El hombre que a nadie importa

Un mendigo con una enfermedad mental ha estado a diario deambulando por las calles de Vigo todo el estado de alarma


vigo / la voz

Hay un hombre cuya vida discurre igual que siempre, cuya situación no ha cambiado con la crisis del coronavirus. José Ignacio sigue tirando cada día de su carrito como si el estado de alarma no fuera con él. Recorre las calles del centro urbano, pisando tanto la acera como la carretera, subiendo las cuestas con dificultad, sin mirar los semáforos, mientras empuja el cesto de supermercado en el que lleva mantas, ropa y alguna caja de galletas como únicas pertenencias.

José Ignacio es un enfermo psiquiátrico que se niega a recibir ayuda y por eso nadie lo hace por él. Las instituciones le han dado por perdido y algún día será un número en el área del cementerio de Pereiró donde el Ayuntamiento entierra a personas que nadie reclama. No hay peligro de que contagie a nadie ningún virus, ni tampoco de que sea contagiado. Nadie se acerca a él. Lleva desde mucho antes del 16 de marzo sufriendo una cuarentena social aunque no tenga casa y deambule por donde le da la gana. Baja la Gran Vía, llega a la Praza de América, le da de comer a las palomas. Después llega hasta la calle Colón. Camina sin rumbo, sin que nadie se lo impida en tiempos de confinamiento.

El Ayuntamiento proporciona alojamiento a las personas sin hogar en el albergue, hostales y en el polideportivo del Berbés. Pero no hay un techo digno para José Ignacio porque, como no está en sus cabales, nadie mueve un dedo en su lugar. Aún así, hay particulares que se preocupan y se han preocupado por este indigente, aunque se hayan topado con la inoperancia de las administraciones para este tipo de casos.

Cristina, una abogada que vive en Vigo, lo ha intentado mil veces sin conseguirlo. Dice que llegó a hablar con un fiscal, que le dijo que no podía hacer nada porque los servicios sociales del Ayuntamiento le habían dicho que estaba bien, que le ofrecieron ayuda y no quiso. «Me dio audiencia y me contó que tenía muchos casos y que no podía hacer nada, incluso me pidió a mí, como ciudadana, que le aportara un informe psiquiátrico». También lo intentó en el Concello, pero la respuesta fue la misma. «Di tanto la vara que la propia concejala me escribió y me dijo que lo sentía, pero que como no quiere recibir ayuda no se puede hacer nada».

Luego se asesoró en Imelga en Santiago «y me dicen que en estos casos hay que intervenir». «Entiendo que están saturados, pero tienen que hacer algo», afirma. Otra ciudadana, Patricia, que le suele llevar sopas y cruasanes, llamó a la Policía Local y la respuesta fue que no había un protocolo de detención.

«Están haciendo la vista gorda. Avisé el tercer día de confinamiento, me tomaron nota, dijeron que me llamarían, pero nunca supe de ellos. El Ayuntamiento se lava las manos. Como no se queja ni arma bulla pasan de todo», critica Cristina. El departamento de Benestar Social realizó un seguimiento del indigente y, después de que rechazara cualquier tipo de ayuda, remitió un escrito a la Fiscalía para que iniciase un procedimiento para que pase a ser tutelado y sea ingresado en un centro especializado. Poco se sabe de este hombre. Dice que es de Barcelona, pero no porta documentación. Los vecinos comenzaron a verlo desde noviembre del año pasado.

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