El «crecimiento azul» del Puerto de Vigo parece más bien gris

El tráfico marítimo es la segunda fuente de emisión de gases de invernadero en la ciudad


Amigos da terra vigo@tierra.org

El tráfico marítimo es la segunda fuente de emisión de gases de invernadero en Vigo. Con los últimos datos disponibles, de hace más de una década, que publicó en un estudio multidisciplinar la oficina del Valedor do cidadán, las emisiones del transporte marítimo en Vigo, contando solamente pasajeros y mercancías, equivalen a 5.800 toneladas anuales de CO2 sin contar el sector pesquero, en donde se concentra la mayor parte de nuestras emisiones, nada menos que 297.000 toneladas anuales. Todo esto nos ofrece una bonita cifra final: el conjunto del transporte marítimo en Vigo supone la emisión anual de 302.800 toneladas de CO2. Para que las cifras fueran redondas tendríamos que añadir el tráfico estrictamente portuario por carretera. Siendo optimistas, unas 800 toneladas más.

Haciendo un reparto equitativo nos tocaría a una tonelada y pico por vigués y viguesa al año, que no está mal, pero todo se puede superar. Esta semana el Puerto nos comunicaba una excelente noticia: Vigo se hace con el transporte y descarga de la fruta de Sudamérica. Buena noticia para la economía local, pero que inevitablemente quienes nos creemos que estamos ante una emergencia climática (formalmente desde el pasado jueves todos los países de la Unión Europea, por ejemplo) no podemos eludir analizar su impacto climático porque, a día de hoy, un 75 % de nuestras importaciones de alimento llegan a diferentes puertos, efectivamente, por vía marítima.

La cifra total, como en su día publicamos en un informe elaborado por las universidades de Vigo y Sevilla y Amigos de la Tierra, es tremenda: solo el transporte de alimentos, sin incluir su producción y redistribución, es decir, exclusivamente mover desde sus países de origen hasta el nuestro los alimentos que recorren una distancia media de 5.013 kilómetros, suponen la emisión a la atmósfera de 4.740.000 toneladas de CO2 cada año. Es decir, que, solamente por este concepto, a cada vigués y viguesa nos tocaría el equivalente a 118.500 kilos de contaminación per cápita anualmente. En el caso concreto de frutas y legumbres, importamos unas 4.414.000 toneladas al año, casi un millón de toneladas de CO2 solo por estos productos, que incluyen cosas tan exóticas en nuestras latitudes, si disculpan la ironía, como naranjas, manzanas, peras, garbanzos, alubias y lentejas. Si tienen curiosidad por comparar, la media española por habitante (en lo referente a contaminación equivalente por agricultura y pesca) está en 0,24 toneladas y la europea, en 0,17 toneladas. Con nuestra tonelada por ser humano tenemos un récord; lamentable, pero record al fin y al cabo.

Almacenar todo esto necesita espacio y frente a esa necesidad se puede optar por dos soluciones. Una, más sensata y ambientalmente responsable, sería reorganizar los espacios existentes en el puerto (y eliminar de esos terrenos cosas que poco tienen que ver) agilizar la distribución y poner en marcha de una vez el puerto seco con una comunicación vía ferrocarril (con diferencia el más sostenible). La otra opción pasa por aumentar los rellenos, seguir ocupando la lámina de agua y aumentar exponencialmente todos los impactos ambientales que ello conlleva y que afectarán tanto al ya muy dañado ecosistema como a los sectores primarios que dependen de la ría (esos puestos de trabajo parece que no importan). El Puerto de Vigo prefiere la segunda opción. Con la excelente relación bien acreditada (nuevamente disculpen la ironía) del presidente de la Autoridad Portuaria con los colectivos ecologistas suponemos que al señor López Veiga no le sorprenderá nuestra firme oposición a estos nuevos rellenos como ya dijimos en su día cuando presentó su proyecto de aumentar 115.000 metros cuadrados más de rellenos. Si todas estas actuaciones previstas por el puerto de Vigo se presentan, y se premian además como referentes de «crecimiento azul» no queremos imaginar como será lo que entiendan por un «crecimiento gris».

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