Norberto Velázquez Moreno, empresario pero no filántropo

Era un capitalista sagaz que, en sus acciones, primaba los negocios y los beneficios que estos daban


Vigo

Hace ya algunos años, el entonces cronista oficial de la ciudad Lalo Vázquez Gil público un interesante libro, As rúas de Vigo. Orixe, historia, nomes (1989). Le dedicó en él unos enjundiosos párrafos a la figura de Norberto Velázquez Moreno, a quien la corporación municipal viguesa dedicó en 1906 una calle conocida antes como A Fervenza ya urbanizada en la década de 1880. El personaje ha merecido la atención de algunos historiadores locales, pero creemos necesario ahondar un poco en la vida y obra de quien dio nombre a un céntrico vial, desconocidas para muchos vigueses.

Nació nuestro hombre en 1770 en la localidad riojana de Ortigosa de Cameros (obispado de Calahorra), al igual que otros exitosos negociantes llegados a la ciudad olívica, como varios Pastor, De La Fuente, etc., algo anteriores a él. Contrajo primeras nupcias ya instalado en Vigo, en 1790, con la compostelana María Albín Pose, de familia no pudiente que no dejó ninguna huella en la ciudad. Fallecida en 1819, cinco años después se casa con doña Josefa Coppa Pastera, hija de Felipe Coppa, sargento de inválidos retirado metido en pequeños negocios, y doña Brígida Pastera, de Seveliano, Piamonte (Italia). Esta última, que vivirá hasta 1840, debió de ser mujer de arrestos, pues es de las contadísimas féminas que se hacen cargo del establecimiento a la muerte del marido.

Tuvo cuatro descendientes, emparentadas las hijas con comerciantes (María Dolores con E. Torres Moreno, asimismo de Ortigosa, y Rosa Vicenta con Manuel A. Rubín, de Redondela), y el varón que sobrevivió, también Norberto, fue alcalde de Vigo (1863-1864), constando entre los 50 mayores contribuyentes de la provincia de Pontevedra por la clase de comerciantes en 1860. También fue primer edil el hijo de este Norberto Velázquez Barrio (1890). Más tarde, esta línea marchó a vivir a París.

Algunos autores quisieron darle un aire filantrópico a su obra, pero lo cierto es que, como buen empresario, lo que primaba era el negocio y los beneficios. Hay que calificarlo sin duda de capitalista muy sagaz.

En 1832, construyó el primer teatro que hubo en Vigo, esquina de la plaza de la Alhóndiga (Princesa) con Antequera (absorbida por la Porta do Sol), el cual funcionó hasta al menos 1880; será lugar de ocio para la pujante burguesía local. N. Taboada Leal (1840), exageraba al definirlo: «este edificio que sin contradicción es el mejor de Galicia hoy en día…»; los munícipes, más comedidos, lo calificaban (1833) de «muy regular». Este erudito consigna que levantó una casa de baños de mar en A Ribeira de O Berbés; efímera, de madera seguro, debió tener poca vida. A su lado, pegado al convento de San Francisco, erigió un sólido matadero de piedra bien ventilado, de larga existencia, para beneficiarse del abasto de carne a la población.

Sin embargo, será recordado como «asentista» (constructor) del lazareto de San Simón (1839-41), motor económico del Vigo atlántico de la época, con un fabuloso presupuesto inicial de 1.368.415 reales, que luego se multiplicaría; en el contrato quedó como único encargado luego del abastecimiento de bastimentos y transporte de las islas; olía el negocio. Ya en 1801 era propietario de la balandra Nuestra Señora del Carmen, de 40 toneladas de porte, preparada para el transporte de mercancías por el Atlántico y otros mares.

En los primerísimos años de 1800 era todavía un comerciante bastante modesto. Él mismo manifestó que todos sus negocios fueron posteriores al segundo matrimonio; así, en los censos electorales de la década de 1840 aparece como el tercer vigués con mayor fortuna, un auténtico potentado de su tiempo, y no es de extrañar. Hombre de querencia política absolutista (con ella había crecido). Concejal desde 1808, la «francesada» y la etapa constitucional gaditana lo descabalgan, hasta que Fernando VII, de propia mano, decide reponer en 1814 a las corporaciones anteriores a la etapa napoleónica, conservando el asiento hasta que se abre paso el Trienio Liberal (1820-1823). Luego, en la Década Ominosa ya no retorna a la vida pública.

Finó, anciano, en su casa de Santiago de Vigo el 4 de octubre de 1852. Según el también Cronista Espinosa Rodríguez, la corporación municipal cedió un mausoleo para sus restos y le dedicó una placa en el cementerio de Pereiró (fue enterrado en Picacho), que dice: «En grata memoria por las obras públicas con que inauguró el lazareto de San Simón, y engrandeció está Ciudad. Su Ilustre Ayuntamiento concedió a la señora viuda e hijos del difunto, la creación de este distinguido cenotafio». Sin duda, un vigués para el recuerdo.

Historiador y miembro del Instituto de Estudios Vigueses.

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