«Somos los que calmamos los ánimos»


No es fácil ser bedel en un mundo donde los chicos entre los que trabajas tienen que buscar en el diccionario el significado de tu profesión. La de conserje, sinónimo que también ignoran, por escasa, es uno de esos oficios en vías de extinción que ya solo se mantienen en comunidades de vecinos de alto standing y sin miedo a la derrama extra, y en los edificios públicos cuyos servicios se pagan entre todos los contribuyentes. Entre ellos se encuentran los colegios e institutos de enseñanza. Allí hallamos a los bedeles y nos acercamos a ellos como un entomólogo aproxima su lupa a un espécimen raro. Paulino Fernández tampoco tiene pinta de ser un mutante imaginario, como Gregorio Samsa. De hecho, lo más raro que le pasa a este redondelano de Chapela, --población tan cercana a Vigo, que si vas a mucha velocidad por el barrio de Teis y enfilas Travesía de Vigo en cuarta, ya te has salido del mapa olívico y estás en el paraíso del choco en su tinta-, lo más raro, decíamos, es que adora su trabajo. «Me encanta ser conserje», afirma, «porque es una tarea que basa buena parte de su éxito en las relaciones humanas», cuenta. Paulino lleva ahora ya nueve años como conserje del IES Paralaia, en la localidad marinera de Moaña, frente a Vigo cruzando la ría. Allí recaló tras conseguir plaza fija en unas oposiciones, tras rotar de puesto en puesto de forma temporal como interino en numerosos centros educativos, desde el IES Monte Carrasco, de la vecina Cangas do Morrazo, al IES Terras de Turonio, en la localidad valmiñorana de Gondomar, o el vigués CIPF Manuel Antonio. Así que el bedel ha bregado ya con tanto alumnado, que sabe que para ser el alma del centro, solo tiene que ser como es y comportarse como él quisiera ser tratado en pasillos llenos de luz que, a poco que cambien las nubes, pueden ser el escenario de jornadas tenebrosas.

NIEVES Y CARLOS

Es ahí donde no duda en señalar que nada sería igual de fácil sin sus compañeros Nieves y Carlos. Con ellos dos se turna en la tarea del bedelismo, ya que en su insti hay jornadas de mañana y tarde, y horario de estudio nocturno para adultos. Paulino se deshace en elogios para sus colegas «porque con ellos el trabajo ya no solo es que sea más fácil, es que es mucho mejor cuando alcanzas una sintonía así», afirma. Él, que estudió en el IES A Guía, en Vigo, se acuerda bien del bedel que tenían en su instituto y reconoce: «Éramos un poco cabroncetes con él», mientras recuerda una anécdota relacionada con un teléfono de esos en los que había que meter el dedo y girar para marcar cada número (un milagro inexplicable para millennials). Paulino, que también trabajó de jardinero durante una temporada, admite que sus tareas parecen fútiles, que si fotocopias por aquí, que si manojos de llaves por allá, pero alguien tiene que hacerlas y además, hay un plus de creatividad porque cuando algo hace falta y nadie sabe dónde buscarlo, acuden a ellos. «Somos buscadores de soluciones y apaciguadores de conflictos, porque cuando alguien entra por la puerta porque ha habido algún problema, nosotros los recibimos y antes de pasar a algún despacho, ya vamos tratando de que se tranquilicen», dice, por ejemplo, con relación a los muchos padres a los que ha recibido y calmado antes de entrar en el despacho del director.

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