Las quemas, esa tradición que convendría erradicar

Los restos agrícolas de podas y desbroces deben ser triturados y devueltos al suelo como nutrientes


Amigos da terra

Cientos de pequeños incendios a diario, y sin salir de nuestro término municipal. No tenemos más que asomarnos a la ventana para ver docenas de columnas de humo en toda el área rural y periurbana. Se trata de las quemas de restos agrícolas de podas y desbroces en fincas y huertas, que no dejan de ser incendios de baja intensidad y extensión controlada (en teoría), pero incendios al fin y al cabo; y en el fondo, una tradición que tiene como base la simple comodidad, porque es lo más fácil, pero no lo mejor.

No hace falta argumentar la evidencia de que esas quemas son contaminantes. La suma de todas esas pequeñas y no tan pequeñas hogueras son equivalentes anualmente a tres grandes incendios en sus emisiones de CO2. Según el estudio de las emisiones en los incendios del año 2006 en la provincia realizado por la Universidad de Vigo, solo la superficie afectada en Pontevedra (40.943 hectáreas) emitió 1,7 millones de toneladas de CO2. Similares cifras podríamos aplicar a los incendios de octubre de 2017. Nuestra percepción de esa contaminación se hace evidente ante un gran incendio, pero no tanto con la acumulación de quemas forestales durante todo el año. El problema añadido es que no se queman solamente restos forestales, sino que, aprovechando la hoguera, es frecuente que se decida ahorrarse un paseo al contenedor amarillo (en el rural suelen quedar lejos) e incorporar plásticos y otros residuos, con lo cual soltamos a la atmósfera dioxinas, furanos y una larga lista de compuestos químicos persistentes y contaminantes.

La relación entre quemas «controladas» e incendios es muy estrecha. En su memoria del 2015 la Fiscalía General del Estado cifró en un 85 % los incendios que comenzaban por una negligencia y son muchas negligencias las que incluyen esas quemas, que siempre empiezan por un «lo llevo haciendo toda la vida y nunca pasó nada…», hasta que pasa.

Las quemas son por lo tanto un factor de riesgo añadido a los incendios forestales, pero sobre todo son un absurdo en lo referente a la fertilización de huertas y fincas. La idea de que las cenizas sirven de abono convendría matizarla mucho. Al quemar retiramos nutrientes orgánicos esenciales del suelo a cambio de un aporte desequilibrado de minerales, porque la materia orgánica desaparece en buena medida en forma de humo y lo que nos queda en las cenizas son fundamentalmente minerales inertes, necesarios también para el equilibrio del suelo, pero generalmente sobre suelos ya saturados por la pérdida de materia orgánica.

La pregunta pertinente sería: ¿Existe alguna alternativa? La respuesta es simple: en lugar de quemar, mejor triturar. Esos restos agrícolas triturados devuelven al suelo los nutrientes esenciales y cierran el círculo natural porque lo que se producirá es un compostaje espontáneo. Como beneficio añadido conservan la humedad del suelo en verano, cosa muy necesaria y que supone un importante ahorro de riego. La única dificultad es que para triturarlos se necesita o bien una paciencia infinita o una biotrituradora, que no son baratas. Para esto también tenemos una solución que evita el dispendio y lo más bonito es que no lo tenemos que imaginar: ya se está haciendo muy cerca. El Concello de Vilaboa cede de forma itinerante biotrituradoras a sus vecinos para que conviertan sus restos agrícolas y de poda en estructurante para compost dentro del proyecto Revitaliza de la Diputación Provincial de Pontevedra.

Esto se podría hacer en Vigo bien a través de los servicios municipales o en convenio con las comunidades de montes. Otros concellos, como Redondela, tienen un centro de acopio de estos materiales a donde se pueden llevar con el mismo objetivo. Sobran ejemplos, pero lo más importante es que pensemos que, para todo, quemar esos restos agrícolas y de podas es con diferencia la peor opción.

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