«La prostitución no entiende de pandemias»

Las luces rojas se apagaron y sus calles habituales en Galicia se vaciaron, pero la oferta resiste en la Red con más citas en forma de videollamadas para evitar contagios. El dinero se acaba, alertan

Evelyn es transexual y se dedica a la prostitución
Evelyn es transexual y se dedica a la prostitución

VIGO / LA VOZ

Evelyn de Oliveira participó en el espacio televisivo de citas First dates. No era una concursante más, pues es una mujer transexual. «Fui la primera, me contrataron de actriz para estudiar la reacción de la audiencia». Reside en Vigo hace años, no rinde cuentas a nadie, tiene piso propio y el covid-19 le ha dado un mal revolcón a lo suyo. «No hay dinero que compense el riesgo de contagio». Se presenta, al teléfono, organizada y solvente, pero sabiendo que no todo es eterno y las facturas tocan a la puerta cada mes. Son inmunes al coronavirus, de ahí que mantenga, ya en clave de crisis sanitaria, su anuncio en la web puntera en Galicia de sexo de pago por Internet: «Teletrabajo, solo videollamada -pagos por Paypal y Bizum- nada gratis, no mando fotos ni abro cámara. Disponible de 9.00 a 23.00 horas». Antes del confinamiento sí aceptaba el cara a cara.

«Los ingresos cayeron un 50 %. Un encuentro se pagaba a 60 euros. Ahora, la videollamada, a 20. Resulta menos desagradable, más serio y puedo anunciarme en toda España, corazón. Sí hay quien sigue trabajando, me cuesta aceptarlo pero también sé que la prostitución no entiende de pandemias si falta el dinero». Ella, ahora, carece de cargas tras ayudar durante años a sus dos hermanos en Brasil: «Aprobaron las carreras y ya viven de sus profesiones». El último reclamo de Evelyn en la web de referencia es uno más entre los 33.677 anuncios subidos, en las cuatro provincias gallegas, desde la activación del estado de alarma. Ya por categorías, 11.176 corresponden a mujeres; 4.510 a hombres; 1.210 son de transexuales; 952 de líneas eróticas; o 2.481 ofertan masajes eróticos. El muestrario es inabarcable y se actualiza al minuto. Las ofertas de videollamadas abundan, pero siguen siendo inferiores a los planteamientos de piel con piel.

Doble juego

De ahí que los responsables de la web se protejan incluyendo una recomendación justo al lado de cada número de teléfono. «Se responsable, ¡quédate en casa!», aconsejan los mismos que tienden puentes para la polinización del coronavirus. Sirva de ejemplo Stefane, en A Coruña. El viernes por la tarde se prestaba a un encuentro «en sitio discreto y de fácil estacionamiento. Soy joven e independiente, trabajo con mucha naturalidad, te invito a tomar algo juntos». Solo la dirección del portal web ya huele a perfume intenso, basta un chequeo rápido a la Red para detectarlo. Otra muesca de un submundo tasado en 3.500 millones de euros al año en España (0,35 % del PIB). El plan contra la explotación sexual 2015-2018 del Ministerio de Sanidad, ya en Galicia, dimensiona el turbio flujo de billetes. Hasta 2.000 prostitutas, 800 clubes de alterne contabilizados entre el año 2009 y el 2018 y 30 pisos de tapadillo desde el 2015.

«No hablamos de cuatro puteros, eso no sostiene semejante industria», razona, desde Santiago, una joven venezolana que rechaza publicar su «nombre social» y eleva al 95 % su caída de ingresos. Los clubes de alterne y la calle, universo de asfalto y tacones, eran los otros focos de clientela hasta la espantada del covid-19. «Se cortó de raíz por razones obvias, en la vía pública bastó la presencia de patrullas. También cerraron los locales, se certificó con inspecciones en los primeros días y hacemos seguimientos. Ahora todo se mueve en pisos de citas mediante Internet. Ya era mayoritario antes de la crisis sanitaria y parece que seguirá subiendo», exponen en la Brigada de Extranjería y Fronteras de la Policía Nacional en Galicia. «Nos preocupaba que expulsaran a las chicas de sus clubes, que se quedaran en la calle, pero fueron casos aislados». El departamento no vive ajeno a la pandemia y sus agentes, en buena parte, se pasaron a seguridad ciudadana. «Se paralizaron plazos, atención al público, expulsiones... y la prostitución ni es ilegal ni está regulada, siempre fue la trastienda social».

