«Se me da bien la risa y la madera»

El popular payaso Popín, que vive en la zona de Coruxo cercada por el fuego en el 2017, dedica el parón profesional a diseñar lámparas que fabrica con troncos y ramas que encuentra


vigo / la voz

Para la generación millenial, Popín es más conocido en Vigo como payaso que Milikito, que ya les pilló casi jubilado como médico de familia y ni idea de quién era su tío Fofó. Popín, que en su vida sin nariz roja y cara pintada se llama Adolfo Maguna, atraviesa, como todos los que como él se dedican al sector de la cultura y el entretenimiento, una de las peores y más largas rachas de su carrera. Pero lo bueno de ser cómico, entre otras muchas cosas, es que sobran recursos para echarse unas risas. Si no, malamente podrá animar a los demás. Así que tras casi un año sin poder recuperar su actividad profesional, excepto en escasos brotes de optimismo en la pandemia, el argentino que ya lleva más tiempo «acá que allá», ha visto la luz con la eclosión de otros brotes, los de los árboles que se quemaron alrededor de su casa, en el monte de Fragoselo, donde él mismo resultó herido tratando de evitar que las llamas llegaran a su vivienda. Aquel día no hubo bromas. Estaba en la playa con su mujer y sus hijos cuando vio que el fuego se acercaba a su hogar y fue a rescatar al resto de la familia: su perro, su gato y las palomas con las que hace trucos de magia. Lo logró pero al volver al día siguiente, se quemó los pies con los rescoldos. Ahora diseña y fabrica lámparas con las ramas y troncos que encuentra por la zona (#lamparasconramasbypopín, las llama).

-Una cosa es recoger ramas y otra fabricar lámparas. ¿De dónde le viene esta facultad?

-Primero, que ahora tengo más tiempo para pasear. Siempre anduve mucho por el monte, pero ahora, más, para evitar ir a la calle del Príncipe o a Samil, y hay mucha madera, ramas y muchos restos de lo que quedó tras los incendios de octubre del 2017. Yo voy limpiando y rescatando las piezas que me parecen curiosas. Ni arranco ni corto, eso es muy importante. Las lijo mientras uso la cabeza para pensar en otras cosas, que es una de las cosas buenas que tiene la artesanía.

-¿Pero ya lo hacía antes?

-No, aunque siempre se me dio bien la madera además de la risa. Me apasiona, yo creo que me viene de una reencarnación pasada, porque aunque tuve un abuelo carpintero, vivía lejos -él en Buenos Aires y yo en Rosario-, y no tuvimos mucha relación, así que no aprendí de él. Fue más bien un tema ensayo-error. Mucho ensayo y mucho error hasta acertar. Soy bastante manitas, hasta he construido en mi casa un baño y un día, no sé por qué, me propuse hacer una lámpara, y tengo un éxito que ni me lo creo.

-Pero ahí se complica la artesanía con la electricidad, ¿no?

-¡Sí! Y no tengo ningún abuelo electricista, pero me gusta mucho observar. Cuando llega un operario a arreglar algo, me fijo. Pregunto, y al final voy y lo hago, por curioso, hasta donde puedo, claro. En Argentina hice una casa y echaba una mano siempre que hacía falta. De electricidad sé lo que hay que saber para no electrocutarse y me da pánico. Mi asignatura pendiente es soldar.

-¿Qué proceso sigue?

-Lleva un tiempo, las recojo del suelo y las pongo a secar, les limpio la corteza con un cuchillo, y tras el lijado le doy una cera de ebanista. Tienen una onda rústica para el que le guste. Las hago con madera de carballo, eucalipto y pino.

-¿Las vende?

-Sí, aunque no sé ni cómo venderlas ni cómo valorar la mano de obra. Lo único que quiero ahora es que me de para el material que invierto y seguir. Me hicieron algunos encargos pero estoy viendo cómo hacer, quizás en colaboración con alguna tienda. Tampoco me preocupa. Nunca me lo planteé como una salida laboral. Si se convierte en un recurso económico, pues perfecto. Pero no era el objetivo. Lo que espero es volver a actuar cuanto antes. Echo mucho de menos el feedback del público. Lo extraño que me quiero morir.

-¿Qué es lo que lleva peor de la pandemia?

-La incertidumbre por el futuro. Cuando consigamos estar como antes, no vamos a dar abasto con las celebraciones atrasadas. Dentro de lo que cabe, yo tengo recursos anímicos, pero hay gente que no los tiene y es terrible. La necesidad de estar con otros la tengo y lo extraño, pero me aguanto. Sigo haciendo mis asados en la parrilla, pero para los convivientes.

-¿Cuánto tiempo hace que no actúa?

-La última vez fue en diciembre, en Chandebrito, invitado por el Concello de Nigrán. Fue lo único que tuve en todo el mes. Y antes, hubo alguna alegría en verano, cuando parecía que veíamos la luz y salió algo con el Concello de Vigo, pero en eventos privados, comuniones, cumpleaños, muy poca cosa. Casi todo se canceló. En el 2020 trabajé a un 10 por ciento de lo que hago cada año, y este aún va peor.

-¿Hay algo que haya podido seguir haciendo?

-Lo único, alguna reunión o curso virtual de risoterapia, que estaba impartiendo para empresas, pero sin poder reunirse pierde bastante el sentido. Sigo yendo con la asociación Galiclown a animar a los pequeños pacientes en el hospital Álvaro Cunqueiro, pero no se puede hacer como antes. Muy rentable no es, pero sirve para sentirte vivo mientras pasa todo esto. Ahora vamos a animar a las personas que suben a hacerse las pruebas PCR en el Covid Auto. Es para los niños, pero como al final es el mismo circuito, lo hacemos para todos los que esperan en el coche a que les toque su turno . Les decimos si les cambiamos el aceite, si les controlamos los niveles... como en la ITV. Se crean situaciones muy divertidas. Estamos esperando ansiosos a que lleguen las pruebas anales. Nos van a dar mucho juego.

Además

Vigués argentino. Adolfo Maguna, Popín, llegó a Vigo desde Rosario (Argentina) el 3 de julio de 1989. Es una fecha que no olvida.

Profesional. Son muchas las facetas que desarrolla, desde el clown para niños a actuaciones para adultos, ha hecho teatro, imparte cursos de risoterapia para empresas y ha participado en varios cortos y videoclips.

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