Deslumbrante


Ayer estaba yo en el zoco de Marrakech y un comerciante bereber me preguntó por las luces de Vigo. «Español, ¿de dónde?», dijo. «De Vigo», le respondí. «Ah, sí, ¡las luces de Vigo!», exclamó convencido aquel mercader del Alto Atlas mientras intentaba venderme unas baratijas. A las puertas del Sáhara, a 1.600 kilómetros de la Porta do Sol, en la ciudad imperial de los almohades, los almorávides y los saadíes, mentaban la iluminación navideña para colocarle al turista unas babuchas.

No es un caso único. El gran fotógrafo vigués Jorge Lens hizo una visita de trabajo el pasado año a Honduras y lo entrevistaron en la televisión estatal. La primera pregunta fue: «¿Qué tal las luces navideñas de Vigo?». El fenómeno había llegado también a Centroamérica.

Porque, en general, la fiebre está muy extendida. ¿Quién no tiene amigos o familiares en cualquier punto de España que le preguntan con sorna por las luces? ¿Quién no ha sentido esa inquietante mezcla de orgullo y bochorno?

Aunque, si la conversación global hoy está en las redes, lo que da la vuelta al mundo son los memes. ¿Pero cuántos nos llegan cada semana haciendo bromas ‘with the lights, with the music and John Lennon’? Por no mencionar las horas y horas de televisión invertidas en España para retratar el fenómeno, incluso con los telediarios en directo mostrando los mosaicos de colores de fondo.

Pero, para pulsar el fenómeno, hay otro dato definitivo: los taxistas están de buen humor. Pese al siempre horrible tráfico navideño, conversan ahora encantados. Es inaudito. Porque trabajan muchas horas, pero ahora ven algo de dinero con la avalancha de visitantes. Y eso alegara a un taxista aquí, en Marrakech y hasta en Tegucigalpa.

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