Atención 24 horas

Daniela, de Rumanía, ejerce de bisagra entre ambas realidades. Una especie de ángel sin alas que ayuda con un teléfono, su experiencia y el abanico de recursos que abarca la Asociación pola Abolición da Prostitución (Faraxa). Ubica su sede en Vigo con un radio de alcance autonómico. Gracias, en parte, a Cáritas, Cruz Roja y otras muchas entidades. Daniela ejerce de mediadora desde hace un lustro y la pandemia es lo más parecido al fin del mundo que imaginó nunca. «Muchas mujeres están al límite, sin dinero ni para cargar el móvil, comer, tampoco tienen cuentas bancarias en muchos casos, han dejado de enviar dinero a sus familias. Sabemos que una chica llamó al 061 pidiendo ayuda y le preguntaron si tenía fondos, se asustó y colgó. Créame, la sociedad no lo ve, pero estas personas viven en el absoluto caos».

Una madama les advirtió que para alojarse con ella no podían pedir ayuda a servicios sociales

Faraxa contextualiza desde la experiencia. En el 2019, solo en su sede de Vigo, registró 3.500 visitas y atendió a 600 personas. 300 dentro de su proyecto de VIH y la otra mitad por prostitución. «Sobre 170 mujeres, unos 50 hombres y unos 40 transexuales. A mayores están las cifras de la unidad móvil, pero ahora teletrabajo y están en la oficina. No pude recogerlas por el confinamiento», concluye Daniela. La red de contactos y usuarios de la entidad permite saber qué se cuece, por ejemplo, dentro de los clubes cerrados. «Se les consiente quedarse alojadas, aunque con la coletilla ‘‘ya haremos cuentas’’. Pasando O Porriño hay un club muy visible que las aloja en otro próximo, en Cans, cerrado hace años. Según parece, a cambio de que ellas no soliciten ayuda a entidades o administraciones. Lo impuso la madama», desvela la presidenta del colectivo, Ana García Costas, antes de añadir: «Supimos de alguna chica a la que dejaron en la calle, sus locales cerraron y se vieron sin dinero ni para alquilar una habitación. ¡Nada! Contactamos con los ayuntamientos de Vigo y el área para conocer sus recursos y comprobamos su buen hacer. Con o sin partidas específicas para estas circunstancias, se implicaron siempre». Pero García Costas, por su condición de abogada con experiencia en asuntos de trata, sabe muy bien hasta dónde se extiende la metástasis del sexo de pago, ya indisoluble del trapicheo. Todo lo que sea menester para contentar a clientes capaces de fundirse cientos de euros en pocas horas de sudor y disparos de coca. Un binomio viciado que la Guardia Civil y la Policía Nacional conocen al dedillo en sus demarcaciones.

Formas de captar

La Brigada de Extranjería y Fronteras explotó en junio del 2019 una impecable investigación en la ciudad del Apóstol que bien podría ser el paradigma de semejante escenario delincuencial. Desmanteló una red de pisos con mujeres captadas en Paraguay, principalmente mediante cantos de sirena que profetizaban, ya en España, el paraíso. «El viaje costaba 3.000 euros pero luego, aquí, la deuda crecía: peluquería, vestidos, ropa, lencería, casa, comida... Hay organizaciones que incluso les cobran intereses. Se endeudan de por vida», recuerdan en la investigación. El chantaje emocional se estila igualmente: «Les dicen que podrán enviar dinero a la familia, eso lo puede todo. Una de las chicas, girando 100 euros al mes, posibilitó que sus padres hicieran una casita ¡100 euros al mes!».

Lo de seducir voluntades con promesas de felicidad se estila principalmente en Sudamérica. «Ya en África recurren a la magia negra, al vudú. Las coacciones con violencia física responden a un patrón más extendido en Europa del Este. Rumanía incluso exporta su particular fórmula de sometimiento, conocida por lover boys [chicos del amor]», añaden en Extranjería antes de recuperar una anécdota que dimensiona la complejidad de la atmósfera marginal: «Estos rumanos, especialmente machistas, conquistan mujeres, las convencen para que ejerzan y, de paso, los mantengan. Incluso llegué a presenciar los reproches de uno: ‘‘Pero tú, desgraciada, vas a permitir que yo duerma en un coche porque tú no sabes hacer el trabajo y ganar lo suficiente’’. Da miedo, ¿a que sí?».

Los clubes, cerrados, permiten quedarse a las mujeres, pero les advierten: «Ya haremos cuentas»

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