Tiempo de grandes genialidades

Los doce años de mandato de Manoel Soto quedan también para el recuerdo por un anecdotario difícilmente olvidable


Cuando, en 1999, Manoel Soto Ferreiro regresó a la política, posó para su primera entrevista tocado con una gorra de Bon Jovi. Aquella pose rockera estaba en la esencia del personaje: nunca pasó desapercibido. Fue desde las primeras elecciones de 1979 un animal político con un instinto enorme. Y por ello dejó también anécdotas inolvidables. En su haber, se ha recordado estos días la llegada de la universidad, la transformación urbana, los grandes monumentos, el desarrollo de las parroquias… Pero será difícil olvidar a O compañeiro por momentos que no sabríamos si calificar de pintorescos o geniales.

Por ejemplo, fue idea de Soto traer a Vigo un pingüino. Durante unos meses de 1983, el pobre animal vivió en el zoo de A Madroa confinado en un recinto de baldosas regado por unos aspersores hasta que sucumbió a los calores del verano. Un monte vigués no era el mejor hábitat para un bicho que vive a 15 grados bajo cero. Muchos dijeron que el pingüino había sido un regalo del pueblo de Narsaq, en Groenladia, donde aquel mismo año viajó el alcalde para hermanarnos con sus 1.600 habitantes inuits. Al año siguiente, su alcaldesa nos devolvió la visita, en otra cumbre del surrealismo de las que tanto abundaron. La regidora, Agnette Nielssen, dijo que Manoel Soto le había parecido «un hombre muy amable y muy dinámico». Y añadió una frase de antología cuando le preguntaron por las diferencias entre Vigo y Narsaq: «La principal diferencia es que allí, cuando queremos tomar un güisqui, nos sobra el hielo». En todas las fotos, la señora aparece fumándose un puro. Nielssen llegó rodeada de tres concejales y sus palabras habían de traducirse a cinco idiomas. Manoel Soto hablaba gallego, un funcionario lo repetía en castellano, un intérprete lo volcaba al inglés, un concejal de Narsaq lo traducía al danés y la alcaldesa lo decía finalmente en inuit para sus ediles esquimales.

Todo aquello pareció rocambolesco, pero tenía una justificación: el instinto político de Soto. Detrás de aquella astracanada, había un intento serio de conseguir nuevos caladeros para la flota pesquera viguesa y quién sabe si la construcción de barcos en nuestros astilleros.

Pero si una impronta dejó Soto fue la de «el alcalde de la Movida». Es inolvidable aquel «Madrid se escribe con V de Vigo», eslogan que nació en el thinktank de la agencia Ecovigo. En septiembre de 1986, bajaron de un tren en condiciones indescriptibles un puñado de artistas entre los que se contaban Alaska, Carlos Berlanga, Ana Curra, Alberto García Alix o Fabio Macnamara quien, en la fiesta de clausura en el pazo de Castrelos, lanzó un botellazo a una colega, que terminó en el Hospital Xeral con tres puntos de sutura en la cabeza. La anécdota da una idea del tono de tan magno encuentro.

Tal vez animado por la experiencia, cuatro meses más tarde, el 5 de enero de 1987, Soto ideó que los Reyes Magos llegasen a su cabalgata en globo y a punto estuvimos de matarlos, como recuerdan los actores Morris y Manquiña. Y quedan en la memoria los grandes conciertos de Castrelos, que O Compañeiro entregó al pop-rock, a veces con resultados lisérgicos, como cuando el público tiró la valla del recinto en un concierto de Siniestro Total. O con la batalla campal en que derivó un concierto de The Lords of the New Church.

Pero el lema de Soto que queda para siempre fue uno ideado por él mismo. «El autor fui yo... un día nos reunimos para pensar un lema hasta que dije: ‘Por un Vigo mellor’. ¡Ya está! Es un lema sin connotaciones políticas, que implica a todo el mundo, sencillo y sin partidismos», me contaba en entrevista hace años. Una legión de operarios, armados con plantillas de cartulina, rotuló medio Vigo con aquella frase: bancos, canastas de baloncesto, columpios, marquesinas del autobús…

Tampoco olvidaremos su interés por ornar la ciudad, sobre todo en su último mandato. En la Praza do Rei colocó una indescriptible construcción en piedra, con una puerta metálica siempre cerrada. Lo bautizó como O Pensódromo. Según explicó en su inauguración, era un «espacio para pensar». Estaba claro que él no lo necesitaba: siempre estaban argallando algo.

Cuando encargó los caballos de la plaza de España, nos llevó a unos periodistas al estudio del escultor Oliveira en Tui. Allí apareció Soto con el artista, cargando ambos una especie de grandes huevos de avestruz de color marrón. Eran los moldes en cera para los testículos de los caballos. Luego, nos ofrecieron un soplete y un punzón. Y por esta razón desde los 21 años tengo mi firma grabada en bronce en las gónadas del segundo caballo contando desde arriba. Aquel día también anunció que la escultura iba a incorporar un rayo láser que se vería «a 100 kilómetros de distancia». Ideas le sobraban.

En sus tres legislaturas, sumó anécdotas que otros, quienes las vivieron de cerca, sin duda habrán recordado estos días. Pero todos estarán de acuerdo en algo: sabía ser encantador. Era cordial y de una afabilidad insuperable. También era un político con instinto y una máquina de ideas, mejores y peores, algunas hilarantes, casi todas inolvidables.

Y, por cierto, aunque se siga publicando así, el pingüino no era de Narsaq. No hay pingüinos en el hemisferio norte. El pintoresco inquilino de A Madroa fue un regalo a Soto en otro viaje en las mismas fechas, pero a Argentina. Y sí, no lo dudó un segundo: se lo trajo hasta Vigo.

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