«Los vigueses son diligentes, industriosos, alegres y refinados»

El escritor y viajero inglés realizó en 1843 un inédito retrato de la ciudad en el que se maravilló con la belleza de la ría


Vigo

E n 1843, un viajero inglés se enamoró de Vigo. Se llamaba Samuel Edward Cook, aunque firmaba usando el apellido de su madre: Sam Widdrington. Conoció mundo como marino en la Royal Navy, y más tarde recorrió España de punta a punta, para describirla en varios libros de viajes. El más notable fue España y los españoles en 1843, que publicó ya como miembro de la prestigiosa sociedad geográfica The Royal Society.Widdrington dejó notas emocionadas sobre su estancia en Vigo en aquel año, aunque curiosamente su nombre está prácticamente inédito en la historiografía local. En este reportaje, traducimos por primera vez todo el pasaje, cargado de notas pintorescas.

El paisaje de la ría de Vigo, entrando desde Redondela, deja atónito a nuestro viajero: «Hay poco en Europa tan hermoso o que mejor recompensaría a un pintor de paisajes que dedicar algún tiempo al novedoso material que se puede obtener de esta encantadora región», afirma: «Las rocas son principalmente graníticas, y hay una gran abundancia de los manantiales más hermosos que es posible imaginar».

El día anterior, en Pontevedra, ha sufrido un triste contratiempo, al ser detenido e interrogado. Las autoridades quieren saber por qué viaja por España y temen que sea un espía. Pero en la ciudad olívica, todo cambia: «Vigo y los montes que la rodean son algo insuperable; apenas hay en Europa algo tan hermoso», escribe. Además, «las gentes de este lugar y de los parajes vecinos constituyen un pueblo diligente, industrioso, alegre, de buena presencia y refinado». De hecho, cree haber cambiado de país, porque la gente es «muy diferente a los que encontramos en el interior hacia Santiago, que parece que pertenezcan a otra región».

En la ciudad visita la actual concatedral de Santa María, que llama su atención. Acaba de ser inaugurado cinco años antes el edificio neoclásico, en 1838. «Como en otros lugares, las iglesias antiguas son los principales objetos de curiosidad», escribe Widdrington; «aquí, la principal atracción es una iglesia moderna e inacabada. Es un templo con una doble fila de columnas nobles, a cada lado, que sostienen la nave, con forma de arco, completamente de piedra. El interior es bastante sencillo, y para muchas personas podría parecer desnudo y sin adornos, pero el efecto arquitectónico es muy noble».

Widdrington se aloja en la «principal y creo que única posada, que es tolerablemente buena, pero deficiente en las comodidades del alojamiento», pese a que apunta que Vigo acoge a los pasajeros de los buques de transporte que recalan en su puerto.

En la mesa, es colmado de atenciones por sus anfitriones. «Parecen tener todo en abundancia, excepto el vino; ya me dijeron que, a pesar de los mayores esfuerzos realizados, y muchos experimentos intentados, habían encontrado imposible hacer algo de buena calidad».

El viajero inglés anota que la ciudad está «llena de catalanes», que tienen negocios de comercio de algodón, aunque sospecha que la mayoría de estos tejidos «fueron suministrados por sus amigos franceses, y luego reconocidos como producto de telares españoles». La principal obra en marcha en Vigo es la nueva carretera a Madrid, «que pasará cerca de Tui y de allí por Ourense». La Junta de Pontevedra acaba de destinar 30.000 dólares para esta obra, pero Widdrington anota que estuvo a punto de desbaratarse por las rencillas y enredos desde el norte de Galicia: «Hubo una considerable oposición a este proyecto por la gente de Coruña, y otros lugares en el norte de Galicia, aunque se han superado y una parte de la obra ya está realmente avanzada», anota.

Y termina avisando a sus compatriotas que Vigo es la mejor puerta de entrada en España: «Si la carretera es completada, será la mejor comunicación entre Londres y Madrid, permitiendo desde Vigo alcanzar la capital de España en treinta horas, aproximadamente. Y solo son cuatro días desde Vigo a Southampton».

Y aquí termina el relato del viajero Widdrington, que embarca en Vigo hacia nuevas rutas. Es un testimonio del que apenas hay noticia en la historiografía local. Y un relato apasionado de un viajero inglés encantado con nuestra ciudad en 1843.

eduardorolland@hotmail.com

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«Los vigueses son diligentes, industriosos, alegres y refinados»