Del ring de una leyenda a pilotar el narcosubmarino

El patriarca del boxeo gallego, Paco Amoedo, entrenó en Vigo al capitán del semisumergible, Agustín Álvarez, hasta convertirlo en campeón de España; el exentrenador solo tiene elogios para el púgil, que llegó adolescente y se fue de repente con 22 años

Amoedo posando con las fotos de fiesta sorpresa de 70 cumpleaños en las que puede verse a Agustín Álvarez en las dos imágenes de la izquierda. La mujer de Amoedo organizó la celebración para un selecto grupos de amigos, y Agustín figuró desde el inicio en la lista de invitados.
Amoedo posando con las fotos de fiesta sorpresa de 70 cumpleaños en las que puede verse a Agustín Álvarez en las dos imágenes de la izquierda. La mujer de Amoedo organizó la celebración para un selecto grupos de amigos, y Agustín figuró desde el inicio en la lista de invitados.

Vigo / la voz

Media altura, gafas, todo canas, brazos anchos y puños grandes. De piel limpia, sin cicatrices, pese a los golpes dentro y fuera del cuadrilátero. Cadena, anillo de oro y chándal negro. Paco Amoedo, don Paco, 77 años de edad, maestro de maestros del boxeo gallego. Una vida entera dedicada al deporte de las 12 cuerdas que no deja ni en tiempos de pandemia. Por su ring han pasado, desde 1965, miles de jóvenes, muchos buscando fortuna y fama. No fue el caso de Agustín Álvarez, piloto del narcosubmarino hundido hace un año en la ría de Aldán con 3.050 kilos de coca. El primero en Europa. Él entró de niño, con 15 años recién cumplidos, y lo dejó de repente con 22. Ya consagrado como una promesa del boxeo patrio pero sin ingresos regulares a corto, medio o largo plazo. El Club Saudade supone el principio y el final de esta historia protagonizada por un cazatalentos y un niño con talento.

Agustín Álvarez durante un entrenamiento con aproximadamente 18 años.
Agustín Álvarez durante un entrenamiento con aproximadamente 18 años.

La empatía, el respeto y el afecto florecieron a base de entrenamientos y capacidad de superación. Como fecha de alta en su ficha, de la que sería su casa los próximos siete años, consta el 1 de noviembre del 2005, días después de cumplir la quincena. «No tardé en ver que Agustín tenía talento, de no haberlo visto nunca se lo hubiera dicho a los padres. Al principio, igual que con todos, observas, pero al indicarle cómo marcar los golpes ya vi que los ejecutaba muy bien. El cabrón es listo, era evidente. Asimilaba los conceptos tácticos, de estrategia y deportivos al vuelo. Posiblemente la mejor cualidad suya era su inteligencia, también el temple para mantener la mente fría en el combate». El mismo aplomo, se entiende, que evidenció en el 2019 pilotando durante 4.300 millas el semisumergible.

A los 19 años, y con 69 kilos de peso, demostró cualidades en el Campeonato de España de Boxeo Aficionado. Representaba a la selección autonómica y lo premiaron en la Gala Anual del Deporte de Vigo en el 2009. En el 2010 bailaba sobre la lona en combates semiprofesionales, el leonés Jonatan Rodríguez fue uno de sus rivales. En mayo ya ostentaba el título de campeón de España del peso medio. La Federación Española de Boxeo, consultada, certifica que ganó en categoría amateur. La báscula, entonces, se fijaba en 81 kilos. En mayo su foto figuró en el cartel de una gala a celebrar en el pabellón vigués de Lavadores. Ya en el 2011 se subió al ring en O Porriño para medir guantes con otros cinco púgiles y un subcampeonato nacional bajo el brazo. El cartel de aquella gala aún cuelga enmarcado y arrinconado en una en pared del Saudade.

El otro rincón

El club se ubica en Lavadores, entre fincas con zarzas y asfalto. Al entrar, de frente, un pasillo oscuro y estrecho. A la derecha, el vestuario. Iniciando el pasillo, bajo el marco de la puerta, a la derecha, en la primera de cuatro vitrinas cebadas de fotos y recuerdos, un retrato de grupo donde figura Agustín sonriendo. Una victoria más, en este caso con la selección gallega. Eran otros tiempos, sin duda mejores para él. A la derecha, un pequeño despacho que bien podría hacer igualmente de portería. Es el otro rincón de Paco Amoedo. Dentro, un silla, un fax obsoleto y más y más recuerdos. Ni un ordenador, tampoco calculadora. Todo está en la cabeza de don Paco. Una de esas estancias de apariencia desordenada en la que su director de orquesta siempre encuentra lo que busca.

