El abandono de niños a lo largo de la historia de Vigo

Los recién nacidos eran dejados de noche en lugares sagrados, como la Colegiata, o en las casas de los ricos


Hoy nos horrorizamos al oír que se ha abandonado un recién nacido en un cubo de basura o similar, pero hasta hace no mucho era costumbre extendida en España dejar a los neonatos desamparados. En el siglo XVIII, Vigo tenía una ilegitimidad del 7,4 por ciento de los nacidos. La moral católica imperante prohibía expresamente el aborto, pecado muy grave. Los niños nacidos de relaciones ilegítimas, sobre todo con hidalgos y clérigos, o por la pobreza de las madres y la vergüenza ante la comunidad, se optaba por abandonarlos a su suerte.

Se deshacían de ellos en cualquier época del año, aunque sobre todo en los «meses de soldadura» (primavera-verano) anteriores a la nueva cosecha y cuando los graneros iban quedando vacíos. Aunque el problema y las propuestas de solución venían de atrás será la Real Orden de Fernando VI al comienzo de su reinado, y hasta las reformas de la década de 1790, la que ponga orden y dicte las disposiciones pertinentes.

Los niños y niñas de la villa eran depositados de incógnito por la noche, sobre todo, en las puertas de la iglesia de la Colegiata o en el atrio junto al simbólico olivo cerrado por un petrel. Menos común era el convento de franciscanos de O Berbés y en la capilla de San Lorenzo. No era raro ante la casa de poderosos, como el desaparecido balcón del arco-pasadizo del palacio de la marquesa de Valladares. En la villa de Bouzas, más modesta, se depositaban en el patio o la puerta de un vecino. En el rural un buen sitio eran las ermitas, como la de San Honorato, pero incluso bajo un castañal propiedad de don José Núñez, señor del pazo de A Fervenza (hoy Casablanca).

Avisado el concejo municipal, este se encargaba de que se cumpliese la normativa. Lo primero era bautizarlo, a veces indicando el racionero de la colegiata concreto (don Matías Rodríguez, don Juan Salgueiros). No era común, pero los ediles podían ponerle nombre, por ejemplo Juana Buenaventura, muy acorde. Buscaban a una mujer casada viguesa del común (lactante, casi seguro) para que lo cuidara hasta su traslado. No faltan las defunciones a tan corta edad. Lo siguiente se dejaba en manos de portero del Ayuntamiento: confección de ropita (1-2 varas de bayeta y bocadillo -lienzo delgado y poco fino-, algo de orillo-extremo de la pieza de otro material-), 1 o 2 camisas e igual de bonetes o capuchas, y encargarse de remitirlo a la inclusa, desde 1524, del Real Hospital (hoy Hostal de los Reyes Católicos) de Santiago. El futuro no era nada halagüeño pues entre 1750 y 1801 morían el 80 % de los ingresados.

La picaresca, rayana la suma irresponsabilidad, estaba a la orden del día. El Concejo de Bouzas en 1786 envió a dos hombres para trasladar a un expósito, y los muy canallas lo abandonaron en Redondela, para ahorrar gastos. El castigo fue más que merecido. Todo esto se pagaba con los propios y arbitrios (rentas) municipales, a cargo de un mayordomo o administrador. En total en las décadas de 1750-60, sumaban 50/70 reales, una cantidad bastante moderada.

No faltaban almas caritativas que se comprometían al cuidado y crianza a su costa y en su familia de un expósito, como en 1760 don Lucas Benavides, señor del pazo de Picacho, o al poco Juan Rubiano. Los poderosos acostumbraban dejarle una muy magra parte de la herencia, disponiendo que se mantuviesen en casa o que los mandasen por el mundo a buscarse la vida. En todo caso era una buena obra de caridad que ayudaba a abrir las puertas del cielo.

En la misma línea, vecinos o pudientes actuaban de padrinos de pila, como en 1769 lo hizo el todopoderoso escribano numerario de Bouzas don Tomás Romero y Carrera y, en 1809, la esposa del rico carnicero con aspiraciones sociales Tomás de Carramal. Era de buenos cristianos y daba cierto empaque. Aunque esto continuó en las siguientes décadas, hoy los avances sociales han acabado, o casi, con este problema que se remonta a la noche de los tiempos. Tiempos difíciles nos tocan, pero aun los hubo peores para los más necesitados.

El autor es historiador y miembro fundador del Instituto de Estudios Vigueses

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