Recapitulación de talas: la culpa es de Newton

La mayoría de los árboles nuevos se plantan en macetas o sobre cemento


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Están enfermos, producen alergia, son diabólicos y malditos, generan alarma social, amenazan la vida de los niños, provocan accidentes, impiden las vistas, no son adecuados, son de ínfima calidad, no valen para nada, no son especies nobles, no tenían que estar ahí, recibimos cientos de llamadas de vecinos que piden su eliminación, son un criadero de bichos, entran por las ventanas, son indeseables, no dejan ver las luces de Navidad, rompen las aceras, rompen el asfalto, rompen las tuberías, son una amenaza para la seguridad vial, destrozan los coches aparcados, los técnicos dicen que hay que eliminarlos, no dejan ver las murallas, son irrecuperables, están secos, son tóxicos, no me gustan, hay que cambiarlos, son demasiado grandes, no le gustan a nadie. Tirando de hemeroteca y de memoria, estas son algunas de las justificaciones para la tala de árboles urbanos en Vigo que hemos escuchado y leído en los últimos años, pero lo sucedido hace unas semanas en las obras de humanización de Ronda de Don Bosco incorporaba la penúltima excusa que faltaba: la ley de gravitación universal.

Efectivamente, en lugar de salir flotando hacia el espacio exterior los cedros de esa plaza asumieron disciplinadamente los principios de Newton y, tras ser mutiladas sus raíces por las excavadoras, se cayeron al suelo. Que una cosa es la libertad y otra, el libertinaje, y la ley de la gravedad hay que cumplirla. Decíamos que la ley de la gravedad era la penúltima excusa para talar los árboles de gran porte en la ciudad, pero hace unos días, aplicándose a la rúa Hispanidade, llegó la que será, de momento, la última: la consistencia. Dice el diccionario de la RAE que la consistencia se define como: «Duración, estabilidad, solidez». Podríamos pensar que son todos ellos valores positivos, valga la redundancia, pero en el caso del arbolado urbano parece ser que no, que son un defecto y los árboles de esa calle serán retirados (muchas veces en estos casos recordamos la frase de Blade Runner: «A esto no se le llamó ejecución, se le llamó retiro») por ser «demasiado consistentes». Reconocemos que sentimos una especial curiosidad por saber qué árboles «inconsistentes» ocuparán su lugar. Quizás, como suele suceder, especies exóticas.

Pero el arboricidio sistemático del arbolado urbano en Vigo no se aplica solo con efectos retroactivos a aquellos árboles que existían AC (antes de Caballero) y que parece ser el objetivo final… que en Vigo no quede un solo árbol plantado AC, sino que, con perspectiva de futuro, se aplica también al arbolado DC (durante Caballero).

La gran mayoría de los árboles plantados en los últimos años, generalmente sustituyendo a los que ya existían, se plantan en macetas o bien sobre cemento, sin apenas alcorques, con la tierra sin nutrientes, sin oxigenar, compactada y sin posibilidad de que apenas les llegue agua, o lo que es lo mismo: se plantan con todos los condicionantes que garantizan que se debiliten, enfermen y mueran, de esta forma ya tenemos la primera excusa (están enfermos) y ya los podemos cortar, y así sucesivamente. Lo hemos visto en las calles Gregorio Espino, Venezuela, etc. Si para el gobierno municipal la consistencia es un defecto podríamos deducir, consecuentemente, que la inconsistencia es una virtud. La insoportable levedad del ser, que diría Kundera, aplicable a una política municipal que tiene como base la eliminación del arbolado urbano.

Quizás sería más sencillo haber empezado hace años por la explicación más sencilla, la única, que como el anillo de Saurón serviría para atraer todas las explicaciones y atarlas a las tinieblas: los cortamos porque sí. Y punto final. ¿Para qué seguir buscando excusas? Solo una de ellas nos parece relevante tras comprobar que es cierta en muchos casos: los vecinos nos piden que los cortemos. En no pocos casos, cuando acudimos a protestar por las talas, nos encontramos con muchos vecinos que las defendían. Eso es, sin duda, lo que nos debería preocupar y debería ser nuestra prioridad. Una ciudad que asiste impasible, o incluso defiende la tala de sus árboles urbanos, es una ciudad enferma que carece de la más básica educación ambiental. Afortunadamente, hay excepciones. Que es lo mismo que decir que hay esperanza.

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