El área de Vigo cruza la «raia» para airearse

El norte luso se consolida como refugio turístico de miles de gallegos tras la cuarentena


cerveira / la voz

«O sábado non quitamos a máscara en todo o día. É cando vén o aluvión de galegos para a feira». Este vecino de Vila Nova de Cerveira, que el viernes disfrutaba de su habitual paseo diario por el parque del Casteliño respirando sin más restricción que la marcada por la distancia de seguridad, ayer se volvió a poner la mascarilla. «Os sábados somos moitos e hai que protexerse», dice Manuel Ramallo, de 74 años, a escasos metros del recinto donde, llueva o truene, se reúnen cada sábado gallegos y portugueses.

«En Tui, en Salvaterra, en Valença o en Cerveira, dependemos máis do que pasa na outra beira do Miño que en Madrid ou en Lisboa». Esta consigna con la que los alcaldes de los municipios raianos hicieron un frente común para visibilizar el «demoledor» impacto social y económico que supuso para la zona la restitución de la frontera durante el estado de alarma, se reedita ahora en la conocida como nueva normalidad. La férrea necesidad mutua de las riberas del Miño sobrevive intacta al coronavirus. La segunda ola afecta de momento algo más al norte luso, pero lejos de distanciarse, el sur de Vigo busca refugio en una raia salpicada de enclaves de esparcimiento en los que esa nueva normalidad es mucho más natural.

En Portugal no es obligatorio llevar siempre la mascarilla, aunque sí recomendable hacerlo siempre y de obligado cumplimiento en cualquier comercio o centro cerrado, pero para practicar deporte y manteniendo siempre la distancia de seguridad, es posible respirar sin ella. «Lo importante es mantener la distancia y aquí hay oferta y servicios suficientes para pasear sin acercarse a nadie. Los hábitos hay que interiorizarlos, porque lo malo es dejar de cumplir las normas y quitarse las mascarillas de noche, cuando parece que nadie te ve, como si el virus se parase a dormir», señala Carmen Fernández Rodríguez, tudense amante de Portugal y de sus paseos dominicales por el parque de Casteliño, solo interrumpidos en los últimos años durante el cierre de fronteras. En este espacio enclavado en plena vía verde, que es la ecopista que permite recorrer a pie, en bici o en patines toda la ribera lusa desde Arbo hasta las inmediaciones de Viana, vuelve a igualarse el uso del gallego y el portugués. Servicios frecuentados ya por más españoles que munícipes lusos, como la piscina de Valença, siguen cerrados. En la ecopista, en cualquiera de las localidades que la recorren, en el Monte Faro, en el de Nosa Señora da Cabeza, en el estuario del Miño o en la plaza del centro de Caminha, compartida por media docena de restaurantes, sirven ya por igual a gallegos y a portugueses. Las colas en el columpio con vistas a la desembocadura obligaron a cerrar el acceso rodado, pero los selfis corrieron por igual en móviles de operadoras lusas y españolas. «No Outlet de Vila do Conde hai hoxe tamén máis galegos que portugueses», confirma desde allí, Armenio Tello.

La secretaria de Estado de Turismo de Portugal evaluó esta semana la caída de ingresos a nivel general por la pandemia en un 60 %. Sin embargo, la incidencia fue muy desigual por zonas y, del verano de la pandemia, salió más reforzado el turismo rural. El alcalde de Valença, Manuel Lopes, confirmaba en agosto a La Voz, que tenían ocupadas el 90 % de las casas rurales, frente al 30 o 40 % habitual de media. Con datos oficiales ya sobre la mesa, la ministra lusa, Rita Marques, confirma que «xunto a raia, no interior, nos chamados territorios de baixa densidade que hoxe son de alta intesidade turística, a ocupación hotelera incrementouse respecto ao 2019». El turismo peninsular es el colchón de ese giro en la tendencia y, por proximidad y tradición, es Galicia y, en especial, el sur de Vigo el grueso de los desplazamientos turísticos hacia el norte luso.

El calendario de ferias, principal ruta de peregrinación para los gallegos en Portugal, enfila su momento más álgido. Hay numerosas ofertas en hoteles con spa para el puente del Pilar, a quince días de la feria más antigua del norte peninsular, que es la de Todos los Santos, en Valença.

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