Marta Hernández, la enigmática escultora que pudo ser Leiro

La Escuela de Artes y Oficios de Vigo, donde se formó la artista que evitaba exponer, exhibe «Nadador» de 1970, obra del legado que guarda Remigio Davila


vigo / la voz

El silencio mediático en torno al legado artístico de Marta Hernández Cid (La Granja, Segovia, 1945-Vigo, 2013) se parece al de muchas otras autoras cuyas obras fueron ignoradas por la historia. Pero, en su caso, ella misma contribuyó al ostracismo, ya que, según coinciden familia y allegados, «nunca le interesó exponer ni tampoco vender, le costaba desprenderse de sus obras», afirma su hermana Olga.

Una exposición que repasa los 130 años de la Escola de Artes e Oficios de Vigo (EMAO) rescata su memoria con una pieza que llama poderosamente la atención al espectador, ya que su parecido con la serie Nadador de Leiro, que fue un encargo de Zona Franca, es más que evidente. La escultura, que también se llama Nadador, es un trabajo en bronce datado alrededor de 1970. Está hecha casi 30 años antes, pero no se conocieron; nunca hubo relación entre ellos y el artista cambadés nunca contempló las casi inaccesibles creaciones de Hernández, que vivía de su sueldo como operadora de la compañía Telefónica, empleo que nunca dejó.

«Cuando la obra de Leiro se empezó a instalar en la plaza de la Estrella, ella me llamó y me dijo: ¿Viste la pieza que están colocando ahí? ¿A que se parece? Pero él no vio antes su trabajo ni de broma, ni por asomo. Yo la conocía desde que hizo los bocetos y pasaron años hasta que las pasó a bronce». La hermana cree que «algo se comentó, pero ella no le daba importancia», asegura su buen amigo el escultor Remigio Davila (Vigo, 1951).

Para él es una casualidad como ha habido muchas en la historia del arte, y recuerda una anécdota cercana. «El escultor Xoán Piñeiro estaba haciendo un Cristo y un crítico le dijo que se parecía al que hizo el Valle de los Caídos. Cogió y la deshizo. Así ya no se parece», zanjó. De todas formas, el vigués tiene claro que Marta Hernández pudo haber sido una gran creadora plástica: «De todos los que conocí, era la que más claro tenía lo que quería hacer. Iba por delante de los movimiento artísticos, exploró conceptos que otros abordaron después», asegura. Y lo ejemplifica con otro parecido, el de las figuras de gimnastas que ella hizo hace años y que tienen asombrosa similitud con las que firma el tomiñés Pousa.

Disfrutaba creando

«Ella tenía el taller en casa y disfrutaba creando», explica Olga. Su marido también falleció y ella y su hermana Inma, que vivían en Vigo pero ahora residen en Pontevedra, son las herederas de un legado que por razones de espacio, desde su muerte custodia en su estudio Davila. «No quiso dar el salto», añade él. «Era una artista muy rigurosa. Hacía y deshacía muchas piezas», advierte.

En su estudio, Davila guarda obras de muy diferente factura. Su hermana Olga cuenta que Marta solo expuso dos veces, una en la Bienal de Pontevedra (ni ella ni Remigio recuerdan en qué año) y otra vez, poco antes de morir, en una galería que estaba en la calle María Berdiales. El escultor añade una ocasión más, cuando hizo obra junto a autores que se hacía llamar el grupo del calabozo cuando usaban un rincón de la fortaleza de O Castro, cerca de la escultura de Nogueira.

Dos estudiantes entre alumnos célebres de la escuela viguesa

Davila, que fue buen amigo de Marta Hernández y llegaron a compartir un taller en el barrio de Ribadavia en el que daban clase, expone obra propia al lado de la de ella en la muestra con que la Escola de Artes e Oficios recuerda sus 130 años de historia. La exposición se clausura este viernes. Los dos fueron alumnos y él llegó a ser profesor suyo. Ambos empezaron con dibujo y pintura y más tarde asistieron a las lecciones de modelado de Camilo Nogueira. «Ahí ya se veía que Marta tenía ideas propias. Todos teníamos que copiar y además hacer una parte creativa más personal. Ella destacaba mucho. Siempre tenía ideas que llamaban la atención. Era muy intuitiva», asegura Remigio Davila, que recuerda que Silverio Rivas ayudaba a Nogueira en el aula: «Había tanta gente que necesitaba un asistente», algo que luego lo hizo él también. Según indica, en la época coincidieron en el edificio vigués de García Barbón artistas como Xuxo Vázquez, Armando Guerra o Sobrino y algo más tarde Diego Giráldez, Menchu Lamas y Antón Patiño. «En aquellos tiempos era más que un lugar en el que formarse, era un centro social donde nos encontrábamos todos. Además no había otra cosa. O esto o la Mestre Mateo en Santiago», añade. Davila empezó a los 14 años y estuvo hasta pasados los 20. Se inició como pintor pero entró como ayudante con Silverio Rivas «y al final hacía más escultura que pintura, así que decidí cambiar». El vigués, que organizó dos simposios en el Monte Alba, tiene obra en Brasil, Francia, Turquía, Alemania y Portugal. En Vigo, solo una pieza en un parque en la Carretera Provincial.

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