Elogio del castañeiro

Los mejores ejemplares de Vigo se encuentran en la finca de San Roque


Amigos da terra vigo@tierra.org

Pues ya se sabe que hoy tenemos un deber ciudadano ineludible: irnos de magosto, que no es incompatible con la cosa electoral, lo que nos brinda una excelente excusa para hacer un elogio de nuestros castiñeiros.

Todavía circula el mito muy extendido sobre su origen, que atribuye su llegada a nuestras tierras traído las tropas romanas. La cosa tenía su verosimilitud, por aquello de ser entonces un alimento básico para nuestros vecinos invasores, pero la leyenda se fue al traste cuando se empezaron a hacer estudios polínicos que localizaron polen de castiñeiros en Galicia al menos cinco mil años antes de la romanización. Nuestro primo es, por tanto, autóctono fetén. Otra confusión tiene que ver con sus primos, los castaños de indias (como los ejecutados en Gran Vía), que en realidad ni son castaños (más bien Arces) ni originarios de las indias, sino del sureste de Europa. El siguiente error con los castiñeiros tiene que ver con sus presuntamente deliciosos frutos que degustaremos abundantemente este fin de semana de magostos: en realidad, hace falta mucho valor (y mucha hambre) para atreverse a comer dichos frutos porque los susodichos son esos erizos llenos de púas que protegen sus semillas que, estas sí, son las que nos comemos. Y bien a gusto, porque producimos casi el 50 % de las castañas de la península. Pero nuestros amigos fueron tradicionalmente utilizados en muchas aplicaciones. Para empezar impedir que el cielo se desplomara sobre nuestras cabezas porque las vigas de castiñeiro sustentaron y lo siguen haciendo los tejados de buena parte de las viviendas tradicionales. Tan bien soportan la humedad que todavía, aunque al borde de la extinción, sobreviven heroicamente muchos talleres artesanos que utilizan su corte en láminas para cestería y las mejores patenas para transportar el pescado eran de ese material. Y no olvidemos sus usos medicinales, que gracias a su abundancia de taninos se recomendaban para curar desde las diarreas a la disentería (e incluso para enfermedades respiratorias).

Quien quiera ver los mejores ejemplares que todavía tenemos en Vigo, cosa que recomendamos hacer pronto, por si acaso, los pueden encontrar en la finca de San Roque. Los ejemplares más veteranos superan el siglo y medio de vida (unos bebés si tenemos en cuenta que pueden vivir más de mil años) otros ejemplares notables, y amenazados si se les da por atreverse a tapar la muralla, están en el Castro. Otros ejemplares más aislados están en la bajada a Samil, la calle Bravo y el camiño Pinelas.

Nuestros amigos tienen bastantes enemigos y no es el menor de ellos el abandono del rural que motivó que muchos soutos quedasen abandonados y fueran sustituídos por monocultivos forestales. El hongo conocido como «tinta del castaño» golpeó duramente nuestros soutos, aunque descubrimos que otro castaño de origen japonés resistía el ataque del hongo que se producía a través de las raíces. La ingeniosa solución de injertar en las raíces de castaños japoneses (cuyas castañas no son gran cosa) nuestros primos autóctonos solucionó en buena medida el problema. El último enemigo conocido es una especie invasora procedente de China, la avispilla del castaño (Dryocosmus kuriphilus se llama la criatura), que reduce la capacidad foliar del árbol y lo debilita hasta acabar con él.

En apenas una década nuestra amiga se extendió por toda Galicia, llegando a nuestro concello también. Por si estas amenazas no fueran suficientes, en el caso de Vigo tenemos que añadir una más que, por cierto, la RAE acaba de incorporar al diccionario: arboricidio. Se define como la tala injustificada de árboles. La RAE incorpora una nueva palabra tras constatar que su uso ya es frecuente. Si lo sabremos en Vigo. Quizás no es mala idea que, si acuden a un magosto, se guarden en el bolsillo algunas castañas (casi mejor antes de ser asadas). Y si pasean por el monte, hagan un agujerito y plántenlas. Algunas servirán de alimento a la fauna silvestre, que también lo necesitan, y otras, nunca se sabe si las encontrarán dentro de mil años convertidas en un hermoso árbol, que buena falta nos hace.

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