Nicolás Taboada Leal, Vigo y los anticontagionistas

En 1833, fue el primer médico que diagnosticó el cólera en España, pero fue perseguido por negacionistas de la ciencia


Nicolás Taboada Leal fue el primer cronista oficial de Vigo, autor en 1840 de su Descripción Topográfico Histórica, un hito en la historia de la ciudad. Pero también fue un eminente médico, que tuvo que padecer una confabulación de ignorancia e intereses económicos que le hicieron perder su cargo en la segunda oleada de la epidemia de cólera en España, la de 1848. Sus enemigos fueron los negacionistas de la época, los grandes propagadores de fake news del momento: una corriente de médicos conocidos como los anticontagionistas, que negaban que los microbios pudieran transmitirse de persona a persona. No tenían razón, pero consiguieron amargar la vida de Nicolás Taboada.

Quizá las envidias profesionales pudieron estar detrás de esta persecución. No lo sabemos. Pero lo cierto es que Taboada había sido el primer médico en diagnosticar en España un caso de cólera morbo-asiático, en la primera epidemia, la de 1833. Su paciente cero fue un ciudadano vigués, Fernando Conde, vecino de O Areal, que enfermó en una de las pandemias más devastadoras de la historia de la humanidad. Conde abrió la lista de más de 300.000 víctimas que se cobró la primera oleada colérica. A lo largo del siglo XIX casi un millón de españoles morirían por una bacteria que llegó al puerto vigués como un pasajero más.

Desde Vigo, el bacilo Vibrio cholerae se extendió luego por Galicia y llegó a Madrid, provocando una hecatombe. En 1834 había 1.394 poblaciones afectadas en España. La enfermedad provocaba muertes fulminantes por deshidratación tras terribles diarreas. Y desató una auténtica histeria, con las autoridades desbordadas por los acontecimientos. La vida económica quedó paralizada en muchas zonas. Se establecieron los llamados cordones sanitarios para aislar enfermos o barrios enteros de las ciudades.

Una propuesta: aislar a la gente

Nicolás Taboada estaba convencido de que la enfermedad se transmitía por contacto humano. Así lo escribió en 1848, durante la segunda oleada colérica, en un documento muy avanzado para su época, Informe sobre cólera-morbo asiático, donde proclama que «los medios únicos, seguros e infalibles para impedir la introducción del cólera en cualquier país son el aislamiento, la completa incomunicación con los lugares y personas infectadas, como también con sus efectos». También proponía medidas preventivas, como hospitales de cuarentena o cierre de puertos.

Hay que tener en cuenta que, hasta medio siglo más tarde, en 1884, no se supo que la enfermedad la provocaba un bacilo, que fue bautizado como Vibrio cholerae por su descubridor, Robert Koch, el mismo que identificó la tuberculosis. Y, aunque la creencia en el contagio estaba ya muy arraigada en medicina desde el siglo XV, y aun antes, fue en el siglo XIX cuando comenzaron a extender sus ideas los llamados anticontagionistas, que defendían que las epidemias avanzaban por aguas estancadas o materiales contaminados y nunca por transmisión de persona a persona.

Para liarla todavía más, hubo incluso un matiz político en esto, como recuerdan historiadores de la ciencia como Qim Bonastra o Pasqual Bernat: muchos liberales se alinearon con los anticontagionistas porque el cierre de puertos perjudicaba los negocios de la burguesía. Paralelamente, los enfermos eran sometidos a terapias inverosímiles, como el sangrado, que aceleraba su muerte por deshidratación. Aplicaban también lavativas. Y no faltaban ensalmadores, que decían que curaban la enfermedad con extraños ritos y oraciones. Al tiempo que los pícaros del momento vendían frascos de aguachirle como remedios milagrosos -unos auténticos adelantados a la homeopatía-.

En el centro del debate médico, los negacionistas estaban en contra de aislamientos, lazaretos o cuarentenas. Y en Vigo triunfaron en 1848, cuando consiguieron que Nicolás Taboada fuera expulsado de todos sus cargos. Aquí hubo también un interés económico: las ideas anticontagionistas servían magníficamente a los intereses de muchos industriales vigueses de la época, que no querían ver cerrado su puerto y la entrada y salida de mercancías.

Algunos defensores

En favor de Taboada se alzaron significativos médicos y profesores de la Universidad de Santiago de Compostela como Antonio Casares, Vicente Martínez de la Riva, Florencio Cobián, José Montero Ríos y el médico militar Antón Noguerol Soto, todos partidarios de que existía la enfermedad y que se transmitía entre humanos.

Finalmente, el insigne médico nacido en Viveiro pero vigués de adopción y pasión, terminó siendo restituido en sus cargos. Y los negacionistas tuvieron que rendirse a la evidencia. El cólera se contagiaba entre personas. Y la cuarentena o el cierre del comercio eran las fórmulas para contener su propagación.

Seguro que de toda esta historia podemos encontrar algunos inquietantes paralelismos para los días terribles que estamos viviendo…

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