Viajando en tranvía a Baiona

Saliendo de A Florida, este medio de transporte llegaba a su destino recorriendo las mejores playas del área de Vigo


Vigo

Si Vigo hubiese conservado su tranvía, no solo sería un atractivo turístico. Sería el principal medio para que los vigueses fuesen a la playa. Porque hasta el 31 de diciembre de 1968, en que fue desmantelado, aquel servicio fue durante cuatro décadas una maravilla para las comunicaciones: el auténtico transporte metropolitano. Pronto cumplirá un siglo la inauguración de la línea entre Vigo y Baiona, aquel 3 de septiembre de 1926. Pero ya mucho antes hubo proyectos para tender una línea férrea desde la ciudad olívica hasta O Val Miñor.

El más antiguo y audaz fue presentado el 18 de enero de 1888 para transportar personas y mercancías. Un cronista de la época se emocionaba con «un camino de hierro que acorte distancias cruzando los fértiles y encantadores valles de Miñor y Fragoso». Y opinaba que Vigo lo merecía por ser «el mejor fondeadero litoral del mundo», solo superado por el Bósforo en Constantinopla, «sin que puedan competir con su magnífica y espaciosa bahía Río de Janeiro en América ni Nápoles en Europa». En aquel primer proyecto se embarcaron el Ayuntamiento y el Banco de Vigo, pero aquello no llegó a buen puerto, ni siquiera «al mejor del mundo», como decía el cronista.

El éxito tardaría otras cuatro décadas, hasta que en 1921 trazaron la ruta los ingenieros Carlos Coloret y Ricardo Mella Serrano, hijo del intelectual anarquista y primer gerente de la Compañía de Tranvías. El diseño incluía un ferrocarril de vía estrecha entre Vigo y A Ramallosa, desde donde saldría un tranvía a Gondomar y otro a Baiona. Como reseña el historiador Xan Fraga, «los costes totales de la construcción fueron de 6.117.075 pesetas el ferrocarril y de 665.506 pesetas el tranvía, afectando seriamente a la economía de la empresa».

El coste fue elevado pero la línea fue un éxito, en un momento en que despegaba el turismo y las segundas residencias en la playa. Y es que podemos imaginar la maravilla de visitar los arenales de la ría a través de sus paradas, compuestas por cuatro estaciones: Coruxo, Canido, Panxón y A Ramallosa. Y sus doce apeaderos: A Bouza, Xuncal, Muíños, Verdial, Hermida, Oia, Saiáns, Prado, Patos, Nigrán, Telleiras y Lourido.

En la flamante estación de A Florida se instalaron unos jardines con pajareras para periquitos, loros y canarios. Allí se entretenían los viajeros, en especial con la gran atracción: la mona de la Florida, precursora del malogrado mono Paco de los años 80. Tan popular se hizo aquel macaco que circulaba por Vigo una expresión para sacudirse a un pelma de encima: «Eso se lo vas a contar a la mona de la Florida». Las cocheras de la línea entre Vigo y Baiona se establecieron en A Ramallosa. Y había dos subestaciones eléctricas para mantener la línea, una en Coruxo y otra en Panxón.

En 1945, el servicio fue mejorado con un ramal que conectaba directamente con la playa de Samil y con el Pabellón de Ourense, el edificio construido en 1940 por la propia Compañía de Tranvías Eléctricos de Vigo, con un espectacular bar con balconada, donde de día podían solazarse los bañistas y de noche se celebraban bailes y conciertos.

Aquel Pabellón de Ourense era una instalación lujosa, que imitaba los antiguos balnearios europeos. Quizá por esta razón, muy pronto fue conocido popularmente como El Balneario. Su terraza ofrecía vistas espectaculares, en un momento en el que además Samil se mantenía casi virgen, sin el paseo que destruyó sus dunas, con la marisma del Lagares en todo su esplendor y con bonitos pinares que flanqueaban sus arenas.

Por la noche, en el Pabellón de Ourense había conciertos y bailes. Hasta el punto de que las instalaciones se convirtieron en uno de los lugares de diversión preferidos en la ciudad, dotado además de un cómodo acceso tranviario.

Así que seguiremos meditando si fue un error o un acierto eliminar el tranvía de Vigo en 1968. Pero casi podríamos dar por seguro que fue un desastre hacer desaparecer el que unía A Florida con O Val Miñor. Hoy podríamos viajar a Baiona en una hora y cuarto disfrutando del traqueteo de los vagones, con las mejores vistas posibles y sin emisiones de gases de efecto invernadero. Pero todo aquello sucumbió en el ara de la modernidad. Aunque hoy, cincuenta años más tarde, aquella antigualla sería precisamente la modernidad.

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