«Tenía otro don muy valioso en este deporte: paciencia. Tenía esa frialdad de saber aguantar, recibir y golpear: bim, bum, bam, bim, bum, bam... todo con esos puños que Dios le dio. El clásico chaval que es frío boxeando», confiesa el entrenador, sentado en el sillón de su despacho mientras desenfunda álbumes y álbumes cargados de fotos y recortes de prensa. Ese estilo de Agus, paciente, rocoso, es muy parecido al que desprendía Amoedo en sus años en activo: «Nunca fui pegador, la prueba es que de todas mis peleas gané tres antes del límite. Yo no pegaba, lo mío era boxear». Amoedo pronuncia la palabra madre con la solemnidad que otorga la devoción: «Boxear es el arte de dar y no recibir».

El debut de Agustín solo llegó cuando Amoedo lo consideró. Él mejor que nadie para saberlo: «Cuando veo que uno tiene ganas de subir [al cuadrilátero], y considero que está preparado, le digo que empiece a guantear. El caso de Agustín fue algo así, llevaba tiempo observándolo e incluso se lo iba diciendo a él mismo:

-Vas a subir. Para la semana te meto.

Llegó la semana y efectivamente, lo metió:

-Agustín, arriba.

-¿Con quién?

-Con el que te mande yo.

«Él hizo -prosigue Amoedo- muchas peleas, pero memorizar la primera me resulta imposible. Más de 2.000 chicos han pasado por estas taquillas y la memoria no me da para tanto. Sí puedo decir que me gustó cuando salió campeón [de España] haciendo una pelea preciosa. Pudo haber llegado al Europeo perfectamente, luego ya depende de la suerte. También pudo llegar a profesional, en amateur lo ganó todo».

Amoedo, con otra foto de su fiesta de 70 cumpleaños junto a Agustín Álvarez.
Amoedo, con otra foto de su fiesta de 70 cumpleaños junto a Agustín Álvarez.

2014

La siguiente y última referencia de Agustín, en el deporte de las 12 cuerdas, se fechó en mayo del 2014. Figuraba entre los homenajeados en un acto organizado por su entrenador para sus mejores púgiles retirados. Los mismos que ganaron 62 campeonatos de España, seis de Europa y 32 del mundo defendiendo durante cuatro décadas el escudo del Club de Boxeo Saudade. Pero todo se acaba, y Agustín decidió cambiar de vida de la noche a la mañana. Al mismo entrenador, ya amigo, incluso en cierta forma un padre putativo, le cogió con el pie cambiado. Era el año 2012:

-Me dijo de golpe y porrazo que se iba a Barcelona, y le dije: ‘‘Macho, en Barcelona hay trabajo pero allí la vida es más cara''.

-Tranquilo, Míster, voy con trabajo. De mecánico de karts.

-‘‘¿Y tú qué carallo entiendes de karts?'', le dije, porque desconocía que tuviera conocimiento de eso, si es que realmente lo tenía. Creo que simplemente se dio cuenta de que había llegado la hora de ganar dinero, tenía ya una edad y el boxeo no da para mantenerse.

Pasaron los años y Agustín siguió dando señales de vida. «De vez en cuando aparecía por el gimnasio, si estaba en Vigo venía siempre a saludar. Incluso llamaba antes de venir para saber si había alguna velada de boxeo prevista para intentar coincidir». Pero el contacto sí se fue perdiendo ya estos últimos años, no el afecto y el respeto. Amoedo lo deja claro: «El Agustín que entró aquí y se fue de aquí era un diez. Educado, trabajador, buena persona, generoso, nunca tuvo un problema de llegar con mala cara, cosas raras. Por eso sigo sin poder creer todo lo ocurrido».

28 días de travesía suicida en narcosubmarino

Javier Romero
El puente del mando con el espacio para el alijo al fondo
El puente del mando con el espacio para el alijo al fondo

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Seis ventanucos rectangulares de metacrilato enmohecido fueron su único balcón al mundo durante 28 días. Dentro del casco, en el único espacio, un hueco haciendo de cabina, penumbra y desconfianza. Incluso ya saliendo al Atlántico, semisumergido, reptando igual que un caimán sobre el agua para ganar millas lentamente dejando atrás la primera escena del delito, Brasil, los mismos portillos impedían dimensionar en su vasta totalidad la balsa de agua que rodeaba, y zozobraba, a la embarcación y sus tripulantes. Tampoco se intuía, por los mismos tragaluces, el final del horizonte. Demasiada mugre acumulada.

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