Dos policías gallegos


Estaban en Cataluña cumpliendo con su deber. Dos policías gallegos. Uno de Vigo, el que se encuentra en estado más grave; el otro, de A Coruña. Defendían el orden y la libertad. La de todos. Me permito insistir en este sustantivo: estos días, y durante cuarenta años, hemos oído a los voceros del independentismo y sus precursores (los nacionalistas) hablar constantemente de libertad. La suya. No han hablado estos días, por ejemplo, de la libertad de las personas secuestradas en su casa sin poder salir a la calle. Ni de la libertad de los que querían acudir a clases o a sus puestos de trabajo. Tampoco se ha nombrado la libertad de los conductores retenidos en autopistas, alguna cortada por una manifestación encabezada por el molt honorable president (¿Aún no lo han detenido?). Dos policías gallegos, y otros muchos, estaban en Cataluña defendiendo también esa libertad. Son de los nuestros. No solo de los gallegos. Son, fundamentalmente, de los que creemos en la democracia y hemos visto como ha sido pisoteada en las calles catalanas.

Dicen que protestaban contra una sentencia. O sea, contra el Estado de derecho que a pulso nos hemos ganado. Hablan de su «revolución de las sonrisas» y ocultan su lado amargo: el sectarismo, el supremacismo y otras formas totalitarias. La revolución de las sonrisas es la que se ha hecho en cuarenta años, verbigracia, en Galicia: hemos pasado de la tristeza y la oscuridad de la transición, tan ejemplar la española, a la luz de hogaño. Ellos, del cosmopolitismo al minifundismo cultural, o sea, humanista. Son el fruto de cuarenta años también: de adoctrinamiento e indolencia del Estado. De los unos y los otros. De derechas e izquierdas. Todos negociando con los pujoles y su heredad: condenados o en proceso para ser condenados por facinerosos. Ellos. Encomiando, una vez más, la libertad. Qué fácil es arrastrar a un pueblo enarbolando la palabra mágica. Miren hacia atrás. La historia nos lo cuenta al detalle.

El delirio independentista ha culminado su proceso disgregador e infame. Ha concluido porque han cumplido su verdadero sueño: herirnos. Y lo han hecho, una vez más, con la desidia del Estado. No lo digo yo, lo dicen otros. La policía arguye que los efectivos eran escasos. Los mossos aducen que sus medios no bastaban. Y la Guardia Civil, hasta el viernes mismo, se quejaba de que no los dejaban actuar. El presidente hablaba de moderación y proporcionalidad mientras más de trescientos agentes eran heridos. El ministro del Interior decía que se podía visitar Barcelona tranquilamente (él la visitó al sexto día). La izquierda iglesista o nacionalista, tan gallega, que la solución era política (¿Me quieren decir cómo se puede negociar con aquellos que cometen delitos e insisten en que los van a volver a cometer? ¿Usted negociaría con quién le roba y dice que le va a robar de nuevo?). En tanto, dos policías gallegos cayeron defendiéndonos: a todos. Defendían el orden. Y la libertad. La nuestra, también.

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