Cuando Vigo gastaba 600 euros en cohetes

Desde la Nochevieja de 1999, no encarábamos el nuevo año con tantas esperanzas


Redacción / La Voz

Como nos cuesta mucho imaginarnos la realidad de manera lineal, nos hemos inventado los ciclos: el nuevo día, el año nuevo, el nuevo milenio... Inventos para sobrevivir y renovar ilusiones. Sin ellos, no habría interrupciones y el camino de nuestra vida sería una línea recta e inmensa que nos desazonaría. Nos gusta confiar en que a través del tiempo encontraremos algo nuevo que cambiará nuestras vidas.

Necesitamos creer que empezarán cosas distintas un día de-terminado. Nos resulta insoportable pensar que nada empieza y nada acaba, no podemos entender la verdad: que el camino es lineal e ininterrumpido. Y ante la desazón de lo lineal, nos hemos inventado las divisiones temporales para convertirlas en liturgia y consuelo: son símbolos relevantes con los que hemos amojonado el tiempo para sujetarnos a ellos.

Pero caen los años, repetimos el rito de las doce uvas con sus doce deseos y el tiempo no nos trae lo nuevo ni lo mejor. Y es que lo nuevo, lo mejor y lo estimulante solo lo podemos aportar nosotros, no nos lo traerá el año nuevo de 2021 y sus esperanzadas celebraciones, que recuerdan a la Nochevieja del año 1999. Desde aquel fin de año y de milenio, no recibíamos con tanta ilusión y esperanza un nuevo ciclo.

La pasada Nochevieja fue austera y con pocas exhibiciones. No crean que la de 1999, a pesar de las expectativas puestas en el milenio que empezaba, fue una locura. No hubo tracas ni alharacas. Hace 20 años, Vigo no era la capital de las luces navideñas, sino una ciudad tan sosa que Argimiro Alborés, dueño de una pirotécnica de Nigrán, me contaba que lo habían llamado del Concello de Vigo «para recibir el 2000 con 100.000 pesetas de cohetería y les dije que no, que a partir de medio millón podíamos hablar». ¡600 euros en cohetes en el Vigo de 1999!

Las ilusiones del cambio de milenio eran más frívolas y menos concretas comparadas con las de este cambio de año. Entonces se tenía la esperanza de que en 2000 nos fuera mejor sin que nadie despreciara ni escupiera a 1999. Ahora, se mira a 2020 como el año más apestado y odioso de cuantos hemos vivido. Lo de 1999 fue una fiesta frívola e insensata en tiempos de euforia, cuando la crisis no se barruntaba y la pandemia ni se imaginaba.

Por 15 millones de pesetas, se podía acceder a un paquete de Nochevieja de tres días en el hotel Arts de Barcelona con caviar, champán, dos relojes Bulgari de oro de regalo y un Jaguar esperándote a la puerta. En Compostela, uno de los lugares seleccionados por páginas de Internet y revistas de todo el mundo entre las capitales mágicas del cambio de milenio, se celebró una «cremá» valenciana y en la plaza de A Quintana ardieron las letras y los números de la frase Ano Mil Novecentos 99. Para recibir el año 2000, se programaron tres conciertos de balde: Luz Casal cantó en el Obradoiro, Son Latino y Sonora Latina, en la Praza Roxa y la gaiteira Susana Seivane tocó en la plaza de O Toural.

Lo que no ha cambiado son las tradiciones supersticiosas, que este fin de año han triunfado en los hogares. Al tiempo que caían las 12 uvas, había quien tocaba madera, práctica con 2020 años de tradición: su origen está en la simbología cristiana de la cruz donde fue crucificado Jesucristo, cuya madera quedó institucionalizada como soporte de salvación.

Otra costumbre atávica milenaria es la pedir que en 2021 cambie la suerte colectiva y escupir inmediatamente tres veces seguidas al suelo. Este hábito tan higiénico proviene de los celtas, para quienes la saliva era un símbolo de protección y poder casi mágico: en su cultura, los líquidos evocaban el vientre materno, las aguas de la creación.

Y los amuletos para encarar 2021: el búho, que para los egipcios ya era símbolo del saber; el elefante con la trompa hacia arriba, sinónimo de opulencia hindú; el ojo, ancestral símbolo de protección en los países de Centroamérica; la herradura, que protege la casa si se cuelga boca abajo en la puerta de entrada.

El nuevo milenio ya se recibió en la plaza de Galicia de Vilagarcía a mediodía. Lo de las uvas mañaneras se inventó en 1998, cuando alguien tuvo la brillante idea de recibir 1999 a las doce del mediodía. Fue un invento semejante a cualquiera de las ocurrencias que han marcado cualquiera de los diferentes calendarios que rigen el mundo.

En el fondo, la esencia es la misma. Tomemos las uvas a la hora que las tomemos, no hay ningún cambio ni comienza ni acaba nada. Tan aleatoria y caprichosa es la celebración del mediodía como la de la medianoche. Lo único que las diferencia es que la Nochevieja es tradición y la tradición siempre es verdad. Lo importante es que estos días no empieza ni acaba nada y que lo de feliz año nuevo es como lo de buenos días: una fórmula educada. La felicidad no está en el tiempo ni en el espacio, sino en nosotros. Pero no por eso vamos a dejar de emplear nuestro arsenal de frases-consuelo: «Mañana será otro día... A ver si el fin de semana que viene... Seguro que el próximo año...».

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