Los parques se llenan de mayores por el cierre de los centros sociales en Vigo

«Me apetece venir aquí porque tengo con quien charlar», dice Antonio Araújo, un anciano que se reúne con sus amigos en los bancos de la calle Aragón


vigo / la voz

El cierre de los centros sociales de Vigo desde el estallido de la pandemia, ha llevado a los mayores, los más asiduos a estos establecimientos, a tener que buscar otras formas de entretenimiento. La tímida reapertura de estos dispositivos ha sido insuficiente. En la calle Aragón, que conecta con la peatonal de O Calvario, se reúnen en algunos bancos los ancianos que acudían de forma frecuente a los centros sociales de la zona. «Me apetece venir aquí porque tengo con quien charlar», cuenta Antonio Araújo, un señor de 78 años que vive muy próximo a la calle. También en la avenida de Castelao, los merenderos se llenan de grupos de amigas que echan la partida de cartas que no pueden jugar en los centros sociales de Coia y Pi y Margall.

José Gutiérrez venía todos los días al centro social de O Calvario a jugar a las cartas con sus amigos. Jugaban al tute y al dominó. Ahora que el establecimiento está cerrado, José ha tenido que buscar otras ocupaciones con las que pasar el rato: «Por la mañana voy a caminar y, por la tarde, duermo la siesta, hago algo en casa y después vengo aquí. Es donde menos gastamos y donde pasamos el tiempo». Al centro social de O Calvario no van muchas mujeres: «Hay una mesa, pero son muy pocas», afirma José.

También Víctor López llenaba su tiempo jugando con sus amigos en el centro social. En concreto, pasaba más de dos horas en el local cada día. Con el centro actualmente cerrado, ayuda a su mujer en casa, va a caminar y se reúne con los compañeros en los bancos. «A mí lo que más me gusta es jugar al dominó», afirma. Si abre el centro, Víctor asegura: «Tardaría en ir, no por miedo, si no por precaución».

Son muchas las circunstancias que unen a los jubilados de la calle Aragón, como las ganas de pasar la tarde acompañado o la morriña de las partidas en el centro. Pero además, los conectan las raíces: todos ellos han nacido en Ourense, en los concellos de Ramirás, Gomesende y San Lorenzo, y se han visto obligados a emigrar en el pasado, en su mayoría a Venezuela y otros por Europa.

De Gomesende son los dos hermanos gemelos Antonio y Modesto, de 78 años. El primero de ellos acudía con frecuencia a la biblioteca del centro social, pero no a jugar si no a leer el periódico. «Si volviese a abrir el centro, yo volvería, pero con mucha precaución. Los materiales de la biblioteca pasan por muchas manos», asegura. Antonio afirma no llevarse muy bien con la mascarilla, ya que le cuesta respirar. No obstante, él afirma: «No queda más remedio que llevarla».

Su hermano Modesto, se desplaza todos los días desde plaza de España para reunirse con los amigos. Dice que no suele ir a los centros sociales, pero sí los bancos de O Calvario. «Que Dios nos proteja, porque no sabemos dónde puede pegar el coronavirus», dice este anciano, a lo que añade: «En un mes, hemos ido a cuatro entierros».

Donde sí echan la partida grupos grandes de mujeres es en los centros sociales de Pi y Margall y Coia. Con los locales cerrados, las mesas de los merenderos de la avenida de Castelao se han convertido en el punto de encuentro de las jubiladas más asiduas a los centros. Allí hablan sobre la vida y echan la partida.

«Extrañamos cantidad en centro», asegura Dolores Araújo, más conocida por sus amigos como Lolita. Ella acudía todos los días, desde las 17.00 hasta las 21.00 horas, al centro social de Coia. «Estaba muy contenta allí», asegura. Acompañada de dos amigas, pasa las tardes en un merendero a la sombra: «Ahora estamos en los bancos si hace buen tiempo». La partida que echaba en el centro era siempre de cartas: «A mí el dominó no me gusta, yo jugaba al tute, a la brisca, a la escoba...». Aunque dice que también realizaba otras actividades como gimnasia y manualidades. Lolita describe con mucha ternura su centro social: «Iba muchísima gente, tenían de todo, había muchas fiestas, actividades y excursiones, y había un chico muy encantador». Y cuenta que, en el establecimiento, los hombres tenían una rutina diferente: «Iban más pronto, tomaban el café, jugaban la partidas y se iban, y después, íbamos las mujeres». Además, lamenta que todavía no se haya podido abrir: «Pensábamos que el centro social cerraría, pero solo esos tres meses de confinamiento».

Pasando la plaza de América, al comienzo de la avenida de Castelao se reúne un grupo de cinco mujeres jubiladas que frecuentaban el centro social de Pi y Margall. «Siempre que podemos, y si hace buen tiempo, venimos aquí a jugar», afirma Rosa Rodríguez. Todas lo echan de menos. Rosa asegura, que en el centro: «Siempre somos más mujeres, aunque a jugar a la baraja siempre van más hombres» y explica que ellas realizan también otras actividades que ofrece el establecimiento de Pi y Margall, como baile. «¡Ahora andamos siempre con el trapo puesto!», exclama, entre risas, María Pérez, una de las compañeras de banco de Rosa, refiriéndose a la mascarilla. No queda otra que cumplir las medidas de seguridad para que los más mayores puedan volver a disfrutar de los centros sociales.

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