Doce litines por una peseta


Ni tristes ni melancólicos. La morriña es cosa del pasado y la saudade es más bien cosa de nuestros hermanos portugueses. Los gallegos somos un pueblo alegre, muy alegre. Lo afirma tajantemente el nutricionista, dietista y tecnólogo de los alimentos Manuel Portela Collazo, profesor de la Universidad de Vigo. Y la culpa, dice este experto en las cosas de comer y beber, la tiene la gran cantidad de litio que contiene el agua de Galicia. ¡Viva el litio!, deberíamos gritar ahora en lugar de alabar el vino o la cerveza, especialmente cuando tomemos como guarisnai un buen vaso de agua rebosante de sales de litio.

En realidad el asunto no es nada nuevo aunque sí es un tanto llamativo. A finales del siglo XIX y principios del XX era frecuente encontrarse en las farmacias diferentes preparados de litio en sobres. Con una caja de doce pueden prepararse doce litros de «agua de litines». Precio: 1 peseta. Los más famosos eran los «Lithinés del Dr. Gustín», nacidos en Francia y castellanizados como los litines. Cada sobre hacía el milagro de transformar un litro de agua corriente en una bebida con propiedades muy saludables. «Prescriben contra la gota, la diabetes, el reumatismo, afecciones del estómago, hígado, riñones y previenen cólicos hepáticos y nefríticos». ¡Y por que no cabían más recomendaciones en la caja y la ciencia médica aún no estaba al tanto de los beneficios en el ánimo y el humor de las personas!

Hoy ya sabemos que el litio es eficaz también para combatir la depresión, el desánimo, los trastornos maníaco-depresivos y la inestabilidad emocional. Vamos, que el litio tanto sirve para recargar las baterías de los móviles o los coches como para recargar las baterías anímicas de los gallegos más tristones y convertirlos en el paradigma del tipo alegre del siglo XXI.

Ángel Mato, actual alcalde-presidente departamental (cosa para la que no hacen falta estudios) es químico de profesión (cosa esta para lo que sí tuvo que estudiar duramente). Como alcalde-químico que es ya está tardando en mandar echar unos camiones de litio en el embalse de As Forcadas. Los ferrolanos se convertirían en los gallegos más alegres, abandonarían la depresión y los impulsos autodestructivos y le darían a la ciudad un nuevo título. Ferrol, la ciudad naval, la cuna de las fragatas, el paraíso de las anclas y la ciudad de los lápices, pasaría a ser también la villa de la alegría.

Ángel Mato, alcalde-químico vecino de Canido, debe recordar aquella vieja canción: «Es en Canido donde reina la alegría / Es en Canido donde reina el buen humor / No cambiaremos de carácter ningún día / Aunque nos dieran un millón…»

Allí se cantaba, a la sombra del depósito de aguas repleto de sales de litio… que ya no está.

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