La peste bubónica de Oporto puso a Vigo en estado de alarma en 1899

El gobernador propuso un barracón para fumigar a los viajeros procedentes de Portugal


vigo / la voz

En agosto de 1899, un brote de peste bubónica en Portugal provocó el temor a la llegada a Galicia de la letal enfermedad, que recientemente había investigado el bacteriólogo franco-suizo Alexandre Yersin. Esa preocupación incluso se extendió al otro lado del océano Atlántico debido a los grandes flujos de pasajeros que partían en barcos desde el puerto de Vigo. Alguno países sudamericano, como Brasil, impusieron la cuarentena a todo viajero que llegase a sus países procedente de la ciudad olívica.

No llegó a pasar nada grave, pero se alteró notablemente el ritmo de vida de los vigueses. El gobernador civil de la provincia ordenó al alcalde de Vigo, según reflejaba La Voz de Galicia el 19 de agosto, que controlase a todos los viajeros que hubiesen llegado de Portugal en los diez días anteriores, así como el ganado procedente del país vecino. Oporto fue la localidad donde primero se detectó la enfermedad, y entonces ya estaba conectada por ferrocarril con Vigo. Por ello, el gobernador ordenó construir una caseta en la estación para fumigar a los viajeros procedentes de Portugal. Decía que si la compañía concesionaria no lo autorizaba, se levantaría en terrenos municipales.

Las pérdidas económicas derivadas de aquella alerta sanitaria también fueron cuantiosas porque los buques correo ingleses dejaron de hacer escala temporalmente en el puerto vigués.

Desde el Gobierno Civil se ordenó realizar un cordón sanitario en la frontera con Portugal. Se desplegaron por varios puntos del Miño tropas del Ejército y de la Guardia Civil. La junta provincial de Sanidad de Pontevedra acordó que se pidiera suero antibubónico del doctor Yersin a París. También se ordenó a los alcaldes de las zonas fronterizas, como Tui, la construcción de casetas de madera para aislar a los sospechosos de portar el terrible bacilo.

Desde la alcaldía viguesa también dictaron normas de obligatorio cumplimiento para todos los vigueses. Entre otras cuestiones se ordenaba el encalado de las fachadas de las casas, la desaparición de depósitos de estiércol _una vieja costumbre destinada a conseguir abono natural_ y la cría de cerdos por considerar que estos animales eran una vía de contagio debido a la insalubridad que les rodeaba.

Al igual que ocurre hoy en día con veraneantes procedentes de regiones muy afectadas por el coronavirus, entonces también se extendió el temor hacia los vigueses que acudían a otros puntos del norte de Galicia. A uno de ellos, estudiante de Farmacia en Santiago de Compostela, llegaron a detenerlo, y lo sometieron a un análisis médico para comprobar su estado de salud, que era bueno. Como decía la prensa compostelana, no había peste bubónica en la ciudad, pero sí mucho «canguelo». La Voz de Galicia recogía aquellos días que, en Gondomar, había sido detenido un mendigo portugués sospechoso de portar la peste.

Pero ese miedo al foráneo no solo se registró en Galicia, también ocurrió en el resto de España. Entonces, Oporto era uno de los puntos importantes de veraneo para muchos habitantes del centro de España. Y muchos, en cuanto se desató la histeria en la ciudad portuguesa, regresaron a sus ciudades de origen, saltándose todos los controles sanitarios establecidos en las fronteras de Extremadura y Salamanca. Las multas llegaban a las 50 pesetas, un dineral entonces.

De peste bubónica nadie murió en Galicia aquel final de verano de 1899, pero sí de viruela y de tifus en distintos puntos de la provincia de Pontevedra y del sur de Ourense. Por su parte, Oporto vivió en un estado de contagio hasta diciembre, producto del cual tuvieron numerosas víctimas y cuantiosas pérdidas debido al cordón sanitario obligado por el gobierno de Lisboa.

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