De luces y de sombras


Un mes antes de la fiesta de Navidad, las ciudades se engalanan con una orgía de luces, con iluminaciones que quiebran la noche anticipándonos los días luminosos que llegarán cuando el inverno se diluya en las tardes crecidas de la primavera.

Las ciudades se uniformizan vistiendo los árboles con trajes iluminados con multitud de luces led, que convierten las alamedas en un bosque animado y feliz como salido de un relato infantil de Perrault. Las calles del centro se lucen reflejadas en las miradas de los viandantes que, boquiabiertos ante las arcadas con secuencias lumínicas que dirige un ordenador, convierten rutinas en fantasía. Y entre sí compiten Málaga con Vigo o Alicante y Barcelona con Madrid, a causa de una empresa de Puente Genil, que proclama cada año que en este lado del mundo es Navidad aunque haya que adelantar las fechas de las celebraciones tradicionales.

He estado recientemente en Málaga, donde las luces del centro urbano son una agradable sorpresa que me hizo sentir Peter Pan, recordando las cartas que Tolkien escribió a sus hijos durante las vísperas navideñas desde un impostado Papá Noel, y en el umbral de una edad ya provecta volví a sentirme niño.

No había sombras en aquella noche que anticipaba el solsticio de invierno desde un diciembre casi recién inaugurado, y mi memoria voló hasta Suecia, donde por Santa Lucía conmemoran la fiesta de la luz y en la noche del 13 de diciembre las doncellas adolescentes portan en su cabeza una corona floral con seis velas encendidas para salir ritualmente de la sombra alargada del invierno.

Por Santa Lucía, el 13 de diciembre, donde se ubicaba antaño la Navidad, atestigua el refranero español que mengua la noche y crece el día, mientras en Vigo la noria navideña gira despaciosamente caminando entre la luz, recorriendo los días que restan hasta la Epifanía de los señores Reyes orientales.

Las sombras están recogidas en la avaricia dickensoniana del viejo Scrooge, en la llamita de la cerillera de Andersen, mientras en las plazas de las ciudades y pueblos de España florecen cucuruchos invertidos de luces de colores que recuerdan el abeto campesino y popular de Nadal.

Pese a todo, a pesar de la inversión municipal acaso excesiva, y al retorno económico que anuncia desde Vigo el alcalde Caballero, yo, en los días del Adviento miro al cielo cada noche, para ver la estrella, el cometa que nos guía y que indica dónde está Belén, y las sombras nocturnas se llenan de luz.

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