Cada vigués se come por semana el plástico equivalente a una tarjeta de crédito

Los únicos sitios donde no se han encontrado es donde todavía no se han buscado partículas contaminantes


Amigos da terra vigo@tierra.org

Están en la fosa de las Marianas (10.916 metros de profundidad) y en la cima del Everest (8.848 metros de altura) el lugar más profundo y el más alto del planeta. Están en las columnas de agua de todos los océanos del mundo y todas las tierras de cultivo. Por centrarnos en nuestro entorno los podemos encontrar en medio de la calle del Príncipe, en la cima del Galiñeiro, en el fondo del estrecho de Rande, en el césped de Balaídos o como nos acaba de descubrir el Parque Nacional, también en la playa de Rodas (y en el resto de playas de Cíes y en Ons, Sálvora y Cortegada, por si tienen alguna duda). Están dentro del cuerpo de la niña que está jugando ahora en la Alameda y en el de su abuelo que la está viendo sentado en un banco y en el del gorrión que en un árbol que todavía sobrevive a la humanización vía motosierra los observa a ambos. Lo podríamos resumir de otra forma: los únicos sitios en los que no hemos encontrado microplásticos es en donde todavía no los hemos buscado. Mi viejo amigo y maestro Raúl García, que trabaja en asuntos de pesca en WWF, nos refrescaba algunos datos: a día de hoy por cada diez kilos de peces que existen en el mar ya tenemos un kilo de plástico, pero la proporción crece vertiginosamente y en solo treinta años ya tendremos tanto plástico como peces en los mares. Solamente a los mares estamos vertiendo el equivalente al peso de seis autobuses por minuto, y del mar vuelve a tierra y a sus productores.

Cada vigués y viguesa nos comemos a la semana el plástico equivalente a una tarjeta de crédito. Afortunadamente una buena parte los eliminamos (ya se imaginan como) pero no todo y tampoco soluciona mucho porque esos plásticos que expulsamos se reincorporan a los ciclos de la naturaleza con lo que el proceso vuelve a empezar. Si es cierto que somos lo que comemos deberíamos añadir, si me disculpan, que somos lo que cagamos. Nuestros molestos vecinos llegaron para quedarse. Son elementos ajenos a la naturaleza y se van acumulando. Los primeros polímeros de PVC y de baquelita tienen más de un siglo de vida, y siguen aquí. Las primeras bolsas de plástico usadas en el mundo están a punto de cumplir también un siglo, y también siguen aquí.

El problema es que los microplásticos nacen y se hacen. Una buena parte, de momento la mayor, consiste en grandes objetos que poco a poco se van erosionando y rompiendo en trozos cada vez más pequeños, hasta llegar a esos 0´5 milímetros que los convierten en casi microscópicos, pero seguirán haciéndose más y más pequeñitos.

Otros, en un porcentaje en aumento vertiginoso, ya nacen como microplásticos. Están el las fibras sintéticas, en los abrasivos incorporados a pastas de dientes y cremas exfoliantes etc. Pero decíamos que los microplásticos continúan el proceso de hacerse todavía más pequeñitos. Ahora entramos en el universo de los nanoplásticos y aquí el límite es su imaginación porque para empezar están en el aire que respiramos. Estos días es noticia que se empiezan a recoger macroplásticos del mar para incorporar un poquito a botellas de refrescos «recicladas», bolsas e incluso ropa eco friendly. Convertir esa basura marina en artículos de lujo (verde, pero de lujo) incluso utilizando drones para buscarla por las playas en medio de zonas de especial protección para las aves, tiene un coste económico y ambiental desproporcionado si analizamos su huella ecológica global. Estamos desarrollando de manera entusiasta las soluciones más complicadas. La más sencilla, barata, ecológica y prioritaria: reducir al máximo el uso de plásticos hasta su completa eliminación, nos está costando un poco más. Permitan que no terminemos sin citar a nuestra entrañable emergencia climática. Seguro que esta cifra les sorprenderá: ¿Saben cuanto petróleo se utiliza para fabricar los diferentes tipos de plásticos? Apenas un 4%. Un problema tan inmenso con tan pequeña proporción. El resto lo estamos quemando. Intenten imaginar 50.000 millones de toneladas al año de combustibles fósiles lanzados a la atmósfera.

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