «los Eloy del ayer», con la seguridad de saber que su trabajo perdurará mucho más allá de mañana. La tecnología ya les pilla con el pie cambiado y aunque podrían subirse a otros carros más engrasados, no lo harán porque además, lo que hacen gana con el tiempo y ya suman más de un siglo de historia. Esta arranca a principios de los años 20, cuando desde su Valladolid natal llegaron los hermanos Eloy y Osmundo, padre y tío del actual patriarca, al emergente Vigo de la época, haciendo caso a la recomendación de un amigo.

Abrieron en 1924 su primer taller de orfebrería en la Porta do Sol, y se trasladaron al segundo en la calle del Príncipe en 1926. Los hijos de Eloy (Eloy y su hermano Julián, padre del músico Julián Hernández), continuaron la tradición. El primero se encargaba del diseño y el segundo, de la faceta artística hasta que tuvo que dejarlo por problemas de salud. En esta tarea le relevó su sobrino, Eloy, que al igual que su tío Julián, además de aprender en el taller propio de sus mayores, hizo la carrera de Bellas Artes y desarrolla paralelamente una faceta de pintor que tiene reflejo en su web y en este mismo establecimiento, con un escaparate en el bajo lleno de obras en las que se puede apreciar un trabajo pictórico notable.

Padre e hijo continúan compartiendo un espacio que si ya era especial antes, al ser un local comercial en un piso, con la pandemia las visitas con cita previa son más habituales. «Hay quien ni viene. Como nos conocen, nos hacen encargos por teléfono o por correo electrónico», cuenta. Sin embargo, el flujo de clientes y pedidos ha mermado mucho. «Ya no por el covid. Al poco de mudarnos aquí, que nos vinimos con cuatro empleados, empezó la crisis del 2008 y para nuestro sector no solo fue un bajón de actividad sino una transformación total», reconoce el sucesor artístico de la dinastía, que ahora se basta él solo para las encomiendas. «Hubo una inercia que nos hizo mantenernos durante unos años, pero luego fueron cambiando las costumbres y por ejemplo, desapareció aquella de las placas que encargaban las empresas para las jubilaciones o pedidos para regalos institucionales de las Administraciones», lamenta. Tareas como esa justificaban la necesidad de tener personal en el taller, pero luego ya no. «Se fueron jubilando y no se podía reponer mano de obra porque había que formarles en técnicas complejas», argumenta. Y así fue como quedó todo en sus manos y cómo, tras dejar también atrás la fabricación artesana de piezas de joyería por encargo, se centra en el esmalte, abarcando trabajos personalizados «más de autor y menos de taller», subraya, y también los fondos de los que disponen en tienda, desde piezas enmarcadas para pared a broches que viajan en solapas y llevan a medio mundo.

Entre los diseños con el sello Hernández -muchos de inspiración gallega, desde la cruz de Santiago a las nécoras de la ría-, hay uno, la flor de la camelia, que ha llegado especialmente lejos por la relevancia internacional del objeto. «Hay broches con la camelia nuestra hasta en Australia», recuerda su padre, que antes desempeñaba tareas administrativas y hacía el diseño de algunas piezas de joyería, y se encarga ahora de la atención al público con la misma simpatía de siempre.

Su hijo, Eloy, compagina el esmaltado con la pintura (que firma con sus primer apellido, una obra figurativa de temática variada en la que destacan los paisajes urbanos y portuarios de Vigo, que siempre ha vendido en su establecimiento sin necesidad de galeristas de por medio, aunque no descarta salir a otros ámbitos a pesar de que sabe que no son buenos tiempos para expandirse.

Desde 1926

Dónde está

En Gran Vía 9, 1º desde el 2007 y en Príncipe, de 1926 a 2007.

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