El regreso al remo del hijo pródigo

Subcampeón del mundo en su día, vuelve como técnico con el Remo Vigo tras una larga ausencia


vigo / La Voz

Rafael Gómez (Vigo, 1953) comenzó en el remo a los 15 o 16 años, calcula. «No me gustaba el fútbol», recuerda al rememorar aquellos orígenes en el deporte que marcaría su vida. «En el Náutico crearon la figura del socio deportivo y podías entrar sin pagar. Me enganché enseguida, como se dice», comenta. Tanto fue así, que aunque dejó de remar a los 27 después de forjarse un palmarés repleto de éxitos, luego se centró en la faceta de entrenador. Lo abandonó en el año 2000 y ahora ha regresado de la mano del Club Remo Vigo y de la que en su día fue una de sus alumnas, Celia Cabrera.

Gómez repasa sus logros con emoción, haciendo hincapié en que la medalla de plata que logró en el Campeonato del Mundo de 1976 no fue oro «por siete centésimas» que les sacó de ventaja Gran Bretaña. Y recita de memoria sin titubear la clasificación de aquella final. «También fui campeón de Europa en Dinamarca. Hasta nos dieron la medalla de plata al mérito dle remero, que por aquel entonces era un reconocimiento muy importante», relata con emoción.

Su trayectoria deportiva llevó también aparejado un recorrido vital que de no haberse dedicado al remo seguramente no podría haber disfrutado, agradece. «Me sirvió para viajar, para salir fuera de Galicia, conocer España y otros lugares del mundo». En aquella época, añade, «tardabas cinco horas y media o seis en salir de aquí, eran otros tiempos». Los resultados le acompañaron desde el principio, remando en prácticamente todas las modalidades. «Me llevaron a Banyoles y viajamos mucho por toda Europa», relata.

Ya mientras remaba ejercía de entrenador del club, pero al dejarlo se centró en esa faceta y el número de jóvenes deportistas que tuvo a su cargo es incalculable. «Estuve en el Náutico hasta 1996, que ahí hubo una serie de malentendidos, me llamaron de Portugal y me fui a entrenar a Caminha», cuenta. Allí ganó la Copa de la República, entre otros reconocimientos en una etapa muy fructífera tras la cual abandonaría el remo en el año 2000.

Su labor como entrenador le permitió durante años «convivir con la juventud, estar con ellos, intentar enseñarles e inculcarles los valores que tuviste como deportista, que es lo más bonito que hay». Siempre intentó transmitirles que el deporte, o en su caso el remo en concreto, es «un estilo de vida». «A mí le remo me marcó la manera de ser. Es algo que te agarra, aprendes a esforzarte por las cosas, a tener una disciplina de trabajo, librarte del tabaco, de las fiestas... ¡Aunque alguna siempre cae!», bromea.

En el momento que dejó de ser entrenador en la anterior etapa reconoce que sintió «un vacío». «Lo eché bastante de menos, porque habían sido muchos años dedicados a eso, viajando... Se hacía raro salir de trabajar y uno tener a donde ir», señala. Ya no se sentía con ganas de volver a remar como veterano -«para remar en ligero siempre estabas pendiente de la dieta, y al dejarlo ya había engordado y no me encontraba con fuerzas de darle otra vez»-, pero encontró refugio en la vela. «Te cogen para darle al molinillo porque eres fuerte, te vas enterando cómo va todo y acabas metiéndote. Empecé a navegar con Javier de la Gándara. Pero después de unos años, por motivos laborales, tuve que dejarlo».

Ahí comenzó un período en los últimos años en que estuvo más alejado del deporte quitando la faceta de espectador. Hasta que Celia Cabrera contactó con él para «echar una mano» en el Club Remo Vigo, de reciente con miembros que provenían de la desaparecida sección de remo olímpico del Náutico de Vigo al que él también perteneció en el pasado. «Hubo una reunión para presentar el proyecto. Yo les dije que por trabajo no podía, pero que en abril (del 2018) me jubilaba y a partir de ahí podía echar una mano. Desde entonces no falto un día», cuenta.

Muchos cambios, misma esencia

Admite que en este tiempo las cosas han cambiado y ha tenido que ponerse al día en muchos aspectos, pero la esencia para ser técnico no ha variado ni un ápice. «Vuelvo a ser entrenador, dirijo, formo grupos, les doy mi opinión... Pero ahora los barcos son distintos, hay ergómetros, ya no se usan aquellos métodos tan severos... En eso he tenido actualizarme, pero me han ayudado».

Se siente como «el hijo pródigo», pero está feliz. «La gente me aprecia, me respeta, me siento querido y reconocido. Ha sido como regresar a los tiempos de antes. Vuelves a ir a los mismos sitios a competir y te encuentras a la misma gente. Estoy muy feliz de haber regresado».

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