La necesaria conciliación


Ferrol

De vez en cuando hay que volver a leer a los clásicos, es decir, a aquellos escritores que consideramos modelos a imitar por la calidad de su literatura. Y si uno de esos clásicos es Cunqueiro, nunca perderemos el tiempo. En un libro suyo de artículos, me encuentro con uno que es puro lirismo en prosa sencilla y cercana. En este caso concreto, a la calidad excelsa del texto, le añado personalmente el valor de una información que yo desconocía sobre una escritora muy apreciada y tan brillante como fugaz en la literatura española de posguerra. El artículo se titula Los hijos de Cerezales, y se refiere a los hijos de Manuel Cerezales, que fue director del Faro de Vigo (1961-1964), y el que contrató para trabajar en este periódico a Cunqueiro, que luego será quien le suceda en la dirección del diario. Lo que yo no sabía era que los hijos de Cerezales eran también los hijos de Carmen Laforet, esa escritora que sorprendió a todos por su precocidad y por su calidad, y que desapareció del panorama literario sin que explicase nunca la razón de tan drástica decisión.

Carmen Laforet fue un caso raro en la literatura española. A los 23 años ganó el premio Nadal (1942), con la novela Nada. Una obra que se desmarcaba de la literatura triunfalista y ñoña que se escribía en la España de los primeros años de la posguerra. Desasosegante, profunda, con un fondo existencialista, alcanzó el reconocimiento de crítica y lectores. Sin embargo, Carmen Laforet no volvió a escribir algo que estuviera a la altura de su primera novela. Las razones por las que se produjo ese cortocircuito de su talento novelístico nunca se sabrán con certeza, pero no hay que descartar que tuviese algo que ver con su matrimonio. Ella, una mujer moderna e inteligente, se casa, muy joven, con un periodista, con el que tendrá cinco hijos en los primeros años del matrimonio. El periodismo de aquellos años era una profesión absorbente, y parece que la escritora nunca se adaptó a su nuevo papel de ama de casa. De hecho, la pareja acabará separándose. En su intimidad puede que esté el secreto de su temprano abandono de la literatura.

Revelada la información que me regaló, no me resisto a reproducir parte de ese artículo, como ejemplo de por qué Cunqueiro es un clásico:

«[...] Manuel Cerezales, en su despacho de la dirección de Faro de Vigo, tenía una fotografía de sus cinco hijos. Sonreían en ella Marta, Cristina, Silvia, Manolito, Agustín. Todas las mañanas, cuando yo entraba a despachar con Manolo, miraba un instante para la fotografía, y creyendo que algo de aquella sonrisa me tocaba, les enviaba la mía a aquellos pequeños amigos. Era como un rito secreto, al que no faltaba un poco de emoción. Nunca dije nada a nadie, porque esas profundas y mágicas amistades habitan el silencio, las defiende el silencio. Y ahora que Cerezales se va, y ha descolgado la bella fotografía, me parece que he perdido algo [...] Por cuanto, a la despedida personal de Cerezales, tan amigo, ha venido a unirse esta otra despedida de sus hijos. No me atreví a pedirle que me dejase la fotografía, la luminosa compañía de los cinco sonrientes. Tener sonrisas infantiles cerca, es la mejor medicina para un corazón al que los años desesperanzan y fatigan. Y por aquello mismo que decía Novalis que ‘donde haya niños habrá siempre una Edad de Oro'. Si Cerezales me hubiese dejado la fotografía de sus hijos, yo habría hecho todo lo posible por alimentar su dulce sonrisa».

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