Lo que no toca este verano

A los hijos de la Transición que creen que su vida «no puede ser peor» toca advertirles que sí


En el agosto más atípico de nuestras vidas no hay lugar para grandes fiestas. No hay orden ni concierto en un país que parece una república (aquella expresión de nuestras abuelas en el franquismo) cuando su rey emérito lo abandona tomando un avión en Vigo con destino a los Emiratos Árabes mientras la inmensa mayoría de los ciudadanos salimos a la calle tapándonos la boca y adoptando todo tipo de prevenciones profilácticas. ¿Cómo diablos vamos a tener así una canción del verano?

Despacito. Hace ochenta años tampoco había en España razones para bailar toda la noche. El covid de la posguerra era devastador y se llamaba hambre. Lo recuerdan bien quienes todavía sobreviven a las residencias. Millones sufrían la cartilla de racionamiento y no tenían un triste ERTE al que agarrarse. Entonces, casi nadie podía sentarse en la terraza de un chiringuito, aun manteniendo la distancia social, para despotricar contra las autoridades y lamentar su mala suerte mientras apuraba una cañita con aceitunas.

El drama de estas vacaciones no está en las dificultades para viajar o darse un chapuzón. Ni siquiera en los besos y abrazos que no nos damos. El auténtico drama son los muertos que vamos sumando por culpa de la pandemia y de los que no asumen la necesidad de ser responsables y sacrificar botellones y discotecas hasta que haya vacunas, para así facilitar también la actividad económica. No tocan Georgie Dann ni Waka waka. Ni parecer una república bananera. A los hijos de la Transición que creen que su vida «no puede ser peor» toca advertirles que sí y que disfruten de lo mucho que tenemos. De los valores refugio. De Galicia, sin ir más lejos. Oro puro.

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