La rebotica donde se refugiaban los galeguistas

Tres generaciones de la misma familia han pasado por la farmacia Crespo, que cumple 80 años de historia


vigo / la voz

En 1940, el abuelo de Carmen Quinteiro Crespo, actual titular de la farmacia Crespo, en la señorial y durante décadas ignorada y ahora maltratada calle Elduayen, se la compró a Miguel Carrascal, el boticario que se trasladó a la calle del Príncipe y cuyo nieto tiene ahora la farmacia de mismo apellido en la calle López Mora. La del abuelo de Carmen se diseñó en 1955 «y desde ahí no se ha cambiado. Mismos muebles, mismos mostradores, mismo suelo», asegura añadiendo que ese pavimento de apariencia insignificante, con listas de metal dorado, se hizo in situ a medida, con un cemento especial, y lo hizo el mismo artesano que se ocupó del Cine Fraga.

Por la farmacia pasaron, además de miles de clientes a lo largo de su historia, unos cuantos empleados que dejaron huella en un barrio entonces muy concurrido, céntrico, con el tranvía pasando por delante, calles del Casco Vello alto llenas de vida y a unos pasos, una vida paralela protagonizada por marineros atraídos por el imán de la prostitución.

La madre de Carmen, que se ocupó de la farmacia cuando la dejó su abuelo y hasta que se jubiló y la retomó ella, recordaba trabajadores muy queridos, como Concha, «que puso inyecciones a todos los niños del barrio» y además, según se contaba «conseguía antibióticos, muy difíciles de encontrar, que proporcionaba y ponía a las prostitutas. Y si tenían niños, los colocaba en familias que pudieran mantenerlos». Otros empleados que también se fundieron con el barrio fueron Moncho Larrañaga, Lucía y Amalia, que empezó con 14 años y se jubiló hace dos.

De la época de su abuelo, cuenta lo que le han contado muchas veces su madre, Carmen Crespo, que era la típica botica con tertulias de rebotica como había entonces, y más siendo el ourensano don José Crespo de la Campa amigo de los hermanos Del Riego, el farmacéutico Domingo y el intelectual don Paco. Por allí pasaron personalidades del galeguismo, eruditos como Álvaro Cunqueiro, que en la misma rebotica hablaban de todo pero en gallego, cuando estaba prohibido hacerlo.

Su madre, que hizo la carrera en la Universidad De Santiago, como su abuelo y ella misma, trabajó un tiempo en la institución académica compostelana hasta que don José falleció, lo que la devolvió a Vigo para seguir con el negocio en el que, como anota su hija, «ya le pilló una época totalmente distinta, mucho más complicada en el Casco Vello de Vigo», la de los 80 de la droga, la delincuencia mezclada con una prostitución agravada por la toxicomanía de las víctimas de la trata.

Así que su madre y su padre, ambos nacidos en la calle Elduayen, se hacían compañía para sentirse más protegidos en las guardias nocturnas jugando a las cartas en la trastienda con la empleada Amalia.

La actual farmacéutica compartió mostrador con su madre un tiempo, pero luego de pasar unos años en Madrid completando su formación, ya tomó el relevo generacional el año pasado, aunque con ella trabaja también la farmacéutica Loli Lojo. La profesional apunta que el futuro de la farmacia en este momento es muy difuso. «De aquí a unos años no se sabe cómo será y desde luego nada tiene que ver ya con la época de mi abuelo», advierte añadiendo que fue él el presidente fundador de la cooperativa farmacéutica Cofano. A la situación actual se une la crisis del coronavirus, en el que la profesión trata de paliar la incertidumbre general con información y paciencia; y una calle en rebeldía contra el proyecto municipal que pretende hacer un túnel bajo sus pies, «una obra totalmente innecesaria, que pone en peligro los edificios. Ahora, con este desastre sanitario que traerá unas consecuencias económicas muy graves, esperamos que no se les ocurra seguir con un proyecto que cuesta 18 millones de euros», reflexiona la joven boticaria de una familia llena de miembros integrados en el sistema sanitario, ya que además su padre es médico y su hermana, veterinaria.

Una sola reforma

Dónde está

Elduayen 37. El local conserva el diseño de su única reforma, realizada en los años 50.

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