«No podía hablar, no sabía leer, ni escribir... pero hay que vivir»

Un ictus lo dejó sin habla y medio cuerpo paralizado. Hoy, Día de la Afasia, explica por qué pelea por hacerse entender


A CORUÑA / LA VOZ

Roberto tiene, sobre todo, intención. Y mucha, mucha voluntad. De hacer cosas, de vivir y de contarlo. Es una de esas personas que hoy mismo, Día de la Afasia, pone rostro y planta cara a los golpes del vivir cuando un mal día un ictus, como le sucedió a él hace 16 años, le dejó sin poder comunicarse, ciego de un ojo y con la mitad del cuerpo paralizado.

Con toda el deseo de «dar ánimo» lo cuenta. Aparejador de 56 años, vecino de Fene y usuario desde el 2005 de las terapias y el respaldo de la Asociación de Daño Cerebral de A Coruña, Roberto Bermejo Vilasuso se despidió un viernes de los compañeros de la obra en la que trabajaba en Asturias con el convencimiento de que volvería a la semana tras operarse en Vigo. Por un dolor de cabeza le habían descubierto de forma casual una malformación arterial congénita. Pero el quirófano se complicó. Cuando se despertó, las palabras no le salían y el cuerpo no respondía. Hemiplejia y afasia, un trastorno de la comunicación que afecta a más de 300.000 personas en España, el 80 % como consecuencia de un ictus, fue el diagnóstico.

«¡Puff! Mal, muy mal», dice cuando recuerda aquellos primeros meses. Lara y Roberto, sus hijos, eran todavía niños pequeños, y con Goretti, su mujer, asumió una vuelta a empezar. «No sabía nada... no es que no quisiera hablar, es que no hablaba... no leía... no escribía...», enumera de las secuelas que hoy continúa superando «poco a poco», advierte. «Hay que vivir, hay que vivir, no dejarse caer», repite quien quiere regalar esperanza porque sabe bien cuántas veces se piensa en tirar la toalla y recluirse en el silencio.

Los dos primeros años «fueron muy duros», resume. El accidente cerebro-vascular lo volvió zurdo. No dudó con su mano izquierda en recurrir a los garabatos para hacerse entender mientras no recuperaba el lenguaje hablado. No sin mucho esfuerzo. Cientos y cientos de sesiones hizo, y continúa haciendo, de fisioterapia, logopedia, terapia ocupacional... que, insiste, fue capaz de seguir gracias al apoyo familiar.

«Él se hace entender, si quiere una tapa de tortilla no le van a cambiar el pincho, hará lo que sea pero no se irá sin lo que quiere», ejemplifica Chus Gómez, neuropsicóloga de Adaceco, sobre el empeño de Roberto. No quita eso que, como confiesa él mismo, también «hay momentos malos» y conoce bien lo que es la ansiedad y la tristeza.

No le importó, por ejemplo, rescatar los cuentos infantiles de sus niños para intentar volver a comprender y tampoco se arredró para lanzarse a hacer la compra con el móvil en la oreja, y del otro lado su esposa, orientándolo para llenar la cesta. Son solo dos ejemplos de un nuevo camino en el que se fueron cayendo amigos -no todo el mundo se para a tratar de entender- pero también aparecieron otros, con idénticos retos por delante, con los que ha llegado a completar el Camino de Santiago, comparte tertulias y se va de vacaciones.

A Roberto le gustaba su trabajo. Lo echa de menos. Sabe que «la vida que llevo», comenta, no es la que esperaba. «Tenía que ser otra, pero bien, estoy bien», dice sin perder la perspectiva de los muchos años que han pasado desde aquel día en el que todo cambió. Ha vuelto a conducir, acaba de comprarse un híbrido adaptado, y pasa sus días entre sus terapias, los paseos con su perro Nala, los amigos y el orgullo de padre: su chico es hoy farmacéutico y la niña «se hizo logopeda... por mí», cuenta Roberto.

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